Burbujas de tinta

Quizá la irrupción del ébola en España haya sido la caída de Lehmans Brothers del periodismo patrio. Llevo días pensándolo. La industria periodística española es, en este momento preciso de la Historia, una de esas pantagruélicas partidas de póker que Tony Soprano no cerraba hasta más  allá del amanecer. Quiero decir, que me parece un fenómeno cuasi ferroviario, sin fin conocido; ha adquirido la proporción bíblica de un tsunami. Una mujer contrae un virus mortífero y desde ahí el relato se desdobla, surcando otros raíles que nada tienen que ver con la narrativa de los hechos.El perro, el marido, el PACMA, la ventana del hospital, los enfermeros, el sindicato, los consejeros autonómicos y la ministra: todo discurre por el derrotero de la bufa. No obstante, considerándolo con frialdad, nada más coherente con la hipertrófica dimensión del altavoz mediático.

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Si bien hubo un día en que en España se construyeron más viviendas que en Francia, Alemania e Italia, considerando conjuntamente a estos tres países, hoy es el día en que en España se produce más casquería periodística que en ningún otro lugar del hemisferio occidental. El contenido de los espacios radiofónicos, televisivos e impresos, es como el Ebro en plena crecida. Ya se han desbordado los puentes de Zaragoza. Todo ha quedado anegado y la capa de cienointelectual asoma por los pretiles de este ágora nuestra llamada opinión pública. Los telediarios vespertinos repiten la misma parrilla informativa que emitieron durante el almuerzo; los magazines de la tarde redundan en la misma materia amorfa que trataron los líderes de opinión por la mañana; la necesidad de actualizar cada tres minutos convierte las ediciones digitales de los periódicos en meros tablones de anuncios calcados ad nauseam. El ogro que exige al periodista entretenimiento y certezas metafísicas alimenta una industria que ya se torna más pesada que la metalurgia vizcaína: desde la pluma se ha de contar la verdad, ma non troppo, no se asuste el personal; desde el micrófono se ha de ser breve, pero original, fresco y dinámico; desde la Nikon se ha de crear a la vez que contar, pero ojo con el arte, que esto no es El Prado ni un periódico es literatura, que dicen los que no saben. Hay que calmar a las masas pero las masas reclaman ibuprofeno, Cantinflas y Dovstoievski, más ¡eh! sin leer mucho tochazo. Al periodista se le asignó tanto verbo en la lista de responsabilidades profesionales que ya tira con todo el carrete dado, pero en un mundo agotado que, paradoja, no cesa de alimentar el espectro media que lo alcanza ya todo.

Toda esta ansiedad por contarlo todo, cantarlo pronto y narrarlo ya, ha desembocado en la banalidad más desmoralizadora. De resultas de lo cual tenemos a Ana Rosa Quintana erigida en dueña del Café Gijón de hogaño, cuya terraza es el share y no hay duelo de sénecas sino batalla por la audiencia. El espectáculo que esta locomotora insaciable nos depara da para astracán: Arcadi Espada, el animal periodístico más brillante de esta era, ganándose el pan en una tertulia conducida por la antes mentada señora Quintana, acaso sucedáneo de Hearst bañada en ibericidad y sigloventiunismo; o Javier Sardá -antiguo domador de freaks en aquellos maravillosos años del exceso-, Pilar Rahola y Melchor Miralles articulando el imaginario argumental del español medio alrededor del fumadero de opio regentado por Julia Otero, pantócrator del periodismogruyère. En este escenario volátil, cargado de ansiolíticos y taumaturgias con que calmar el nervioloco de la plebe, pocas historias periodísticas transitan de la cuna al nicho. Casi todas salen volando nada más nacer, como aleteando desde el paritorio hacia una tumba próxima, tan cierta como la efímera huella que dejarán en la mente de la colmena. Quizá la irrupción del ébola en España haya probado que a los periódicos le sobran páginas; que convendría retomar la carta de ajuste en las televisiones, quitando morralla si nada que valga la pena se puede emitir; que no tiene por qué haber tantos telediarios repitiendo con mecanicidad industrial las mismas historias contadas del mismo modo, y que si un portal de noticias no actualiza en una hora, no pasa nada. Tiempo ha que abandoné la ingenuidad y conozco muy bien en qué parámetros comerciales se mueve la industria: nada tengo que objetar. Sin embargo, lo único que un negocio no puede permitirse es que la gente deje de considerar atractivo el género.

Antonio Valderrama | @fantantonio

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