Elegías de una vida

La Troya de Príamo y Héctor todavía permanecía sin llamas cuando, transformada en Toledo, El Greco volvió a darle vida en su archiconocido óleo Laocoonte (1608 – 1614). La historia del desdichado sacerdote troyano y la muerte de sus hijos anticipó una de las mayores tragedias mitológicas que se recuerdan y la destrucción absoluta de todo cuanto existió para las generaciones que la sufrieron. Siglos, muchos siglos después, un poeta checo deslumbrado por los cuerpos sembrados de miedo que emergieron de la paleta de El Greco volvió a cantarle a la caída de los pilares del mundo, del universo y de su universo, en la obra Elegías de Duino. Su nombre era Rainer Maria Rilke y vivió para completar una obra que fuese la expresión de la soledad que debe enfrentar el hombre, de la vibración existencial que se desprende de saberse atado a la muerte y de no poder transformar en real la vivencia si no es mediante la poesía. Con el ángel de por medio – ese ángel tan terrible que nos recuerda cuán mayor que nosotros es lo eterno –, Rilke llegó a tocar el cielo y a hundirse en el infierno. Heredero de Rimbaud en el valor que adquiere la experiencia en sus escritos y de Mallarmé y su ‘El cielo es muerte, la vida es todo’, el poeta checo vivió por y para una sola obra en la que encerró el significado de la supeditación del ser humano a la belleza y al poder celestial que jamás podrá alcanzar. Esa obra son las Elegías, un testimonio poético de toda una biografía en la que el difícil binomio ‘vida y arte’ logra encauzarse finalmente en unos versos inflados de voluntad de ser algo más que el eco de la emoción y de lo pasajero.

Al igual que Franz Kafka, Rainer Maria Rilke siempre escribió en alemán a pesar de ser natural de Praga y de haber nacido en un momento en el que la cultura y la lengua checas empezaban a experimentar un claro renacer tras más de dos siglos de hegemonía cultural alemana. Hijo de una familia burguesa y católica que olvidaba demasiado a menudo que los títulos aristocráticos de los que sus antepasados alguna vez habían dispuesto se habían perdido décadas atrás, el joven Rilke fue bautizado con el nombre de René, ‘renacido’. Detrás de la elección de ese nombre se oculta una turbia historia que empañaría parte de la infancia del autor y mancharía para siempre la relación con su madre, a quien siendo adulto llegó a culpar de todas sus inseguridades y miedos. El joven René fue, en realidad, el segundo hijo del matrimonio Rilke, que en 1875 (año del nacimiento del poeta) aún no había podido superar la muerte de su primera hija. Fue especialmente su madre – quien vivía aposentada en un romanticismo más propio de comienzos de siglo que del ya próximo siglo XX, agravado por su inestabilidad emocional –  la que proyectó en su segundo hijo las frustraciones que trajo la muerte de su hermana. Es bien conocido que, entre otras cosas, siempre vistió a René con ropa de niña hasta que este tuvo edad suficiente para empezar el colegio.

Parece ser que fue la incapacidad de los Rilke de sobreponerse a la pérdida de la difunta hermana de su vástago lo que desencadenó la ruptura del matrimonio cuando el poeta tenía apenas nueve años. Ello, a su vez, precipitó el ingreso del autor checo en una academia militar en Hranice en la que permanecería hasta los 15 años. ‘Polvo, tinta y miedo’. Esas serían las palabras con las que posteriormente Rilke describiría sus años en la academia, de la que tan solo pudo salir al agravarse su ya de por si delicado estado de salud. Afortunadamente, diez años después de su llegada a Hranice Rilke ya se encuentra muy lejos de aquella institución que tanto llegó a odiar. En 1896 abandona su país natal para empezar sus viajes por Europa, y Múnich es su primera parada. Allí conoce a la independiente, bella e inteligente Lou Andreas-Salomé, la misma mujer que robó el corazón del filósofo Friedrich Nietzsche  y que tantas miradas y suspiros logró cosechar entre los círculos más intelectuales de la Europa de finales del siglo XIX. La condición de mujer casada que le otorgaba el matrimonio contraído con Friedrich Carl Andreas una década antes no impidió que Lou mantuviera relaciones con otros hombres (Sigmund Freud o Paul Rée entre ellos), algo de lo que al parecer su esposo estaba al corriente y consentía, no sin cierto reparo. Rainer Maria Rilke – quien cambió su nombre por sugerencia de Lou – terminó siendo uno de ellos, hasta el punto de que, cuando el matrimonio regresó a Berlín en 1897, el interés que el poeta ya sentía por su amante, musa y confidente le llevó a seguir sus pasos hacia Alemania. También de su mano llegó a visitar Rusia, viaje durante el cual tuvo la oportunidad de conocer en persona al mismísimo Lev Tolstói y a Iván Turgénev.  El apego filoeslavo que la visita de las tierras rusas y la aristócrata (Lou Andreas-Salomé era hija de un alto mando del ejército ruso de origen francés) encendieron en el autor saldría a relucir en su primera gran publicación poética, El libro de las horas.

'El ángel exterminador', Josep Llimona. (Cantabria)

En 1900 la relación entre Rilke y Lou Andreas-Salomé empieza a enfriarse. En una de las crisis que finalmente dará lugar al fatal desenlace en el que terminó su relación sentimental, Rilke acepta una invitación para partir hacia Worpswede (Alemania) que revolucionará por completo su vida y su forma de entender el arte. A título profesional, Rilke descubre y experimenta con conceptos artísticos y literarios que liberarán al poeta del subjetivismo posromántico en el que se había formado su genio juvenil. Y, a título personal, porque conoce y se desposa con la escultora Clara Westhoff, dando así por terminada la relación con Lou a través de una durísima y cruel carta. En 1901, año de la boda y del nacimiento de su primera y única hija, Ruth Rilke, el poeta checo deja de percibir las mensualidades que acostumbraba a recibir de sus primas al descuidar por completo sus estudios universitarios (el único requerimiento impuesto por la familia de Rilke para que los pagos no cesaran). La desahogada situación de la que gozaba, que le había permitido hasta entonces viajar a su antojo y dedicarse tan solo a aquellos trabajos que consideraba de su agrado, se ve terriblemente afectada por la necesidad de conseguir ingresos a cualquier precio. Es por esa razón que, en 1902, Rilke acepta trasladarse a París para trabajar en una monografía ilustrada del escultor Auguste Rodin, de quien su esposa Clara había sido aprendiz.  Además de una profunda impresión a caballo entre la repulsión y la atracción, Rilke se lleva de la ciudad de Baudelaire el valiosísimo contacto del pintor español Ignacio Zuloaga, su primer pasaporte hacia Goya, El Greco y, por extensión, Toledo. A pesar de la sensación de opresión que París causó en el poeta, algo que le trasladó de nuevo aquellos tristes y oscuros años perdidos en Hranice, seis serían las veces que Rilke regresaría a la capital después de ver publicado su estudio en 1903 y abandonar temporalmente la urbe francesa. De algún modo, la ciudad de las luces –  fuera en los paseos por el Jardín des Plantes, en las jornadas en el taller de Rodin o en las visitas al Museo del Louvre – siempre fascinó a Rilke en términos estéticos, más allá de que jamás lograra encontrar en ella la paz o el sosiego que sí le proporcionó, por ejemplo, la torre de Muzot en sus últimos años de vida.

Tras la estancia en Francia, Italia es el país elegido por Rilke y su esposa para seguir con sus respectivos proyectos. Roma se alza como una paradoja ante los ojos del autor; el intento de la humanidad de querer mantener en pie restos casuales de las vidas de otros, de algo que jamás va a ser nuestro o de nuestro tiempo, le parece injustificado, cuando no un ultraje a la verdadera vida italiana: el murmullo de las aguas que recorren los antiguos acueductos, las alamedas por las que se deslizan, sinuosamente, largas escaleras ideadas por el maestro Miguel Ángel. Tal es el impacto que ejerce Italia en el autor – quizás tan solo comparable al que llevó a Goethe a escribir, en la misma lengua, sus Elegías romanas – que la obra cumbre de su trayectoria poética, las Elegías de Duino, lleva el nombre de un municipio situado en el norte este de la Península Itálica. Después de diez meses viviendo en Florencia, Rilke – en cuya memoria aún sigue vivo el recuerdo de una adolescencia entre paredes militares y, en consecuencia, aplaude eufóricamente los movimientos pedagógicos que empiezan a surgir en el norte de Europa –  decide emprender un viaje por los países nórdicos al que poco después también se sumará Clara. De su experiencia por tierras danesas nacen varios poemas que cantan a la apacibilidad del paisaje del país y al sentimiento de bienestar del que París carecía para el poeta, así como varias traducciones de Kirkegaard al alemán.

Berlín, donde una vez más el checo se reúne con Lou a pesar de sus antiguas riñas, es el nuevo destino elegido por Rilke antes de aceptar el puesto de secretario personal que Rodin le ofrece y que le obliga a trasladarse permanentemente a París.  Es entonces cuando la vanguardia plástica de los comienzos del siglo XX hace la gran incursión su obra, en parte gracias al permanente contacto con el círculo y el impresionismo escultórico de Rodin, pero también gracias al interés por el postimpresionista Paul Cézanne que una visita al Salon d’Automne en 1907 despierta en el escritor. Los únicos momentos en los que Rilke se separa de la ajetreada vida que lleva en París son los posteriores a la muerte de su padre, que le llevan a pasar una temporada en Praga antes de regresar  de nuevo a la casa de su anfitrión y jefe. La proximidad de la muerte, que se intensificará cuando a partir de 1906 se van sucediendo inesperadamente varios fallecimientos entre los allegados del autor, hará mella en su vida – acaso indisoluble de su propia obra – hasta el punto de convertirse en un pilar fundamental de la evolución de su poética y concepción simbólica de la existencia.

La convivencia entre los hasta entonces bien avenidos compañeros dura poco: después de una disputa por asuntos menores que acabó por distanciar al poeta y al escultor, Rilke decide abandonar la casa de Rodin y, poco después, retoma sus viajes por Europa. En 1908 Rainer Maria Rilke es ya uno de los autores con mejor reputados en Alemania, lo que le permite cerrar un trato rentable con la editorial Insel que le salva por fin de las fauces de la precariedad en la que había vivido sin tregua después de dejar de recibir aquellas ya tan lejanas mensualidades de sus primas. A sabiendas de que dispone de total independencia económica para hacerlo, Rilke se traslada de nuevo a París  a editar la segunda parte de Nuevos poemas, publicada en 1907, y a trabajar por un año más en la novela Los apuntes de Malte Laurids Brigge. En 1909 se cruza en su camino la princesa Marie von Thurn-Hohenlohe, quien se convertirá en un apoyo incondicional para el poeta al cederle el castillo de Duino donde posteriormente el autor concebirá su obra maestra de título homónimo. Sin embargo, ni siquiera la seguridad material y espiritual que le proporciona la amistad de la princesa consigue rescatar a Rilke de la crisis existencial y creativa en la que cae después de terminar Los apuntes de Malte Laurids Brigge. Aquella novela que el autor había determinado que debía servir para purgar sus miedos y limpiar su alma se acaba convirtiendo en un dañino recordatorio de sus angustia en la atmósfera de un París que, de repente, se le antoja más luctuoso y atosigante que nunca. Paradójicamente atrapado en la necesidad de huir de si mismo y de reencontrarse con la pureza estética que su propia vida parecía negarle (debemos recordar siempre que en Rilke el arte y la vida acaban siendo inseparables), el poeta checo decide embarcarse en un prometedor viaje con otros artistas por el norte del continente africano, con el que hasta entonces solo ha tenido contacto a través de las vitrinas del Museo del Louvre.  Túnez o Kairuán son algunas de las ciudades que preceden la llegada de Rilke a Egipto, la tierra de los faraones y las esfinges, donde el poeta comienza una apasionante travesía a lo largo del río Nilo que tratará de rememorar múltiples veces, visitando cada museo arqueológico de Europa, una vez ha regresado a su continente natal. Empero, el fantasma del vencimiento espiritual que el poeta experimentó antes de visitar África no se termina de esfumar del todo. Es por ello que entre el verano y el invierno de 1911 Rilke tan solo se dedica a traducir del francés al alemán. Antes de ser socorrido por von Thurn y trasladarse a su castillo en Duino, Rilke realiza por razones desconocidas un acto de caridad tan desconcertante como digno de halago: recoge a la adolescente Marthe Hennebert de la calle – pese a que ni siquiera él se encuentra en las condiciones económicas  idóneas para  socorrer a nadie – y se asegura de que la pintora Hedwig Jaenichen-Woermann la acoja bajo su protección.

Antes de hacer definitivamente del castillo de Duino su residencia, Rainer Maria Rilke tiene la oportunidad de visitar la exposición de una colección de pinturas de El Greco en las salas Alte Pinakothek (Múnich) que incluye su Laooconte. Allí, el poeta queda absorto ante el cuadro, presa de una sustancial revelación.  También por aquellas fechas se hace oficial la separación definitiva del poeta y su esposa Clara, a quien Rilke se encontraba visitando en Alemania. Finalmente, el autor checo se establece en Duino el 22 de octubre de 1911; las olas del Adriático serán sus únicas compañeras, junto a la musa angelical que inspira los primeros versos de las Elegías, hasta el 9 de mayo de 1912, fecha en la que abandona los dominios de la princesa von Thurn. Pese a que es en Italia donde Rilke comienza su obra cumbre, su pluma no pondrá fin a los infiernos de ángeles de las Elegías de Duino hasta diez años más tarde. Entre tanto, el poeta decide visitar España por vez primera, y su destino es, naturalmente, el Toledo de El Greco. Antes de dejar la Península Ibérica – tierra que, según el mismo Rilke contó en sus cartas, hizo experimentarle una suerte de experiencia mística –, el autor de Los apuntes de Malte Laurids Brigge también visita Córdoba, Madrid, Sevilla y Ronda.  El Rainer Maria Rilke que retoma en esta última ciudad la elaboración de las Elegías de Duino escribe con un furor bíblico patente en el simbolismo de sus composiciones, profundamente impactado por la soledad de los campos andaluces y la perfecta harmonía que percibe entre las ciudades españolas y la naturaleza que las abraza y penetra.  Una vez instalado de nuevo en París, las memorias del viaje a España saldrán a relucir en Poemas a la noche, obra en la que además se percibe una clara influencia de la corriente poética del emergente expresionismo alemán.  Paralelamente, el poeta checo sigue trabajando en las Elegías, no sin padecer de vez en cuando alguna crisis creativa que le impide proseguir con la seguridad y confianza que dejó atrás en Ronda.

Rainer Maria Rilke in Nyon, Switzerland, ca. 1919

El malestar social que preludia el estallido de la Primera Guerra Mundial se comienza a dejar ver en la obra de Rilke a partir de 1914. Enemigo de las fronteras por haber viajado constantemente sin atender a ellas, el poeta checo se posiciona de manera rotunda en contra de la guerra, que saca de su pluma su genio más existencialista. El conflicto bélico le obliga a abandonar París y a instalarse en Múnich, donde conoce a la segunda Lou de su vida (a quien, curiosamente, siempre se refirió como ‘Loulou’). Se trata de Lou Albert-Lasard, una joven pintora que también ha huido de París y que acaba hallando refugio entre los brazos del poeta. Pero, al margen de sus andanzas sentimentales y la fértil etapa que inaugura la instalación en Múnich, el Estado llama a Rilke a sus filas, lo que devuelve al escritor al temido universo de armas y disciplina de su adolescencia. Afortunadamente nunca llega a ser enviado al frente, por lo que los cuatro años de guerra que pasa en Alemania se convierten  en un periodo idóneo para conocer a nuevos artistas e intelectuales refugiados y exiliados, y con ellos nuevos paradigmas estéticos.  Finalizada la Gran Guerra, Rilke parte hacia Suiza sin disponer siquiera de recursos económicos que le aseguren el sustento.  Después de Ginebra, Soglio es el pueblo elegido por Rilke para dar rienda suelta a la inspiración que por fin logra encontrar en los paisajes alpinos. Puntualmente visita Zúrich, Berna, Basilea y Lucerna para hacer algunos recitales públicos. Rodeado del espíritu sosegado y francés de Suiza, Rilke se hace una promesa: jamás habrá de volver a la Alemania de los fusiles, las ruinas y la pólvora.

En el otoño de 1920 Rilke sigue obsesionado con su incapacidad para poner fin a las Elegías de Duino. Richard Ziegler le presta su palacio en Berg para que escriba libremente, pero también esta nueva residencia se revela insuficiente para el poeta. Tan solo su último hogar, la torre de Muzot, permitirá a Rilke revivir  sus más preciadas memorias (situada en Valais, el ambiente bucólico que rodeaba el torreón del siglo XVIII le devolvía a los campos españoles y a la Provenza francesa) en un período de febril creación que él mismo acabaría bautizando con el nombre de Arbeitssturm, ‘tormenta de trabajo’. Frente a los diez años transcurridos desde que el checo les diera comienzo, un mes en Muzot fue suficiente para que Rilke terminara las Elegías.  Desafortunadamente, la satisfacción que trajo la conclusión de su obra magna y el comienzo de una nueva, Los sonetos a Orfeo, pronto se vio quebrada por una enfermedad desconocida que llevó a Rilke al borde del desequilibrio mental. El dolor no cesaba, y no había doctor en Suiza capaz de identificar de qué mal padecía el poeta. En vista de la falta de síntomas que pudieran indicar la presencia de una enfermedad orgánica, el Dr. Haemerli recomienda a Rilke que viaje al extranjero para alejarse del entorno en el que había desarrollado lo que a simple vista parecía una dolencia psicosomática menor. París es el lugar elegido por el checo, que allí se reencuentra con varios conocidos y amigos por última vez en su vida.

Baladine Klossowska, su compañera desde 1920, le acompaña de vuelta a Suiza, pero la pareja debe separarse en cuanto la pintora regresa a París y Rilke, al llegar el invierno de 1925, tiene que trasladarse al sanatorio de Val-Mont.  Pese a que pronto vuelve a su querido Muzot, la punzada de la espina de una rosa le causa una grave infección que le devuelve al sanatorio en 1926. Apenas dos meses después, le es diagnosticada una leucemia que pondría fin a su vida el 29 de diciembre de ese mismo año. En su lápida, resguardada por la dulce sombra del cementerio de Raron, los siguientes versos tiemblan aún con el ardor de una vida que se resiste a expirar:

“Rosa, oh, contradicción pura,

deseo,

de no ser de nadie el sueño

bajo tantos párpados”

 

Es el último grito de un hombre que persigue lo inalcanzable por ser eterno.  Es la memoria de un reto que ya bullía en el interior del genio durante todos sus viajes por Europa. Es el canto a la creación emancipada del atroz universo de los ángeles de las Elegías de Duino, una oda a lo imposible y a lo invisible desde la insinuación de la verdadera realidad: aquella que intuimos y que vivimos desde  nuestra propia experiencia de hombres ciegos. ¿Estará el ‘hombre’ de Rilke condenado a vagar para siempre bajo ‘el sueño de tantos párpados’, a oscuras de la verdad que reside en los cielos? Ante la duda, siempre podemos recurrir a las palabras que Rainer Maria Rilke, uno de los autores más esenciales de la literatura universal, escribía a un tal señor Kappus: ‘No busque ahora las respuestas, que no se le pueden dar, porque usted no podrá vivirlas. Y se trata de vivirlo todo. Viva usted ahora todas las preguntas’.

Martina Alcobendas Mauri | @Martinaalco

 

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RILKE, Rainer Maria. Cartas a un joven poeta. Madrid: Alianza Editorial, 2006 (edición y traducción: José María Valverde).

RILKE, Rainer Maria. Las Elegías de Duino. Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 2001 (edición y traducción: Otto Dörr Zegers).

RILKE, Rainer Maria. Poemas a la noche y otra poesía póstuma y dispersa. Barcelona: DVD Ediciones, 2008 (edición y traducción: Juan Andrés García Román).

GUTÍERREZ RUBIO, Enrique. R.M. Rilke (1875 – 1926), autor en lengua alemana y uno de los mejores de todos los tiempos. España: Ediciones del Laberinto, 2010.

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2 Comments

  1. Hola, Martina, princesa.

    Qué digo, princesa: Reina.

    Muy buen texto, sin duda. En el que nos presentas con habilidad al raro y asombroso Rilke.

    Leyéndolo, nos enteramos no solo de su vida y hecho externos, tan ricos y abundantes. También entrevemos sus procesos más íntimos.
    Creo que otra vez has logrado un artículo muy erudito y que, al mismo tiempo, se deja leer con facilidad y fluidez. Te asomas con pudor y tacto a la psicología del personaje, pero sin caer en ningún momento en la jerigonza psicoanalítica habitual en los Estudios Culturales. Y que no es más que fatuidad y vana ebriedad verbal.

    En alguna ocasión hemos hablado del equilibrio ideal entre densidad y fluidez. Ese que logró tan maravillosamente Borges. A mí esto nunca me ha parecido fácil, y lograrlo es muy meritorio. Casi milagroso, en estos tiempos de hinchazón y gesticulación retórica, diría, si se me permite.

    Máxime si pensamos que Rilke es uno de esos personajes que dan mucho juego a esos fantasmones de la crítica literaria de base psiconalítica. Tú, en cambio, nos lo presentas con sobriedad. Aunque sin dejarte ningún ángulo básico. Esto es muy útil, teniendo en cuenta que lo fascinante y complejo del autor invitan, en efecto, al regodeo crítico.

    Yo diría, si se me permite, que Rilke era una especie de Proust: solo que en lugar de vivir intensamente para el arte de la memoria y el recuerdo, el checo lo hacía para la confección de su obra poética. Una obra palpitante.

    Rilke vivió, sin duda. Con una mirada muy poética de todo aquello que experimentaba, diría que apenas se perdió nada. Pero todo al servicio de su obra. Esto es lo que hace que su poesía tenga un tono tan vital, casi abrasivo. Y que en absoluto no se nos aparezca tan solo como una hábil creación artesanal. Algo tan habitual en otros poetas.

    Opino que el hombre Rilke (y no solo el poeta) es una de los espíritus (una de las psicologías, diríamos hoy), más interesantes que hayan existido. De interés no solo estético, también cognitivo.

    En fin, Martina. Me he esforzado en encontrar defectos dignos de mención en tu artículo. Pero sin éxito.

    Opino que estás en disposición de dominar el manejo de tu espectacular fondo literario y cultural; de escribir con riqueza, pero sin engolamientos. Y eso te va a permitir crear textos magníficos.

    Nada más. Perdona el atrevimiento. Saludos y, desde luego, felicidades.

    Me gusta

  2. Hola, Martina, princesa.

    Qué digo, princesa: Reina.

    Muy buen texto, sin duda. En el que nos presentas con habilidad al raro y asombroso Rilke.

    Leyéndolo, nos enteramos no solo de su vida y hecho externos, tan ricos y abundantes. También entrevemos sus procesos más íntimos.
    Creo que otra vez has logrado un artículo muy erudito y que, al mismo tiempo, se deja leer con facilidad y fluidez. Te asomas con pudor y tacto a la psicología del personaje, pero sin caer en ningún momento en la jerigonza psicoanalítica habitual en los Estudios Culturales. Y que no es más que fatuidad y vana ebriedad verbal.

    En alguna ocasión hemos hablado del equilibrio ideal entre densidad y fluidez. Ese que logró tan maravillosamente Borges. A mí esto nunca me ha parecido fácil, y lograrlo es muy meritorio. Casi milagroso, en estos tiempos de hinchazón y gesticulación retórica, diría, si se me permite.

    Máxime si pensamos que Rilke es uno de esos personajes que dan mucho juego a esos fantasmones de la crítica literaria de base psiconalítica. Tú, en cambio, nos lo presentas con sobriedad. Aunque sin dejarte ningún ángulo básico. Esto es muy útil, teniendo en cuenta que lo fascinante y complejo del autor invitan, en efecto, al regodeo crítico.

    Yo diría, si se me permite, que Rilke era una especie de Proust: solo que en lugar de vivir intensamente para el arte de la memoria y el recuerdo, el checo lo hacía para la confección de su obra poética. Una obra palpitante.

    Rilke vivió, sin duda. Con una mirada muy poética de todo aquello que experimentaba, diría que apenas se perdió nada. Pero todo al servicio de su obra. Esto es lo que hace que su poesía tenga un tono tan vital, casi abrasivo. Y que en absoluto no se nos aparezca tan solo como una hábil creación artesanal. Algo tan habitual en otros poetas.

    Opino que el hombre Rilke (y no solo el poeta) es una de los espíritus (una de las psicologías, diríamos hoy), más interesantes que hayan existido. De interés no solo estético, también cognitivo.

    En fin, Martina. Me he esforzado en encontrar defectos dignos de mención en tu artículo. Pero sin éxito.

    Opino que estás en disposición de dominar el manejo de tu espectacular fondo literario y cultural; de escribir con riqueza, pero sin engolamientos. Y eso te va a permitir crear textos magníficos.

    Nada más. Perdona el atrevimiento. Saludos y, desde luego, felicidades.

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