Linlithgow: Antes y después

17 de septiembre de 2014

Linlithgow, año 2014. Un pueblo apacible de Escocia, la cuna sentimental del independentismo. Gaitas y muchos kilts. Panaderías, peluquerías y todo lo que sea menester. Hombres -si con este término aún puedo referirme a ambos géneros sin levantar animosidades ridículas- entregados al fervor de una nación pendiente de salir de la crisálida del Reino Unido, coger aire, volar alto y construir un Estado. Alex Saldmond, mesías de esperanzas, proclamando la separación, la madurez de un pueblo. «¡Todos somos uno: Escocia!», exclama en plena calle mientras miles de áulicos leales se enfundan la bandera, la suya. Mujeres, niños, envejecidos rostros llenos del brillo de la ilusión. En el alféizar de una ventana aparecen dos señoras, ya pasadas en edad, ofreciendo las galletas del sí. Imaginen: acólitas damas que llenan cestas de cookies para recoger adscripciones entre sonrisas infantiles.

(Elipsis)

Son esos centímetros de gloria los que provocan la hermosa y exaltada felicidad de estos días.

Manuel Jabois, Con un pie fuera de España y otro de Cataluña.

Visita de Alex Salmond a Linlithgow.
Visita de Alex Salmond a Linlithgow.

20 de septiembre de 2014

Linlithgow, año 2014. Un pueblo más de Escocia, la cuna sentimental del derrotado independentismo —perdonadme la arrogancia, nacida de leer a J.M. de Prada: dudo que se pueda apagar la llama identitaria de hermanados corazones—. Leo que Saldmond visita el día de la votación  la que fue su casa, la que crió amores entre bastidores, el suelo que aguantó las pisadas firmes de un líder. Nadie le abre. Sólo encuentra, pegados a la pared, carteles que versan «YES!». Un hombre que llama a su niñez, a sus años encendidos, para encontrarse y decirse. «Lo hiciste bien, tío. Aun así, no fue suficiente. Adiós». Comprende entonces que el paso del tiempo no es igual para todos, que no a todos nos atrapa igual, que no sabe quién es sin ver a quien fue. «¿Recuerdas aquellos años en los que la derrota era insignificante porque era ininteligible?». Media vuelta para alejarse.

(Elipsis)

Un hombre ataviado con la Cruz de San Andrés. Llueve. Paso inseguro hacia ningún lado, o mejor dicho, hacia donde estábamos todos reunidos. Las horas pasaron, las sonrisas se escaparon y la razón marchó inexplicable. «Era por mi hijo, John. Quería que conociese una Escocia independiente», dice a la cámara entre sollozos secuestrados. Vuelve, quiere decir algo más. «Gracias Linlithgow. Nunca tantos debieron tanto a tan pocos».

Alejandro Menéndez | @Alejandro_Menmo

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