Los despropósitos

Conocíamos hace un par de días la fatal historia de Teresa, una auxiliar de enfermería voluntaria, que se había contagiado de ébola durante los trabajos con García Viejo, que falleció el pasado mes de septiembre. Teresa contrajo el ébola al tocarse, probablemente por error, una mucosa por la que el virus entró. Lo adquirió no por su culpa, puesto que nadie en su sano juicio se contagia una enfermedad mortal por propia voluntad, sino porque el protocolo que se estableció para evitar dicho contagio no fue supervisado por nadie en particular. Despropósito tras despropósito. Los dos gobiernos, el central y el local, se han ido derivando responsabilidades como a quien le pasan la bomba loca, hasta que a alguien le explota en las manos. Pero como han estado tanto tiempo haciendo el idiota con la bomba, les ha explotado a la vez, tanto al gobierno madrileño como al nacional. Por un lado, un consejero de Sanidad que atribuye toda culpa a una pobre auxiliar voluntaria. Y por otro, una ministra que prefiere lavarse las manos, y que si no fue capaz de ver un Jaguar en su garaje, probablemente tampoco sea capaz de ver que su gestión está dejando mucho, mucho que desear. Al lector, el que signa estas líneas le gustaría decirle que, antes de que se pueda morir de ébola, muy posiblemente lo haga de ataque al corazón o insuficiencia cardíaca, cáncer en sus diversas modalidades o alzheimer. Durante los 35 años de historia del ébola, solo han perecido 7500 personas bajo el filovirus. En comparación con otras enfermedades africanas, el ébola es un asesino eficaz, pero no le gustan los grandes números. Prefiere la calidad a la cantidad. Quizá esto suene cínico, pero es así; uno de cada dos afectados por el ébola fallece como consecuencia de la brutal reacción inmunitaria del cuerpo.

Este artículo se llama así por tres grandes despropósitos con el asunto. El primero, sin ir más lejos, es el hecho de que se repatriasen dos afectados sin las garantías de atención suficientes. Nadie puede estar en contra de ello. Me gusta un Estado que actúa cuando yo estoy mal. Se puede estar en contra de las formas, pero nunca de manifestar humanidad con otro ser humano. El segundo es la gestión de la problemática y el tercero, la reacción mediática. Cuando se toma la decisión de repatriar a dos personas que dedicaron su vida a los demás en los países de Centroáfrica, surgen las primeras críticas. Una de ellas, es sin duda el odio clerical; son curas. Si hubiesen sido cooperantes la reacción habría sido inversa. En España, como decía David Gistau, se tiende a ideologizar cualquier asunto hasta el paroxismo, y tomar partida por una posición o por otra es como ser del Madrid o del Barcelona. Estos individuos son repatriados, en principio en condiciones de profilaxis total, y hasta el contagio de Teresa Romero, todo parecía estar en orden. En el momento que la chica se contagia, se desata la tormenta. Vuelve la batalla. Se cuestionan los protocolos por parte de los profesionales médicos –que a mi juicio, muy al pesar de Alfonso Rojo y compañía, son los únicos que pueden decir esta boca es mía – y se cuestiona también la valía de la ministra. Una ministra, que fiel al estilo que caracteriza a la política en general, esquiva las preguntas como las balas de los Agentes en Matrix, el tiempo se ralentiza a su alrededor mientras hace movimientos extraños con su cara y cuerpo. De disconformidad, claro está.

Varios medios que no pienso citar comienzan el espectáculo del esperpento. Que si la auxiliar se tocó. Que si ha sido culpa suya. Error humano. Sí, en efecto, todos los errores donde participan seres humanos son errores humanos. ¿Quiere decir esto que de dicha culpa exoneramos a la ministra, a los supervisores, a los médicos, enfermeros y demás? Como desconozco la jerarquía del asunto y trato de no ser un cuñao de sobremesa, culpar exclusivamente a Romero de ser la responsable de su contagio es como echarle la bronca a un niño por estar a punto de ahogarse después de haberle tirado a la piscina sin manguitos. En primer lugar, si existía un protocolo y dicho protocolo, tal y como reconoció la consejería de Sanidad se relajó, blanco y en botella. No hay más que decir. La reacción mediática ha sido como un mercadillo de baratijas, cada uno ha encontrado la gilipollez que más le gustaba. Unos han ido a la historia del pobre amigo cánido Excálibur, que terminó criando malvas y convirtiéndose en un mártir porque, «no podíamos hacer nada con él», según reconocía uno de los expertos en la materia a El País. Otros se han centrado en la culpabilidad exclusiva de la auxiliar. Dos grandes periódicos de la derecha mediática han alentado la teoría con sendas portadas que recuerdan a la tragedia de Angrois. La culpa, como siempre, de una única persona y nunca de las que están detrás, y menos, de los órganos decisorios.

Pero la historia del perro es la que más me enternece. He tenido duras broncas, porque el que signa estas líneas creía que de todos los problemas que hemos tenido que afrontar en tan pocas horas, el perro era el menor de ellos. Si no nos podíamos hacer cargo del animal y no había forma de aislarlo, por cruel que resulte, la decisión es poco ética sin duda, pero fruto del deseo de no querer ahondar en el problema más. El animal es un ser impredecible, nadie quería asumir el coste de analizarlo y había un elevado riesgo de que la cosa se fuese de madre. Finalmente, se decide sacrificar al animal, algo que puede resultarnos duro y penoso, pero en todo caso, no explica la kafkiana reacción de ayer. Excálibur fue TT durante horas entre ayer y hoy, lo que evidenciaba, bajo mi punto de vista, una idiocia colectiva masiva. Muchos me han sacado durante estos días el argumento de «no tienes perro», o «eres un ser inhumano». Pero me hubiese gustado ver esa intensidad y esa humanidad cuando Occidente miraba hacia otro lado mientras había 1500 muertos en África, mientras García Viejo y Pajares trabajaban junto a cientos de héroes anónimos que donan su vida gratuitamente por los olvidados, como decía Kapuscinski. Los olvidados también se merecían un trending topic, mientras nos tirábamos cubos de agua helada encima. Así se cumplía el cupo de despropósitos del día de ayer y que J.M. Nieto describía magistralmente en una viñeta. Mientras el resto del mundo busca una solución, los españoles buscamos culpables y eludimos responsabilidades. Y así nos va, claro.

Guillermo Gómez de Salazar | @guillermogdsr

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