A veces en verano dan ganas de huir

Ha pasado Agosto. Fue un hecho consumado; sólo teníamos que esperar. Cuando escribí estas líneas, el mes del emperador era ya una prórroga y había muerto, aunque nadie lo había notificado aún. Aquí no muere nadie hasta que no hay una firma y un puñetero mes no iba a ser menos.

Agosto tiene una paz traicionera, un nihilismo de las tres de la tarde perenne, aquí en el sur vivimos en un asedio que se prolonga hasta las ocho de la tarde. Fuera sólo pululan fantasmas, seres oníricos que andan buscando algo o huyendo sin más, detectives salvajes atravesando el Sonora sobre los que mi conocimiento es una leve impronta.  El encuentro más impactante con uno de estos seres metafóricos fue ver a mi vecino pintando la puerta de su cochera a las cuatro de la tarde. Estaba haciendo un descanso en su hercúlea tarea y se había quitado la camiseta: Era la época de los escalofriantes abdominales de Aznar pero la moda del ex presidente todavía no se había acabado de implantar en el barrio. Llevaba un no menos sorprendente sombrero mejicano, y,  como he dicho, tenía el torso desnudo, pero protegía sus piernas con unos calcetines que apenas dejaban al aire una franja entre las rodillas y el final del bañador creando un anticonstitucional contraste. A los dos días me enteré de que se había largado, terminó de pintar y dejó allí a su familia con la puerta recién acabada. Tal vez mi vecino intentaba advertirme de algo que nunca logré entender.

Imagen de la película “La huida” de Sam Peckinpah.
Imagen de la película “La huida” de Sam Peckinpah.

En nuestro caso, la calina no comportó la marcha de ninguno de nosotros sino una venida destinada a marcar un punto y aparte en el transcurso de las vacaciones: Una rata. Sí, una puta rata. El animal en cuestión podría encajar con la descripción que Ramón Jiménez hizo de Platero, salvo porque no coincidía en ningún punto: Era una abominación oscura (siempre hay que cuidar los detalles) y gorda como una suegra después de Navidad.

La rata supuso un desafío sin precedentes. Se erguía henchida de orgullo y también de la media despensa de la que ya había dado buena cuenta, encaramada al armario como un cuervo que amenazaba con acabar nuestra cordura. Suerte que no vivimos en un último piso. Con su vida anárquica y libertad absoluta de la que hacía gala cuestionaba cualquier orden natural establecido en mi casa, cuestionaba el status quo de mi padre como líder de la manada y hacía caso omiso de los mandamientos que mi madre había colgado en la nevera en un ejercicio mosaico.

La maldita rata era una vuelta a nuestro estado primigenio, volvíamos a alejar a las bestias de nuestra cueva con el fuego y las manos como únicas armas, era nuestro intelecto contra la naturaleza, un castigo divino por reírnos de la capa del arzobispo, la rata era el enemigo que venía a cuestionar nuestros valores, a ponernos a prueba, a revelar nuestro ser, bien lo sabe Camus. Fue ella o nosotros.

Conjurado el peligro, sólo nos quedó volver a esperar. Los meses, como dije antes, son como las prórrogas; no hacemos otra cosa que esperar a ver si hay penaltis. Esperamos a que pase septiembre, esperaremos a que llegue octubre, noviembre y luego diciembre.

Pablo Beas Marín | @PablitoBeas

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