Qué malos son…

Cuando comencé a interesarme por la política, hace un par de años, no me la imaginaba así. Por aquel entonces comenzaron mis dudas. Me corroían por dentro, solo en el momento en el cual me paraba a reflexionar.

Soy, como todos, una oveja más dentro de un rebaño desperdigado y, cuando se deja atraer por el sonido de la campana, no suelo pensar en el camino que se va a recorrer. Eso es inevitable en ciertas ocasiones. Pero, cuando me topo con un árbol o con un río, dudo. Dudo porque no creo que ese sea el camino correcto hacia la libertad, sino más bien el camino al redil.

No soy pesimista, porque si lo fuera no creería en el progreso y, probablemente, afirmaría que cualquier tiempo pasado fue mejor, la mayor tergiversación en la historia de la poesía. No soy escéptico, simplemente dudo. Tampoco soy optimista, porque lo que veo no me ayuda. Soy realista y, por tanto, dudo.

Pedro Sánchez
Foto: telecinco.es

Dudo no por la democracia, -el sistema menos malo de todos- sino por sus cosas. Creía que el populismo nunca sería bien recibido en un acto de reflexión por parte del votante, al igual que tenía por seguro que cualquier escándalo político retiraría, justamente, millones de votos al acusado. Me equivoqué.

También pensaba que Sálvame solo servía para que, gente como mi difunta abuela pasase sus últimas horas sentada en el sillón observando la vida pasar. Yo, apenas cumplidos los doce años, me sentaba en la alfombra a formar ejércitos con sus rulos. Ella solo quería paz, pero también tenía un instinto, una inteligencia diferente, y se adelantaba a ver lo que iba a ocurrir antes que el resto, don privilegiado que la convertía en una de las mejores personas que he conocido. En mis momentos de soledad y añoranza, la recuerdo sentada en el sofá, mostrando una de sus últimas sonrisas y diciéndome: «Qué malo es este programa». Luego, cambiaba al telediario, veía a Zapatero o a Rajoy y me miraba, sin sonreír esta vez para pronunciar amargamente: «Qué malos son estos señores».

Desgraciadamente, el target de Sálvame no es gente como mi abuela. No. Son gente que también observan la vida pasar, que les quedan pocos años de vida y ya se despreocupan de todo porque ya han hecho todo lo que tenían que hacer. El problema es que no tienen el instinto de mi abuela —ni ellos ni nosotros— para separar el populismo de la realidad ni en imaginarse ciertas consecuencias.

El problema no es Sálvame, sino que un político tenga que llamar a Sálvame. Parece que, como decía Ignatieff en Fuego y Cenizas (editorial Taurus), en la política todo vale, hasta la propia desaparición de tus propios principios con el fin de obtener votos o en busca de un bien superior (véase el PP y su programa electoral). También afirmaba que probablemente el que «utilice malas artes para ganar votos gobierne bien», con cierta ironía. Lo de Pedro Sánchez es una simple anécdota de algo que se ha hecho evidente en los últimos años ante la crisis: el populismo.

Dudo. Dudo de si tengo que seguir los golpes de la campana y cruzar el puente, o bien irme y no volver. En realidad me hallo en un estado de desesperación donde ninguna de las dos opciones son válidas, porque no soy un antisistema ni pretendo serlo, creo en el progreso y quiero avanzar sin seguir el camino que me imponen y que, a simple vista, llevará hacia un lugar donde uno es más una parte del rebaño que un individuo de una sociedad.

Carlos Jiménez | @CarlosJimenez_b

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