La familia y los principios

Frío y lluvia. Humedad y pies congelados. Las cuatro mantas que le cubren le dan calor, pero no son suficientes. Si se cubre la cabeza, se ahoga y no se puede dormir. Las orejas al menos las tiene tapadas por un gorro que le regaló una chica el año pasado. Los labios y la nariz no han tenido tanta suerte. Pasan las horas, apenas consigue dormir varios minutos seguidos. El frío está siendo cruel. Además, el viento ataca. Hoy es una de las peores noches en Madrid. La sala donde solía dormir, en un cajero cubierto, se ha estropeado. Hasta que no la arreglen tiene pinta de que no dejarán la puerta abierta. Gregori no está teniendo suerte últimamente. Bueno, nunca ha tenido suerte.

Esta es una historia cargada de errores y de mala suerte. Es una historia de aviones, ladrillos y latas de cerveza vacías. De mentiras, donde no caben las segundas oportunidades. Es la historia de Grigori, el padre y marido que soñaba con besar por última vez a su familia.

Grigori se levanta todos los días generalmente a las 7. La cerveza del día anterior le provoca resaca, pero sabe que si no acude a la esquina de la Plaza de la República Dominicana con Príncipe de Vergara a esa hora dejará de recibir un dinero necesario. Renqueante, llega y deja el vaso donde siempre, junto a su mochila. Añade las mismas monedas de todos los días, cree que le dan suerte. Veinte minutos más tarde, normalmente un empleado del Dunkin Donuts le da algo para desayunar. Llena el estómago y otro trabajador, esta vez del Vips, le saca sus cartones. Suelen guardárselos, ya que si no se los robarían.

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Comienza su jornada. A veces se levanta, se pasea y saluda a algún viandante conocido. La mayor parte del dinero que saca gracias a la generosidad de la gente lo guarda en su macuto, reservándose un poco para la comida y la cerveza. Una chica joven se acerca y le da un sándwich del Rodilla. Lo agradece. Si hace mucho frío se arropa bien, encajándose en su esquina y bebe a sorbos una lata de cerveza que generalmente esconde. “Las personas, si ven que estás bebiendo cerveza, no te suelen dar dinero. No entienden que yo no lo hago por enferdad, sino para calentar mi tripa”, cuenta el búlgaro.

A sus 68 años, ya no busca una oportunidad. Con la mirada perdida pero sin tristeza alguna recuerda cómo ha sido su vida. Uno no se da cuenta, pero un día se ve en la calle y sin amigos: “Me vine a vivir a España en 2005. En Bulgaria no conseguía trabajo y tenía que mantener de alguna forma a mi mujer y a mi hija. Entonces llegué y me puse como obrero. Pasaron unos meses y empecé a ganar 2000 euros al mes, me parecía muchísimo”. Grigori perteneció a esa oleada de inmigrantes que participaron en el sector de la construcción, en la burbuja inmobiliaria. Antes de continuar, bebe otro trago y dice: “¡Qué mal jugó el Madrid ayer!”. Le gusta el fútbol y aprovecha algunas monedas ahorradas para meterse en un bar y ver un partido siempre que puede. 90 minutos que le trasladan a aquellas tardes viendo al Levski Sofía. Pero como el mismo reconoce, en su país no se juega bien al fútbol. “En Bulgaria lo que hay son muy buenos (hace el gesto con las manos de teclear un ordenador” “¿Informáticos?” “¡Eso!”.

Pasa un joven de unos diecisiete años con su novia. Grigori les saluda y ellos se ríen. Ya es de noche, es viernes y se conoce a los que suelen llegar tarde en la Plaza de la República Dominicana. “A mí de joven me encantaban las mujeres. Una vez tenía una novia y comía muchas veces en su casa en Bulgaria… una vez entró en la habitación y estaba con su madre. Me echó a patadas. ¡Me lo tenía merecido!”. Suena el eco de las risas de Grigori, bebe otro sorbo y continúa con su historia.

En 2008 le echaron. Sin un céntimo ahorrado, decidió quedarse en España, pensando que la crisis sería algo pasajero. Sus amigos hicieron las maletas, pero él no quería volver a Bulgaria con las manos vacías. Intentó buscar trabajo y no lo consiguió. Además, el poco dinero que le quedaba lo perdió apostando. Entonces, en 2010, perdió la comunicación con su mujer, Sofía, y su hija. No tenía ni dinero, ni amigos, ni familia. Pero sí 64 años. “El primer día que pedí dinero no me atrevía a mirar a los ojos a nadie. Me dolía por dentro, yo les quería explicar todo”. Pasó el tiempo y vio que, si conseguía una buena esquina cada mañana, podía tener un dinero interesante al mes.

“Empecé a establecer de nuevo contacto con mi mujer. Ella se estaba ganando la vida cosiendo ropa por nueve euros al día y mi hija era profesora sin trabajo”. Comprendió que, pidiendo dinero, ganaría una media de 150 euros mensuales. Según él “había perdido el honor”, así que le iba a mandar ese dinero a su mujer. Ella y su hija estaban por encima de cualquier principio.

La conversación continúa. Vuelve a sacar el tema del fútbol, la cerveza le anima. Se le sonrojan las mejillas. Pero en un momento de silencio se sincera: “Lo que más me duele es esa mirada de desprecio de algunos. No importa quién. Un señor en traje, una señora mayor de 70 años, un joven con su novia. Sí, algunos me dan un euro, dos, pero ni se dignan a mirarme a los ojos. Solo unos pocos que me sonríen. Lo que de verdad no entienden es que yo también fui uno de ellos y aquí estoy. Una racha de mala suerte, varios errores propios y una pelea familiar. Si necesito el dinero es para sobrevivir y lo poco que me quede para enviárselo a mi mujer. A veces con una mirada de comprensión basta”.

Se hace de noche, ya son las 2 de la madrugada. Grigori dice que se va a dormir, que si no mañana le quitan la esquina. Le digo que quiero escribir una historia sobre él. No lo entiende. Habla mejor español de lo que escucha. Finalmente, asiente y sonríe. Quedo con él para que la próxima semana le haga unas fotos. Me recuerda: “Mi mujer no sabe de dónde saco el dinero, espero que no se las mandes (risas)”.

Han pasado cuatro meses desde que hablé con Grigori por última vez. No le he vuelto a ver. Cada mañana, cuando cruzo la esquina de la plaza, confío en encontrarmelo. No quiero pensar lo peor. Por eso me lo imagino volando hasta Sofía, dando una sorpresa a su mujer y pasando los últimos años de su vida en familia. Ojalá me haya mentido y de verdad hubiese ahorrado para volar hasta Europa del Este. Vuelvo la cabeza y veo su esquina vacía, sin nadie que la ocupe. Los que andan con velocidad hacia el Metro de Colombia apenas se dan cuenta. Cuando pienso que algo malo le ha ocurrido me arrepiento de no haberle hecho ninguna foto. Me produce lástima. Pero algo me dice que no, que a Grigori no le ha pasado nada. Ojalá sea así. Y si es así ojalá nunca le pueda hacer ninguna foto porque significará que está pasando sus últimos días en casa, con su mujer y su hija. Como todo buen hombre quiere morir.

Carlos Jiménez | @CarlosJimenez_b

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2 Comments

  1. Carlos!!!
    Increíble artículo. No sé si lo habrás redactado tú. De lo contrario, gracias por haberlo compartido. Me ha dado mucha pena. Pero yo soy de los que dicen que una sonrisa es la cosa más barata que puedas dar a cualquier hora y que vale más para quien la necesita.
    Lo dicho sigue así 😉

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