La noche que conocí a Raymond

Cuando tenía quince años, edad en la que era más pedantón que ahora, me dio por reafirmarme (una de esas necesidades imperiosas y tontas que tiene uno en la adolescencia) por la vía literario-cultureta. Me sumergí en la generación beat y, posteriormente, en Bukowski, pese a que los más puristas no lo consideran miembro del grupo. A esa edad ir por la calle con un libro titulado Eyaculaciones, erecciones y exhibiciones tenía cierto punto transgresor (o eso quería yo creer: épater la bourgeoisie pero sin necesidad de escribir). Y eso pese a que la búsqueda de la sabiduría que proponían Kerouac, Ginsberg, Burroughs y demás no iba conmigo: la ilimitada experimentación con drogas, el desenfreno sexual, depresión, pulsiones suicidas y vuelta a empezar me escandalizaba al principio (¡el burgués era yo!) y luego me aburría. Los beats eran mi chaquetita de pana: había que llevarla aunque picara o diera calor.

Hablaba de esto el otro día con mi amigo Alejandro, un tipo con el que se puede mantener una conversación interesante durante horas (rasgo infrecuente, y por tanto a valorar) y  defensor a ultranza de los beats y de Bukowski. En estas situaciones de disenso hice proselitismo con el de siempre: Raymond Carver (si se trata de realismo sucio al menos que sea amable).

A Raymond llegué a través del eterno candidato al Nobel de literatura. Murakami es al premio de la academia sueca lo que Javier Arenas era a la presidencia de la Junta de Andalucía. El japonés tiene un libro, De qué hablo cuando hablamos de correr, en el que relata cómo se convirtió en eso que se llama hoy runner (término al que Emilia Landaluce dedicó con justicia un artículo en su sección de palabras a desterrar). Y yo, que sólo concibo correr si se huye de un tigre de bengala o de Juan Carlos Monedero (tanto monta monta tanto), no transigí con las promesas de mayor bienestar físico y mental que exponía Haruki pero, sin embargo, me quedé encandilado de ese peculiar título, una adaptación de una de las obras más famosas de Carver, De qué hablamos cuando hablamos de amor.

Según figura en mi cuaderno verde leí varios libros de Carver consecutivamente y en pocos días: Catedral, el ya mentado De qué hablamos…, Tres rosas amarillas, Si me necesitas, llámame, etcétera. Llegado a este punto creo que es necesario explicar que desde hace algunos años llevo un registro de todo aquello que voy leyendo. No obstante, no soy el único que hace estas cosas: en uno de sus artículos Julio Camba hablaba de un pintoresco personaje, el capitán Portela. Este buen hombre, un don Juan en versión licor café, tenía también un cuaderno en el que tomaba nota religiosamente de todas sus conquistas amorosas. Y es que, ay, cada uno apunta aquello con lo que puede llenar folios, aquello de lo que puede presumir. En este caso la página en blanco no es sólo ese temor que padecen muchos escritores, también una cuestión de orgullo.

tumba carver

Sigo con Carver: sus personajes son pequeños fracasados sin grandes aspiraciones, sufridores que viven su existencia con apatía y sin esperar demasiado de ella (una desesperanza asumida y consciente, a lo Sylvia Plath). Tipos que trasladan sus sensaciones al que lee pero de forma calmada, sin histrionismos, de una forma casi aséptica, elegante, serena. Sin catarsis alguna. Y todo ello pese a que para comprender a estos personajes la localización es decisiva. No ya la ambientación de sus historias, suficientemente depurada, sino la propia: el lugar y el momento en el que uno lo lee. Tumbado en la cama y en calzoncillos se pierden, inevitablemente, pequeños matices: sensaciones que yo traté de recuperar haciendo que sonaran, a lo lejos, los discos más oscuros de Springsteen (Nebraska, The River, The Ghost of Tom Joad, ya saben) y poniéndome una camisa para hacer más elegante la cuestión. Con todo, no conseguí más que parecer un vecino de Malasaña. Esto no se hubiera producido, sin embargo, de haber leído a Raymond en cualquier Diner de una carretera cercana a Kansas City (la de Missouri, no la de Kansas). En uno de esos clásicos locales de largas barras, taburetes desgastados y mesas fijadas al suelo bastaría con pedir un donut y un café humeante y, una vez servido, comenzar a leer. Pronto se encontrarían similitudes entre los clientes del establecimiento y los personajes creados por el autor de Oregon: un camionero desahuciado procedente de Atlantic City que, sonrisa sardónica en el rostro, toma un respiro antes de seguir con su viaje. Un vigilante de seguridad saliente del turno de noche que acaba de ser abandonado por su mujer. También en la camarera que ha servido el desayuno se percibe la mano de Raymond: en ella se puede ver a la ganadora del concurso de belleza estatal en 1973 y posterior exmujer de un mánager musical de baja estofa. Ella quería ser como Bonnie Tyler y ahí se quedó, en la voluntad.

En sus personajes hay, pues, un reflejo diáfano de lo que el propio autor era, íntimo: desapasionado en la alegría pero también en la espiral de autodestrucción en la que se introdujo. No se refocilaba, sino que se dolía por ella. Sin catarsis alguna. Algo que se nota también en su forma de escribir: hacer más con menos. Todas las palabras deben decir algo, y las que no lo hagan sobran. Es en estos dos aspectos en los que radica su mérito: construir con vidas planas y escenarios comunes, explicados someramente, unas tramas que comprometen al lector y lo hacen sentir parte de ella.

Carver falleció joven: con cincuenta años recién cumplidos un cáncer de pulmón acabó con su vida en Port Angeles, Washington, por cuyas playas paseó. Consciente de que el alcohol hubiera terminado con su existencia bastante tiempo antes, abandonó ese hábito en 1977. Según recoge la biografía A Writer’s life, de Carol Sklenicka, el escritor consideraba sus años de sobriedad como los más productivos y afortunados de su carrera, los del “Ray bueno”. No cultivó el aura de malditismo que otros tantos gustaban (y gustan) hacer, atribuyendo a la bebida todo su genio y mérito a la hora de crear. Todo lo contrario: se arrepentía de aquella etapa que convertía al escritor en un tipo en ocasiones violento y lo colocaba muy frecuentemente en el precipicio de la muerte.

Su pronto deceso anuló la posibilidad de disfrutar de la madurez absoluta de Carver. La enfermedad llegó en un tiempo en el que se le creía renacer del lado de Tess Gallagher, a la que había conocido en 1977. Poetisa, editora y su segunda esposa, fue también una compañera en su producción literaria: juntos escribieron el guión Dostoievski en 1985. Y tras su muerte Gallagher siguió trabajando en la obra de Carver, consiguiendo que se publicaran los relatos originales de su marido que habían sido retocados (y más que eso, recortados más de lo necesario) por su editor en Esquire Gordon Lish. A falta del escritor vivo uno mantiene esperanzas de que aún estén por salir a la luz piezas inéditas de Raymond escondidas en un cajón. Mientras tanto se puede seguir leyendo su obra publicada, descubriendo al paso detalles ocultos de sus relatos, no reconocidos en pasadas lecturas. Y tras ello preguntarse, como en uno de sus relatos más excelsos, ¿por qué no bailáis? Lo explica en el escrito que figura en su tumba, una suerte de epitafio: “Don’t weep for me […] I’m a lucky man. I’ve had ten years longer than I or anyone expected. Pure gravy. And don’t forget it”.

 Carlos Hortelano | @CarlosHortelano

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s