Quemarse o desvanecer

“Rob, cinco crímenes musicales fueron perpetuados por Stevie Wonder en los años 80 y 90. Pregunta. ¿Es de hecho injusto criticar a un ex gran artista por sus pecados de los últimos días?, ¿es mejor quemarse o desvanecer?”.

Jack Black se realizaba dicha pregunta en el film Alta Fidelidad de Stephen Frears. Una obra que rondaba con desidia y reflexión melancólica el paso del tiempo, las experiencias vividas y los amores que llegan para quedarse o recogen para marcharse. Una historia que recorre de manera desenfadada esos últimos días antes de un cambio de etapa en tu vida, donde dices adiós para siempre y cruzas el umbral a un nuevo mundo.

Cuando se formula esta pregunta, uno se sumerge en una de las etapas clásicas de cualquier músico y banda que lleva tras de sí una larga carrera que es la de seguir hasta el calcinamiento creativo o retirarse tras el telón en el momento justo. Son tan apasionantes como extensos los debates sobre las bandas, discos y canciones en general. Plantear cuando comenzaron a perder fuelle, soltar el clásico de sus primeros discos son los mejores o criticar con dureza su cambio comercial y puesta en venta de los culos de todos los integrantes. En todas y cada una de ellas se traza un tapiz del recorrido donde cada uno exclama y expresa los alzamientos y derrumbes. Pues al fin y al cabo aquel al que va dirigido la música es quien mejor puede representarlo.

No obstante, ¿qué pasa con el artista? Cual deportista debe saber también el recorrido realizado y cuando hay que dejar ciertas cosas de lado. Pasar y cerrar puertas para siempre. Nadie tenía que leerse la Rolling Stone ni ser ningún erudito musical para saber que Chinese Democracy iba a ser uno de los engendros musicales más terribles de la historia. Me aventuro a decir que con el hype creado hasta Axl Rose lo sabía, pero tras 9 años de grabación y más de $10 millones invertidos lo difícil era decir que no. Quizás había que sellar de manera oficial la incineración de la banda y el paso a una nueva etapa. Una época de dudosa reputación para muchos artistas donde el evidente paso del tiempo hace mella en la capacidad musical y lo físico. Donde te dedicas a viajar por países que desconocías de su existencia para recaudar dinero mientras vas tirando de renta. Salir con banderas pertenecientes al lugar donde te encuentras (ardua tarea en algún que otra artista) para ganar el afecto del populacho. Populacho que posiblemente no había nacido cuando eras una puta estrella del rock por entonces y es más que probable que puedas ser el padre de más de uno de ellos inclusive. Al más puro estilo Lemmy Kilmister.

Lemmy-Kilmister-and-Ozzy-Osbourne

¿Y con Ozzy no hay debate? Desde luego que siempre lo hubo. Y es un ejemplo perfecto de artista que se abrasa en las llamadas del infierno. La diferencia radica en que a The Prince of Darkness no le afecta el fuego. Ni siquiera tocar en el Nippon Budokan y tener que llevarse a esos dos mermados que tiene por hijos y de lo que parece ser notorio, el hecho de tener una familia bastante odiosa en general. Lo sé, es un DVD horrible el de Live at Budokan. Aun así, Ozzy que tiene más de 60 años sigue cantando y brincando, en la medida de todo lo posible y con oxígeno de por medio. Es por eso que una cosa no quita la otra. El hecho que camine cual geisha por un pasillo no borra el mérito de que sin él, muchos de los artistas que conocemos no estarían de pie en un stage. Porque aunque ya no sea el mismo, su simple figura ensombrece medio mundo del rock y una risa malévola suya tiene más carisma que grupos enteros.

Pero entonces y volviendo a la pregunta inicial; ¿es lícito criticar a alguien por sus últimos pecados pese a su grandeza? Mi respuesta definitiva es sí.

Y pienso reafirmarla y argumentarla en el último caso que pongo sobre la mesa hoy con Korn. El grupo de Bakersfield que es uno de los pioneros en el género del nu metal no está falto de anécdotas. A decir verdad su carrera musical siempre dio signos de ser un firme candidato a terminar cual Juana de Arco. Y es que fe no le faltaba precisamente al grupo californiano, sobre todo tras la salida de Brian Welch quién se pasó a la vida cristiana y a profesar el amor por Jesucristo mientras editaba trabajos titulados Into the Light y Save Me From Myself. Un profundo y respetable amor a Dios hasta que uno más poderoso llamado dinero se ausentó tanto que decidió volver al grupo original. Ni mucho menos es que una banda por el simple hecho de componer metal sea satánica. Al contrario, son muchos los artistas de dicho género que profesan su amor a Dios. Pero lo de Korn no hacía más que acrecentar la leyenda de desdichas. Posteriormente un David Silveria a la batería quien estaba más preocupado de posar como modelo que ejercer su profesión de músico. Tales profanaciones pasan factura cuando ni en 10 años desde la creación del grupo se le podía ver con una botella de oxígeno entre canción y canción. Algo ciertamente lamentable cuando el nu metal no ejerce precisamente mucho peso técnico ni veloz a la hora de tocarlo. No al menos comparados con sus géneros y hermanos mayores. Pero sin duda alguna el emblema de la sordidez se lo lleva Jonathan Davis quien pasó en pocos años de ser un referente y antihéroe a una estrella del rock venida a menos. Quizás fue el sobrepeso o una voz rota que parecía ahogarse. O tal vez fue que las letras sobre traumas infantiles parecían repetirse ya por el tercer o cuarto álbum. Ciertamente nada de eso te prepara para ver como un grupo que destrozaba salas en los 90 se pasaba a un metalcore edulcorado electrónicamente. Y todavía menos a ver como tenían que colocarle un cartel sobre los focos dirigido al cantante donde se escribía el nombre de la ciudad donde estaba tocando. A modo de recordatorio. Un absoluto drama.

Hay que evolucionar, atravesar nuevos horizontes, llegar a más público y demás argumentaciones. Las excusas son múltiples mientras el artista camina la milla verde musical. Aquella donde es abucheado y criticado mientras se dirige a su propia ejecución creativa y musical. Pensando en qué ha hecho mal y en qué podría haber mejorado. Pensando en si dejó alguna puerta abierta en el pasado que no cerró bien. Pensando en si es justo ser criticado por la devoradora masa de fans y no ser recordado por sus éxitos pasados. Pensando, en si fue acertado quemarse para toda la eternidad o saber echarse a un lado en el lugar correcto y el momento oportuno.

Víctor Estacado | @VictorEstacado

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