Caledonia

Should auld acquaintance be forgot
and never brought to mind?
Should auld acquaintance be forgot,
and auld lang syne?

En el año 1788 el escocés Robert Burns, uno de los más célebres y reconocidos poetas del país y elevado a la categoría de hijo predilecto de esas tierras nórdicas, adaptó y amplió unos versos escritos en 1711 por James Watson. Surgió así “Auld lang syne”, una canción que forma parte indeleble del folklore escocés y suele ser entonada, por su temática nostálgica y de mirada retrospectiva hacia el tiempo vivido, para despedir el año. Este mismo fragmento lo llevaba ayer en portada The Times, que con una enorme Union Jack no escondía sus preferencias. “Nos hemos hecho daño, pero merece la pena volverlo a intentar”, parecía decir. “No eres tú, ni siquiera soy yo: es el petróleo. Me lo tocaste”, respondía airado Salmond.

Hoy Inglaterra, al contrario que en el libro de Cunningham, no duerme. Escocia, por razones obvias y teniendo los pubs abiertos, tampoco lo hace. Y tampoco dormimos los groupies de procesos electorales de toda índole, que encontramos en una noche como esta lo que otros cuando tocan gala de los Oscars o finales de la NBA. En una muestra de snobismo insoportable alterno entre CNN y BBC World puesta, aunque en esta última hace tiempo que rellenan tiempo con contertulios británicos a la espera de que salgan los primeros resultados. Los datos del recuento parecen transportados por bueyes.  Podrían emitir porno, pero estaría feo que un medio público hiciera eso. Tampoco hay teletienda ni ninguna Dorothy echando cartas (¿habrá Sandro Rey en Inglaterra?). En verdad el mundo de la televisión pública británica de madrugada es apasionante.

Escribir unas palabras sobre el referéndum de independencia escocés sin que se conozcan aún los resultados definitivos es una tarea frustrante si finalmente la decisión mayoritaria contradice lo reflejado por los encuestas. En el caso de que estas no se hayan equivocado deja el regusto satisfactorio del trabajo hecho por adelantado. Realizar dos textos es una opción que por ahora descarto: a las dos y diez (y once) de la mañana mi elocuencia se encuentra en horas bajas y, por mi condición de abstemio, descarto recurrir a otros métodos para aumentar mi productividad. Así que consciente de la espada de Damocles del escrutinio, y corriendo los mismos riesgos que el Chicago Tribune cuando aseguró que Dewey había ganado a Truman, supongamos lo más probable: la victoria unionista.

El último país que oficializó su independencia del Reino Unido fue Brunei en 1984. Este fue uno de los últimos reductos de la etapa colonial europea. Desde ese año y hasta ayer el Reino Unido no se enfrentaba a la posibilidad de perder una parte de su territorio. Una posibilidad remota hace unos meses y que, conforme estos iban pasando y la opción separatista acortaba distancias respecto al unionismo de forma escandalosa, se convertía en toda una amenaza ante la cual Londres (el Madrit al que echarle las culpas de todo) ofrecía prebendas en forma de competencias. Todo esto según el plan ideado por el ex primer ministro Gordon Brown, escocés él, al que se había encomendado un desnortado David Cameron para salvar la causa unionista.

VB-00010925-001Muchos años antes de desprenderse de Brunei el Reino Unido había dejado de tener control sobre Irlanda (un territorio que, desde tiempos del rey Enrique II, fue repetidamente invadido por Inglaterra), Australia (James Cook había llegado a esas tierras en 1770, que comenzaron a ser colonizadas por británicos –miles de presidiarios entre ellos- a partir de 1788), Nueva Zelanda (que en un principio pertenecía a la colonia de Nueva Gales del Sur descubierta por el capitán Cook) o Canadá. La independencia de iure se produjo a partir del estatuto de Westminster de 1931, aunque de facto ya se había dado bastante antes. Otro territorio de tamaño ingente sobre el que el Reino Unido ejerció dominio fue Estados Unidos; dimensiones  ingentes pese a que en el momento de la independencia -1776- las trece colonias sólo ocupaban la costa este hasta Georgia.

La situación de Escocia era y es, sin embargo, bien distinta. Pese a haber sido invadida por el vecino inglés en varias ocasiones desde el siglo XIII se mantuvo independiente como reino. Hasta 1707, cuando Inglaterra y Escocia firmaron el Acta de Unión que certificó la unión política y un parlamento único para ambas partes.

Ante tanta alusión a Braveheart en el día de ayer podría parecer que William Wallace combatió a las tropas inglesas en ese año 1707 y que pese a su heroica labor no consiguió frenar la unión. Es ese el razonamiento al que lleva el mensaje esgrimido por muchos partidarios de la independencia. Sin embargo la labor del soldado Wallace se desarrolló a finales del siglo XIII y principios del siguiente. Parece una distorsión interesada que olvida que el statu quo actual de Escocia (con sustanciales variaciones: el país recuperó su parlamento en 1999) se debe a un acuerdo que nace, en parte, por el fracaso de Escocia en su proyecto de hacerse competitiva comercialmente, expandirse hacia América y asentar una colonia en el territorio actual de Panamá, plan bautizado como Darién y que dejó las arcas del reino mermadas y la colonia, por su clima inhóspito, abandonada.

El “naw” de los escoceses es seguramente una opción menos apasionante para todo aquel interesado en política exterior. Supone un quebradero de cabeza menos para la Unión Europea (que no se había visto ante la situación de secesión dentro de un país miembro y la consiguiente expulsión automática de Escocia de la Unión), acabar con las amenazas de tantas empresas escocesas –entre ellas los dos principales bancos- que proponían trasladarse a Londres y también descartar el debate sobre la libra esterlina, moneda que el Reino Unido se negaba a compartir con una Escocia independiente (estaba por ver eso). Siguiendo por temas más frívolos, más de colorín, no habrá debate sobre un nuevo diseño de la bandera del Reino Unido, de la que decían que tendría que haber prescindido de la cruz de San Andrés. Alguna alternativa que barajaba incluir el verde de Gales convertía a la Union Jack en una ikurriña con flema británica. Nos olvidamos también de una cuestión que, incluso en el caso de haberse dado el “aye” a la independencia, tampoco tendría por qué haber surgido: el de la situación de la casa real. Salmond había declarado que Escocia aceptaría a la reina Isabel (siguiendo con la unión de las coronas inglesa y escocesa que se mantiene desde 1603), pero perder la ocasión de desbarrar acerca de la línea sucesoria de los Estuardo, que llega hasta Cayetana de Alba (¡nuestra Cayetana!) hubiera resultado imperdonable. Sólo por contemplar la escena de las dos monarcas, Elizabeth y Cayetana, tomando té mientras el duque de Edimburgo (qué cosas) juega con Alfonso a cricket en Marylebone hubiese merecido la pena la independencia y la ruptura de la corona. Durante dos meses, como mucho, para después restaurar el orden natural.

El veredicto de los escoceses no libera a Cameron de muchos de sus fantasmas. Le ha salido bien la jugada, podrá decir que fue bajo su mandato cuando el Reino Unido se reafirmó. De todos modos el Partido Conservador está en barrena, con encuestas que dan la victoria a los laboristas en las elecciones generales de 2015). La presencia testimonial de los tories en el parlamento de Edimburgo (quince escaños de los 129 que lo componen) ha forzado que la campaña unionista en las tierras norteñas de Gran Bretaña haya recaído sobre los laboristas, con mucho más predicamento en una región izquierdista. No obstante, y como ya se ha indicado, las medidas de emergencia relativas a nuevas competencias cedidas a Escocia parten del laborista Gordon Brown y el apoyo de Cameron, Miliband y Clegg, los líderes de los tres principales partidos ingleses…hasta que irrumpió UKIP. Éstas supondrían dar mayor autonomía a Escocia en cuestiones fiscales, la gestión presupuestaria del NHS –Servicio Nacional de Salud- y, en definitiva, avanzar hacia una estructura federal. Significaría una cesión de poderes de la que también se beneficiarían Irlanda del Norte y Gales.

A pesar de que Cameron aseguró que no se planteaba dimitir en caso de que el Sí fuera ganador en Escocia lo cierto es que su posición hubiera resultado muy comprometida. Y contando con el poder que tienen las confabulaciones dentro de los partidos en Reino Unidos (fueron intrigas palaciegas las que terminaron con Wilson y Thatcher –esta última dimisión forzada por la deserción de Geoffrey Howe-) no podríamos haber tomado su palabra como garantía. Considerando que, con la victoria unionista, Cameron siga en el 10 de Downing Street, tiene por delante la labor de contentar a una parte muy significativa de Escocia que inevitablemente no se va a encontrar a gusto con los resultados. Tiene también la oposición del Scottish National Party, que goza de una mayoría absoluta in extremis en el Parlamento de Edimburgo, institución que no se renovará hasta las previsibles elecciones de mayo de 2016. Está por ver que Escocia se convierta en un Quebec europeo y repita referéndum en unos años: en Salmond hay un aura de oportunidad única perdida.

Y sin embargo, pese a todas las dificultades que se presentan, me alegro por la victoria del unionismo. Uno, que no tiene demasiado apego a naciones y cree que las banderas (ya que están) es mejor que sean bonitas, siente simpatía por la cultura del Reino Unido: es Nick Hornby y el Arsenal, Rod Stewart y el Celtic de Glasgow, el cambio de la guardia, el after eight, David Bowie, Top of the Pops,  Jools Holland, Tom Jones y Van Morrison (nadie se ha acordado estos días de Gales e Irlanda del Norte), “Sí, ministro”, “Arriba y abajo”, los cuervos de la torre de Londres –garantes de la monarquía-, Adam Smith, Wodehouse, la oveja Dolly y, también, el compañero de piso pajillero de Hugh Grant en Notting Hill.

Post-data: escribo ahora sabiendo que el recuento ha finalizado. 55,3%-44,7%. El voto joven es separatista y el más provecto opta por mantener la unión. Parece que hay debate para largo tiempo. Aun así en los próximos años lo más parecido a un puesto fronterizo que habrá por la zona es el muro de Adriano, al sur de la frontera actual. Y de ahí al norte, Caledonia.

Carlos Hortelano | @CarlosHortelano

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