Chupamos sangre joven

“We suck young blood” -chupamos sangre joven- de Radiohead es el tema más gótico de toda la discografía de la banda británica. Es difícil saber qué es más siniestro: escuchar a Thom  Yorke gimiendo eso de “we want the sweet meats” -queremos carne dulce-, o el tempo lento, casi enfermizo, que marca el piano. Y vosotros, queridos lectores de la Highway pensareis: ¿Qué mosca murciélago le ha picado a Ana? Os doy un consejo y es que nunca, nunca vayáis al cine con altas expectativas en cuanto a una película –ja, ja, ja-. Consejos vendo que para mí no tengo.

El pasado viernes fui al cine a ver ‘Drácula: la leyenda jamás contada’. Con ese título y con Luke Evans como protagonista, la noche prometía. Mis amigas y yo nos montamos en el coche desbordadas por la emoción igual que Jim Carrey y cia en Saturday Night Live al ritmo de “What is love?” -Imaginaos la escena por el amor de Dios-.

Pero antes de entrar en la harina –esto es una metáfora- pongámonos en situación: Uno de los personajes ficción más conocido de nuestra época es Drácula, el vampiro. A partir de la novela de Bram Stoker, publicada en 1897, el conde-vampiro ha conocido una renovada vida renovada en los escenarios y sobretodo en la pantalla, grande o pequeña (más de cuatrocientos filmes hasta la fecha).  Como sabéis, el nombre de Drácula corresponde a un príncipe de Valaquia que en el siglo XV, si bien fue alabado por su espíritu justiciero y por su valor en la lucha contra los turcos, también fue temido por su extrema crueldad. Hasta tal punto de ganarse el apodo de “el Empalador”, amén del de Drácula (o “Hijo del diablo”, porque su padre ya ostentó el poco tranquilizador nombre de “el Diablo”. Así que Stoker enlazó esta implacable crueldad con la vieja leyenda de los vampiros, común a toda Europa, y creó el personaje de ficción que todos conocemos.

Vlad Țepeș y los enviados turcos, de Theodor Aman (1831-1891).

Y es que a mí de siempre me han gustado los vampiros. Vamos, que soy fan fatal. Así que acudí con mucha ilusión al cine, con cierto hype -me temo- agrandado por las magníficas críticas y el aplauso de mis amigas. Realmente mi deseo era destilar el apreciado néctar del “sense of wonder”, tan inusitado en el cine, ya sea el antiguo o el nuevo.

Si soy honesta, tengo que confesar que me entraban las cagalias de la muerte salir de la película y que me preguntasen qué tal y tener que contestar: “Pues…” y verme objeto del odio y la desaprobación de las entusiasmadas masas humanas y por supuesto mis amigas. Así que hice de tripas corazón. Aunque reconozco que una inoportuna sensación de aburrimiento insistió en colarse por las ventanas de mi recia predisposición favorable. Al poco, se sumaron sendos sentimientos de apatía e impaciencia que -presa del pánico, por supuesto- traté de ahogar en mi cubo de palomitas. Osé mirar el reloj, lo que me ganó un reojo indignado de una pareja y un codazo virulento de una amiga. Me entraron ganas de ir al baño, para lo cual debía atravesar una fila completa de personas absortas en la película (y para rematar el cine estaba lleno). Volví a mirar el reloj. Nuevas miradas indignadas.

Después de la película, entablé conmigo misma un monólogo y tratando de razonar los motivos de mi indiferencia hacia ‘Drácula: la leyenda jamás contada’. En general, me parece que es simplona, superficialmente bonita y está demasiado pendiente de ser un homenaje descarado remake de la cinta que en su día dirigió Francis Ford Coppola. Hasta la armadura del Conde es clavada a la que llevaba Gary Oldman por no hablar de la campaña de marketing que lleva a sus espaldas imitando al rollo Batman con los murciélagos. Hay muchas películas sobre el género vampírico que revisadas hoy, son mil veces más rompedoras que esta de Gary Shore. Ah, y esto no es un defecto: ¿pero de verdad es tan arriesgada en su propuesta? La ambientación, pues las he visto mucho mejores, no han utilizado muchos decorados, cuatro o cinco, los que salen, pues correctos sin más. La historia, siendo bastante original, creo haberla visto antes y con mucho más arte. Y si no lo digo reviento: después de haber visto las siete temporadas enteras de True blood, yo me pregunto: ¿Qué sería de una película de vampiros sin escenas de erotismo explícito? Nada. Y precisamente, eso es lo que le falta a la nueva versión de Drácula. Sexo, sangre, vampiros atormentados, besitos, magreo del moreno… Y es que aunque Luke Evans pone toda la carne en el asador, a veces es un quiero pero no puedo. Con esto no pretendo decir que la película no me haya gustado. Me ha parecido entretenida y predecible a veces, a pesar de la manía absurda de contarlo todo en los trailers.

 ‘Drácula: la leyenda jamás contada’ es un drama con tintes históricos, quizás de las pocas películas que muestran el contexto en el que vivió Vlad “el Empalador”. Uno de los príncipes rumanos que bien por su personalidad y hazañas ha llamado especialmente la atención, no solo de sus contemporáneos, también de la historiografía y literatura. Se han emitido sobre él opiniones contradictorias: en el ámbito político, algunos han visto en él un héroe de la lucha por la independencia del país – hay que destacar su lucha contra los turcos- y por el cristianismo, preocupado por el orden interno. Otros al contrario, afirmaron que era un hombre que atormentaba y mataba por simple placer sádico. Se dice que bebía la sangre de sus víctimas en copas mientras comía delante de los empalados. Por ello, su sádica personalidad fue tomada por Bram Stoker como modelo para su obra “Drácula. En1976, el gobierno comunista de Nicolae Ceauşescu lo declaró Héroe de la nación al cumplirse el V Centenario de su muerte.

Vlad Tepes es la figura emblemática de los vampiros. Ese ser condenado al paso incesante de los siglos y al ansia eterna de la sangre. Su hogar es un arcaico castillo cuyos lúgubres pasadizos son recorridos por sombras siniestras y espectros hambrientos de vida, demoníacos súbditos que alimenta con sangre de recién nacidos. Su figura infunde terror, miedo, poder, lujuria, repulsión, desprecio. Pero nunca compasión. Es un habitante del mundo de las tinieblas y como tal sólo obtiene la podredumbre que se merece. Drácula es un ser profundamente atormentado, presa del horror de su condena. Por ello, en esta –enésima- versión he echado en falta la complejidad del amor plasmada de manera desgarradora, tenebrosa y seductora. Es una cinta plana en la que apenas se profundiza en este sentido. Es más, siempre he considerado que dentro de esa crueldad sangrienta en Drácula como personaje de ficción -pues al fin y al cabo la imagen del personaje histórico y el de ficción se diluyen en un mismo conjunto, por lo que es hasta raro separarlos- el amor va ligado a su historia. Amor trágico. Un bello y tortuoso laberinto en el que no buscar salida resulta lo más sensato.

Ana Alba Segura | @misschejov

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