¡Qué golfería en Madrid, qué golfería!

Hay quienes pasean por Brooklyn con Robert Mapplethorpe y quienes pasean con Hortelano por Malasaña. Y sí, en efecto, es más romántico lo segundo aún cuando llueve sin invitación a detenerse. A despropósito de esto, los escritores pasamos periodos de tiempo en los que nuestra prosa desaparece escondida en alguna esquina hasta que, por virtud del Hades, nos hallamos ante un pedestal de realidad que inunda nuestro corazón con odres de literatura.     Eso es exactamente lo que ha ocurrido este fin de semana.

Entre la calle de la Palma y la calle Santa Bárbara, culminando en la calle de Belén, heme yo absorto entre hombres con gabardina en octubre y mujeres con los labios repletos de un atractivo carmín. Edificios de realeza pretérita que –sospechaba- encerraban artistas borrachos, hijos encaminados a lo mismo y famélicos en busca de esa siempre última dosis. Bares con música en directo donde imaginaba al cantante con la camisa abierta, sudor en la frente y pantalones ajustados. Entraba en librerías que llenaban estanterías con discos de vinilo y voluptuosas barbas viriles y que vendían libros de Umbral a dos euros el kilo –God bless them. A cada paso que daba me reconciliaba a hurtadillas con la diosa Inspiración mientras le recordaba cuan abandonado me tuvo en noches de frío y vértigo. Nos prometimos, sentados en una acera, que nunca más nos separaríamos; que nunca más visitaría otras sábanas que no fuesen las mías. Al fin y al cabo, la excusa para escribir es la existencia marchita y endecasílaba de una mujer.

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«Madrid sólo hay un secreto que me lleva hasta ti», cantó Loquillo vestido con pantalones de cuero marcando sustancia mientras que Alaska se trabajaba en el camerino a Los Pegamoides. Era la época de La Movida y Javier Krahe tocaba en el sótano de La Mandrágora. Ya de eso no queda nada, ni cenizas que caigan. Algunos se dedican gustosamente a labrar prosélitos de aquella época en la que eran unos niños: «Doctrina afterhippie». Rezan sus propios credos y se ungen sus propios óleos si bien son tan ridículos como lo han sido siempre. Habitan en Malasaña y se refugian bajo farolas apagadas.

A la salida de La Mordida se acabó el circo y se encendió el sentido común. Cerraron el show. Con el cielo avisando lluvia, las palabras del lord inglés con batín de seda recorrieron a tumba abierta Malasaña. Las calles se cuidaron de los disfraces y los disfrazados de sí mismos. El toque de corneta dispuso la recogida del atrezo de aquel teatro tan real que es la vida. «A España cada vez la veo más parecida a Lola Flores. Cada vez más barroca, más confusa y más golfa» ¡Qué golfería en Madrid, qué golfería!

Alejandro Menéndez | @Alejandro_Menmo

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