Odio eterno al fútbol moderno

“Todo lo que aprendí sobre la moral de los hombres lo aprendí en el fútbol”, dijo Albert Camus. Yo llegué al fútbol tarde, pero se dice mucho eso de que nunca es tarde si la dicha es buena, y desde hace 3 años juego todos los domingos un partido de Liga local, donde cojeo un poco y me río algo más. Fútbol y política están ligados intrínsecamente como sexo y amor, izquierda y derecha, Marx y Smith, como la leche al café o la sal al agua del mar. Intentar separarlos es inútil, por mucho que algunos digan que “el fútbol y la política no se deben mezclar”.

Lo dicen mientras grandes acuerdos económicos se firman en los ampulosos palcos de los grandes equipos de España, Real Madrid y FC Barcelona. En España, la sola pertenencia a un equipo muchas veces ya implica una ideología; siempre se ha dicho que los rojos son del Barça y los fachas del Madrí. Y yo, que me he encontrado comunistas gritando que Mourinho es el mejor entrenador del mundo y falangistas del Barça chillando “Visca Barça”, puedo decir que la excepción siempre confirma la regla. De Florentino Pérez dice Mariano Guindal que nunca se pone nervioso cuando firma acuerdos, excepto cuando ve algún partido del Madrí, que se pone cardíaco. En el palco del Real Madrid se han juntado gente realmente poderosa, se han llegado a acuerdos importantes, como jugando al golf; el fútbol realmente es una excusa. Para cuando escribo estas líneas, a un iluminado se le ha ocurrido soltar una bandera albanesa –concretamente, de la Gran Albania- en un drone, y el capitán de Serbia –manda huevos la cosa- trató de quitarla de en medio, provocando una gran bronca entre jugadores de uno y de otro lado, y por supuesto, en la grada, llegando a la suspensión del encuentro. Imagínense ustedes un partido Real Madrid – Barcelona, en el que uno de estos payasitos soltase una estelada con un drone y si, por ejemplo, Sergio Ramos la cogiera y la quitase de en medio, o viceversa, que luego no se diga que cojeamos de la derecha.

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Probablemente habría una gran pitada –dependiendo del campo, si es Nuevo o Chamartín- y cantos de “independencia”, “puta Espanya” o “catalufos”, cosas así. En un partido Real Sociedad – Barcelona, probablemente pasaría lo mismo si alguien lanzase una bandera de España, solo que sería muy curioso observar cómo se profieren insultos en castellano, porque dudo que un tío de Vich chapurree euskera, pero seguramente sí se entiendan en español con un fornido mutil de Hondarribia. Como cuando juegan los pijos de Chelsea contra el West Ham United, o mismamente en Italia, cuando juega el Inter contra la Roma o el Napoli, que ya saben ustedes que el norte de Italia es un poco catalán, siente que todos le roban y que tiene una identidad propia, lo que le pasa es que concentra toda la pasta y el resto de Italia se la intenta comer.

Política y fútbol están a la orden del día, y no ya en enfrentamientos de ultras, tifosi o hooligans, sino porque un equipo de fútbol es una base de identidad con la que mucha gente, valga la redundancia, se identifica. Verbigracia, el independentismo catalán con el Barcelona y el minuto 17:14. De ahí que este equipo haya apoyado la fallida consulta –a última hora, todo hay que decirlo – del próximo 9N en Cataluña, porque gran parte de sus aficionados locales son fervientes catalanistas independentistas. En el Real Madrid la cosa es sustancialmente diferente, si bien la españolidad es clara, e incluso, de muchos de sus jugadores –que han coqueteado con Ultras Sur, como Juanito, Raúl o el propio Casillas – el equipo tiene unos intereses políticos que van más allá de lo que podríamos entender como política local. Florentino consiguió acuerdos con la gente de Emiratos, que poseen más dinero del que podríamos llegar a comprender, y en el Barcelona hicieron lo propio con los cataríes, pero éstos se encuentran en turbios negocios con el Estado Islámico, según decía Nassim Taleb hace pocos días en Twitter.

Todos tenemos un equipo de fútbol, es posible que Pablo Iglesias no lo tenga, o quizá simpatice con el Rayito o con Cholo Simeone. Rajoy es decididamente madridista, como lo era Rubalcaba, como Zapatero era decididamente culé –todos lo son en León, lo raro es no serlo- o como cualquier amigo del poder. Jorge Mendes mueve decenas de millones de euros al año y alguno dice todavía que fútbol y política no tienen nada que ver. Si un solo jugador del Barça se levantase con un fuerte dolor de cabeza al día siguiente y dijese “yo apoyo la independencia de Cataluña” créanme cuando les digo que al día siguiente teníamos una declaración unilateral de independencia. Guardiola no basta, porque del de Santpedor ya lo sabíamos, pero si Xavi Hernández se hubiese declarado indepe en 2012, quizá tendríamos un problema hoy. En Brasil, quizá los más viejos del lugar, recuerden lo que era la Democrácia Corinthiana, un movimiento igualitario en el fútbol que quizá si se lo comentan a Monedero se vuelve profundamente futbolero y empieza a hacer símiles. Con este modelo de gestión igualitario, el equipo se convertía en autogestionario, y a la cabeza tuvo a ese genio del balón llamado Sócrates. Era un gesto revolucionario para un país que se encontraba inmerso en una dictadura militar. Todos los jugadores tomaban decisiones asamblearias y lo que decía uno valía tanto como lo que el resto podía señalar. Al final cayó en desgracia, pero coméntenselo al próximo que les diga que fútbol y política, la misma cosa no son. Porque si no les gusta, odio eterno al fútbol moderno.

Guillermo Gómez de Salazar | @Guillermogdsr

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