Te quiero, me quieres. Pero esto no es Disney-fucking-landia

Hoy os vengo a hablar de un drama costumbrista. Del drama de una mujer atrapada en un mundo que detesta. Un mundo del que quiere escapar y no sabe cómo, rota por las contradicciones -entre lo que cree que le conviene y lo que quizás desee-, que se mueve a golpe de impulsos y que causa mucho sufrimiento. Un drama en el que sus personajes ocultan más de lo que hablan y la fuerza de la narración reside en llegar a descubrir, aquello que no se nos muestra del todo pero se percibe en los gestos y miradas.

Ni Jana es la heroína ni Mijael un villano. Lo mismo puedo decir de Sévérine y Pierre. Ambas parejas son la cara de una misma moneda.  Mujer y hombre. Ambos, esclavos de su entorno.

La mujer. Ambivalente y enigmática. No importa quién es de las dos. Si Jana o Sévérine. Y es que este drama está protagonizado por una especie de Madame Bovary. Su inocente mirada de niña, que se estremece ante la muerte de un pájaro, se transforma en unos ojos entornados que miran la vida con gravedad y desaliento, con agresividad contenida y una pragmática ración de afectación burguesa. Así es ella. Una mujer poliédrica de recovecos espirituales innombrables, incluso para sí misma. Una mujer aparentemente resolutiva que tropieza una y otra vez con decisiones de conveniencia que la ponen al borde del colapso.

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Él es un hombre apático, considerado y responsable, pero sin ingenio ni pasión. Las fantasías de ella redundan en su decepción, insinuando la posibilidad de una existencia diferente, donde el amor físico se manifiesta con vehemencia y el deseo ignora los límites y convencionalismos. Su vida imaginaria contrasta con la mediocridad de su rutina. Te quiero, pero no puedo.

Tanto el cineasta Luis Buñuel como el escritor Amos Oz, presentan cada uno a su manera dos historias que pueden ser concebidas como la misma. Ambos, con excesiva frialdad y falta de esa chispa emocional retratan la vida entre ambos personajes, haciendo que cueste empatizar muchas veces con ellos y deje un regusto amargo, disfrutando  tanto de la buena literatura como del cine pero sin emocionarnos con ello.

Mientas Mijael se esfuerza en terminar su tesis doctoral, Jana sueña con dos gemelos que acechan su cuerpo, despertando sensaciones que aproximan el placer al misterio, a lo monstruoso. Las noches con Mijael reproducen esa tensión, pero aunque los cuerpos se funden, la mente de Jana consuma el adulterio. Anhela el olvido, disolver su conciencia en las turbulencias de los sentidos, aniquilar ese yo que sucumbe una y otra vez a la amargura. Jana sufre una dolorosa escisión entre lo que anhela y lo que vive y no ignora que no conocerá la felicidad hasta que resuelva ese conflicto.

Del mismo modo; Séverine, es una mujer de la alta burguesía que mantiene una relación de celibato con su marido Pierre. Tal vez se sintiera atraída por los extraños caprichos de sus clientes, cercanos en la mayoría de los casos a fantasías sexuales sadomasoquistas referentes al placer de la humillación clandestina del orgullo personal- provocados por una difícil experiencia sexual a temprana edad, cuando fue forzada en repetidas ocasiones por hombres mayores que ella-, y al placer de hacer sufrir al ser humano amado y de débil predisposición -al marido pusilánime o calzonazos, vamos-.

Buñuel y Oz son críticos con una burguesía decadente, que esconde a cualquier precio sus miserias. Una mujer que no se desvía hacia lo material. Convive con la culpa igual que todo el mundo, pero al dejarse llevar por sus verdaderos deseos vemos un cambio en ella, es mejor persona y realmente feliz. Su búsqueda es honesta y arriesgada. Tanto de uno como de otro es destacable su habilidad para recrear la psicología de sus personajes borrando cualquier huella de artificio. Representan a la perfección esa lucha entre la persona que supuestamente es y la que en realidad desea ser. Idea, que ha tenido un gran calado en directores de cine tan actuales de la talla de Polanski –quién tomó prestado algunos elementos para su ‘Lunas de hiel (1992)’- así como el siempre polémico Lars von Trier –en ‘Rompiendo las olas’ (1996)-. En definitiva, la lucha por ser ella misma.

Te quiero, me quieres… Pero esto no es Disney-fucking-landia.

Al final, sólo prevalece la incertidumbre de haber acechado la felicidad, sin lograr traspasar ese umbral que media entre la plenitud y el vacío en la carne tras el orgasmo.

Oz, Amos. Mi querido Mijael. Siruela. Ed.2005.

‘Belle le jour’. Dir: Luis Buñuel. 1967.

Ana Alba Segura | @misschejov

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