El nascíturus Ruiz-Gallardón

El progre del PP, el responsable de la mayor deuda que ha conocido un municipio español en su historia, dimite tras el estrepitoso fracaso de una ley que no gustaba a nadie; ni a los ultras de su partido, ni a los heterodoxos del mismo.

Dimite Ruiz-Gallardón en una tarde de locos. RTVE no ha sido capaz de retransmitir la señal en directo de un compungido Alberto, que anunciaba tanto su despedida definitiva de la política, como su dimisión in terminis. Sic transit gloria mundi, y dejémonos de latinajos por hoy. Como un Frank Underwood galaico, Rajoy se ha encargado de eliminar al verso suelto que podía poner en un brete la más que plausible victoria sin reelección. Vencerán, pero no convencerán. En su tancredismo habitual, Rajoy, le ha robado la tapa de la alcantarilla a Alberto, que dio un paso en falso creyendo que verdaderamente alguien le iba a poner la mano en la espalda, a mirar a los ojos, y decir: «Yo estoy contigo, Alberto». No fue así. En primer lugar, porque esta ley venía a enmendar un problema que no existe para el ciudadano español. Y en segundo lugar, tenía la intención de complacer a un votante inamovible. Por un lado se pasaba y por el otro, quedaba irremisiblemente corta. Sin entrar en el debate sin fin del aborto, que es cansino y tremendamente polarizado, daré dos datos para mostrar por qué esta ley ya estaba interrumpida antes de su parto.

Alberto Ruiz-Gallardón.
Alberto Ruiz-Gallardón.

Según una reciente encuesta publicada por el diario El Mundo, solo el 30% del electorado del PP considera que hay que cambiar la actual ley del aborto. Si bien muchos de ellos sí entienden que es contraproducente que una menor de 16 años pueda abortar y no fumarse un piti o deslizar hielos con ron por el gaznate. Tampoco abriremos ese melón. El votante medio del PP es un votante de centro, no especialmente conservador, y esto es algo que dice Pedro Arriola, no el que signa estas líneas. El PP, hasta no hace muchos años, era un partido de centro derecha y hoy se autodenomina como centro reformista. Perder hondonadas de votantes inseguros por una ley contraproducente es peor que conservar a los más acérrimos. El PP ha iniciado una reconversión, o mejor dicho, ya la había iniciado hace algunos años cuando invitó, en primer lugar, a los liberales a marcharse, y en segundo lugar, a los conservadores a irse a Vox. A la derecha del PP no hay sitio; a su izquierda, sí.

España es un país de centroizquierda según el CIS. En una escala del 10 al 1, siendo 10 la ultraderecha y viceversa, los españoles se definen en el 4,5 de media. La sociedad española es mayoritariamente progresista. La ley del aborto que planteaba el PP era una ley que dificultaba bastante, al tratarse de una ley de supuestos irreales, la interrupción del embarazo. Se intenta no entrar en el debate, pero fuera de consideraciones personales, muchas personas prefieren anteponer su vida a un hijo. Y no necesariamente no creyentes. Las propuestas más aberrantes decían que esto aumentaría la natalidad, pero qué natalidad. A qué precio.

Si el PP aprobara esta ley automáticamente estaría firmando la derrota electoral. ¿Podría aguantar la absolutísima mayoría del PP una ley del aborto, una de seguridad ciudadana y una reforma laboral que la mitad de españoles ni entienden ni comparten? Alguna, al menos, debía ser sacrificada. En España hay bastantes abortos en relación con otros países de la Eurozona, hay más que en Francia y Alemania. Aprobar esta ley era, sin duda, ser firme a los principios, y nunca mejor dicho, del Partido Popular, pero significaba apearse de la batalla contra Podemos.

Las leyes del aborto en el mundo varían dependiendo de muchos factores, entre ellos, la religión y la moral del país en cuestión. En EE.UU. depende de la legislación de cada estado, pero en otros países, suele ser una ley de plazos. En Alemania, libre dentro de los tres primeros meses, así como en Francia. Prácticamente, en toda Europa, el aborto es legal, por no hablar de que en la mayor parte de Occidente lo es. Paradójicamente, países como Venezuela lo prohíben taxativamente. Y otros, dependiendo del supuesto; violación, riesgo para la madre tanto mental como físico, etc.

Sin entrar en valoraciones personales del aborto, lo cierto es que no demasiados hombres, están capacitados para poder hablar de este asunto con la suficiente propiedad. En España, hasta el año 1975, el aborto estuvo taxativamente prohibido, pero se seguía practicando en la clandestinidad. Con el riesgo que conlleva para la madre, e incluso, para el Nasciturus. Prohibir el aborto amparándose en el derecho a la vida del no nacido es como prohibir el consumo de drogas porque es autodestructivo. Quien quiera drogarse seguirá obteniendo las sustancias de una forma u otra, podrá limitar el número de personas que lo quieran hacer, pero seguirán existiendo camellos y la droga, inevitablemente, bajará en calidad.

Las razones de los prochoice y los proaborto son respetabilísimas. Tanto defender la vida del neonato como la decisión de la madre son totalmente respetables y hay razones suficientes para defender una cosa y la contraria. Volver a prohibir el aborto en un entorno que acepta el aborto, por muy triste que para algunos sea dicha circunstancia, no soluciona nada, empeora el asunto. Hace varios años, El País Semanal publicó un excelente artículo sobre aquellas mujeres que iban a Londres a abortar, cuando todavía no era legal. Cuando Felipe González creó la ley de supuestos aquello se terminó. La ley era tímida, pero era ley. Legislar sobre asuntos tan personales siempre es polémico y nunca llueve a gusto de todos. Pero aquella ley, bajo la visión de este diletante periodista, fue algo bueno para muchas mujeres que otrora se vieron condenadas a abortar en condiciones insalubres.

Alberto Ruiz-Gallardón había unido su destino a una losa en caída libre. Se había comprometido a sacar adelante una ley que le costaría su futuro político. Rajoy, no obstante, en su habitual abulia ante estos asuntos, celebra que se haya deshecho de un ministro que pasó de la alabanza a la ignominia, de ser el progre del PP a ser peor que Wert. El historial de Alberto es prolongado, desde sus coqueteos con el falangismo, estar casado con una hija de un ministro franquista, demonizar la Movida Madrileña diciendo de Ceesepe que lo que hacía era una «porquería repugnante, pornográfica, blasfema, contraria a la moral y a la familia», a la ley actual, han pasado 30 años.

No hay más ciego que quien no quiere ver, y aunque la imagen grouchomarxiana de Alberto puede resultar entrañable; de aquellos polvos vienen estos lodos. Y no se puede decir que nunca mintiera o fingiera ser una persona que no era. Su correcta gestión de la Comunidad de Madrid poco o nada tuvo que ver con la nefasta labor al frente del Ayuntamiento de la Villa y Corte, que dejó Madrid agujereado y endeudado en una carrera loca por convertirse en Ciudad Olímpica. Después de varios desafortunados canutazos en los que se encontraba medio piripi alabando al Gran Wyoming, su buena relación con PRISA y su respetable rival Aguirre, a Gallardón se le acaba el ángel siendo joven. Muy joven todavía para la política. Pierde el Partido Popular a un buen político y orador, pero a un nefasto estratega que cayó en la trampa que le dispuso un gallego ejerciente.

Guillermo Gómez de Salazar | @guillermogdsr

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