Heridas que sanan a puñetazos. Warrior (Gavin O’Connor, 2011)

Olvidémonos de la historia del héroe de guerra americano atormentado y solitario que sólo encuentra el camino de salida a su tortura a través de la violencia. Olvidémonos del padre de familia, profesor de física, y ciudadano ejemplar, que se ve obligado a sumergirse en la oscuridad para salvar su hogar. Olvidémonos del odio con el que golpean unos hijos a su padre de pasado “borroso” y edulcorado con la muerte de una madre en calamitosas circunstancias. Olvidémonos de todas las historias que giran en torno a la espectacular Warrior (Gavin O’Connor, 2011), que sin estar mal desarrolladas –nada más lejos de la realidad-, resultan algo convencionales. Y por último olvidémonos de compararla con The Fighter (David O. Russell, 2010), film que obligó a retrasar a 2011 el estreno de la obra que nos atañe en este artículo –estreno que nunca llegó a realizarse en la gran pantalla española-.

Esta película es un compendio de fuerza, potencia, adrenalina y virtuosismo en el que, aún siendo muchas de sus piezas algo trilladas y hollywoodienses, juntas forman un puzle en el que el talento sobresale por todas y cada una de las juntas. Warrior va calando en el corazón del público, el drama penetra a través de los poros de la piel, y la acción se filtra en el sistema nervioso, golpeándonos y zarandeándonos violentamente con cada uno de los capítulos que se desarrollan en pantalla (y no hablamos únicamente de las escenas que se desarrollan en el ring), dejándonos finalmente exhaustos y conmocionados, grabando a fuego en el recuerdo una película que difícilmente se borrará de nuestra memoria.

Warrior 1

Como hemos comentado, buena parte de las piezas que tienen cabida en Warrior ya han sido mil veces contadas a lo largo de infinidad de películas, pero esta vez hemos dado con un director, unos actores y una serie de guionistas que saben hacer su trabajo notablemente. En una actualidad cinematográfica en la que la extrema violencia ya no sorprende ni intimidan al público, O’Connor consigue a través de su maestría en la labor del rodaje mostrar los combates con una fuerza, dinamismo y contundencia difíciles de ver, casi salpicando a los espectadores con el sudor de los contendientes y perturbándonos con el lamento de sus almas.

A destacar quedan los primerísimos primeros planos que enfatizan la enorme brecha sentimental de los personajes, pese a que estos se encuentren prácticamente respirándose a sólo unos centímetros el uno del otro.

El trío protagonista (Joel Edgerton como Brendan Conlon, Tom Hardy en el papel de su hermano Tommy, y Nick Nolte haciendo de progenitor de éstos como Paddy Conlon) culmina una sucesión de interpretaciones magníficas, entre las que destaca la animal transformación del ya por todos conocido Tom Hardy, en la que el británico no se limita a actuar de forma notable como nos tiene acostumbrados, sino que se convierte en una bestia, con un registro de movimientos y miradas verdaderamente poderosas y escalofriantes. Su lenguaje corporal es una de las presencias más explosivas y salvajes que uno puede haber visto en la gran pantalla en lo que va de década; el Tommy Conlon de Warrior sería capaz de arrancarle la cabeza y comerle una oreja al mismísimo Bane de The Dark Knight Rises (Christopher Nolan, 2012).

Finalmente, para el recuerdo queda el espectacular desenlace en el que los dos hermanos se sumergen en un infierno del que tratan de escapar, uno bajando en la búsqueda del último de sus demonios, y el otro ascendiendo hasta conseguir liberarse de la carga que se le ha impuesto. La conclusión del film, aunque predecible, no deja que nuestras manos queden quietas en el reposabrazos del sillón, para acabar fundiéndose en un merecido aplauso, como se unen los dos lados de una herida que durante años sangró, y que finalmente acaba por sanar.

 Rafa Molero Ramos | @rafamolero_

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