El oráculo de Delfos

Azares de la vida me llevan a ver la misma película en el cine dos veces en menos de una semana. Luego de que me concedieran el préstamo para semejante gasto (me siento un afortunado, dada la situación del crédito en el país) se me metió en la cabeza la misma voz que me habla cada vez que voy a disfrutar de la gran pantalla: “Escribe una reseña”. No necesariamente para la revista digital que está usted leyendo ahora mismo, a veces lo hago para mí (otro día os hablo de esa enfermedad mía). La mayoría nunca cuajan porque siempre tengo el mismo problema: olvido detalles, y odio la calidad “screener” de las películas pirateadas como para volver a verla en casa. Salvo cuando la película no tiene una telaraña de ideas a modo de guión; ahí puedo escribir la reseña antes de los créditos finales.

Esta vez no tengo ese problema; la segunda vez que veo una película no tengo que tener los engranajes pertinentes en funcionamiento para no perderme en el bosque del argumento (salvo si estoy viendo algo de Christopher Nolan que no sea de superhéroes), y puedo recordar detalles e incluso elaborar la crónica mentalmente mientras avanza la cinta.

‘Perdida’ es tan fresca y actual que aún está a tiempo de estrenarse mañana. De hecho podría estrenarse cada día durante los próximos (o anteriores) meses, y seguiría compitiendo con la cabecera de un informativo urgente por ver cuál es más actual de las dos.  No es la primera vez que David Fincher nos trae algo así. Ya lo hizo con ‘La red social’ en pleno auge de las ídem, y lo está haciendo con ‘House of Cards’, estrenada al unísono de la explosión del cambio político global. Personalmente, cambiaría a Quentin por Fincher en la famosa frase ‘Tarantino lo ha vuelto a hacer’, que soltamos los aficionados al director cada vez que este nos regala otra de sus obras. Porque lo ha vuelto a hacer. Ha vuelto a lanzarnos a la cara de una manera elegante un debate agresivo sobre moral que acaba violentando e incomodando al espectador. Cabe destacar que es una adaptación al cine de la obra literaria de Gillian Flynn, que ha colaborado en la adaptación del guión junto con el director.

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Podría hacer una autopsia completa de los debates que nos ofrece, pero mejor dejamos algún hueco a la sorpresa del que no la haya visto todavía. Destacar principalmente uno: los juicios públicos y el cuarto poder. Y digo uno, porque van tan unidos que son uno sólo. De hecho sin el segundo no existirían los primeros (?). Todos siguen el mismo “sencillo” proceso: un suceso cualquiera  -con más probabilidades de encajar en el esquema cuanto más morbo tenga-, unos minutos dedicados al tema en los medios de (des)información y programas (in)adecuados… ‘et voilá’. Ya tenemos la respuesta inmediata de un pueblo (al que nadie ha pedido lo que una vez leí en Twitter es lo peor del ser humano: su opinión) que juega a ser juez. La presunción de inocencia ni siquiera ha podido hacer su puesta en escena cuando ya ha sido maltratada y apartada del juego.

Una mujer desaparecida en extrañas circunstancias, una pareja que parece no ser lo que es a medida que avanzamos, un marido lo más alejado posible de ser perfecto, y coartadas poco creíbles. La mezcla perfecta para instigar al ciudadano medio a que se levante del sillón y nos ofrezca (sin haberlo querido nadie pero mostrando mucho interés) sus dotes de deducción que harían tambalearse al mismísimo Holmes. Imposible no apreciar semejanzas con los casos de Ébola, la enfermera, su marido, y el cura y Excalibur que en paz descansen, o la chica que resultó no había sido violada en la Feria de Málaga.

La evolución del guión es una obra maestra. Las conversaciones son fluidas pero elaboradas, y van avanzando adheridas a la perfección a los giros del drama y al comportamiento de los personajes. El director va dejando detalles cotidianos y habituales en cualquiera de nosotros, que te hacen simpatizar con según qué personajes (o con todos según en qué momento), para luego hacerte sentir incómodo con sus actitudes. Tiene la habilidad de que se te revuelva el estómago con la incesante pregunta “¿Qué habría hecho yo?”, depositada con cuidado en cada decisión que se va tomando. Quizás la narración, a veces soez, desentona con las presentaciones visuales elegantes del director. Pero a fin de cuentas, el guión no es sólo suyo.

Ofreciendo un sacrificio –a falta de tarta de miel y una cabra, una entrada carísima de cine-, Apolo te da pequeños detalles sobre la realidad que vives diariamente, pero que no te habías atrevido antes a preguntarte cómo funciona. David Fincher, el Oráculo de Delfos. Con la salvedad de que aquí, a falta de profeta, el intérprete es uno mismo.

Mario Hidalgo | @SherlockBond_

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