El Lazarillo de El Viso

En España, la celebración del pícaro es un motivo típico de nuestra historia literaria. Celebramos, aplaudimos, y sobre todo, nos inspiramos en el pícaro, el que hace trampa, el que tanga a tres o a cuatro y se queda con su cara, como el pobretón del Lazarillo de Tormes, que pegado al ciego, poco a poco consigue medrar. Y así es la España que todos conocemos, la del jeta que medra porque en un país de jetas no hay otra forma de vivir, si no es siendo más jeta que el resto.

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Al pequeño Nicolás, nombre que los medios le hemos puesto a este jeta infame, que además nos hace gracia, hay que llamarle por su nombre, Fran. Este conseguidor no era muy diferente de aquellos a los que cobraba favores, sino más listo, y a pesar de ser un niño, tenía un know how. Entró en un mundo de apariencias por la puerta grande, coches de lujo, escoltas y dinero a espuertas, y en un país de envidias donde la apariencia lo es todo, él era el campeón. Es un chaval de buena familia, pero no importa la alcurnia en cuanto a delinquir se refiere; aquí no hay desigualdad en cuanto a la delincuencia se refiere. Pero no adelantemos al juez como Bale hizo a Bartra. Hasta el juicio, respetaré la presunción de inocencia de Fran.

Estoy en bastantes grupos con amigotes. Creo que no ha habido un solo grupo en el que se haya dicho que Fran es el puto amo. En cierto sentido, todo español tiene un Fran dentro de sí, porque es inevitable que en un país donde la influencia es la droga de mayor tráfico, haya que adaptarse a esa realidad, ser un camello de la influencia. Un país donde el pícaro, el jeta y el hipócrita son los que triunfan, donde la meritocracia es un cuento de hadas. Fran tenía un piso en El Viso, la mejor zona de Madrid, de unos 400 m2, que le costaba 5000€ al mes. Allí tenía sus “oficinas”, y se presentaba como un Mortadelo. Como un agente secreto, Fran podía ser consultor de una empresa, o sobrino de Arturo Fernández, o nieto de Esperanza Aguirre, o primo de Froilán, o yo qué se. Mil y una personalidades para conseguir. Para ganarse la vida en España hay cientos de formas.

En realidad Fran no es más que un ejemplo de cómo los españoles no tenemos remedio alguno. De alguna forma se encuentra en nuestro código genético la picaresca. En 600 años de historia, este país ha sido prolijo en pícaros, en jetas, en aprovechados, sobre todo, en listos. En Noruega, si no me equivoco, hay un puesto de verduras y hortalizas junto a una carretera, que no está atendido por nadie. Tú llegas allí, pesas lo que te vas a llevar, lo pagas, coges el cambio y te vas. En España mucho me temo que el puesto estaría cerrado a la media hora de abrir. “En España el que resiste gana”, decía Cela cuando recogió el Príncipe de Asturias. Y hay muchas formas de resistir, incluso ilegales. Aquí todos resistimos como podemos, pero hay muchos que resisten a nuestra costa.

Lo que sucede es que Fran es un pícaro que ha sabido ganar dinero. Fran se infiltraba entre las podridas ramas del Estado, y Alfon, el anarquista acusado de llevar material pirotécnico y detenido durante varias semanas, intentaba volar el Estado desde fuera. Uno es “el pequeño”. Otro fue defenestrado, quizá con razón, pero yo no veo diferencia entre ninguno de los dos. El delito es delito, no importa si es físico o intelectual, y ejercer de celestina de los negocios para ganar miles de euros de forma ilícita me parece tan grave como llevar una botella de gasolina en la mochila.

España tendría que hacérselo ver. Fran es el puto amo para nosotros. Es alguien que nos cae simpático por habérsela colado a la clase política, al statu quo y a la clase empresarial patria. Alfon no nos cae en gracia porque no nos gusta reflejarnos en él. Añadámosle la historia de amor con una muchacha llamada “La Pechotes”. La demostración de que dos tetas seguirán tirando más que dos carretas. Una chavala que podría ser tronista de MHyV, que estudia periodismo -cualquiera estudia periodismo, cuatro lo ejercen y llaman sostén a la muchacha-. Una chavala habitual del golferío nocturno madrileño wannabe que se gasta 1000€ en una noche y a vivir que son dos días. Luego no tienen oportunidades.

Fran y La Pechotes. Me entra la risa por no echarme a llorar. Llevamos ya dos semanas, o tres incluso, he perdido la cuenta, con el asunto del “pequeño”. Y lo que todavía nos queda. Tengo ganas de que se celebre el juicio, de ver cómo Fran justifica su actuación ante el juez. De cómo media España desde la frase fácil sueña con ser como él. Como el Lazarillo de El Viso. Pero a la Pechotes no se la zumbaba el cura. Y la última frase que debería terminar esta columna, se la cedo amablemente a la imaginación lasciva del lector. Que no sea yo el que difamare.

Guillermo Gómez de Salazar | @guillermogdsr

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