La indescifrable multitud

Foto: elconfidencial.com
Desbordante. Tras varias vueltas al asunto, no hay mejor adjetivo que pueda describir lo que fue la manifestación independentista del pasado 11 de septiembre en Barcelona. Un éxito de convocatoria en toda regla, aunque sin recelos cabe señalar la enorme agitación mediática que a tal perfomance contribuyeron con especial ahínco los medios afines al gobierno catalán. Dejando de lado el drama de TV3 -donde, por cierto, se ve que aún quedan periodistas, pues el sindicato de trabajadores de la pública catalana alertó de la excesiva atención que se dedicó en verano a la ‘V’-, también una serie de periódicos animaban a sumarse al cotarro “por Cataluña”, incluso comprendían en sus ediciones digitales enlaces para inscribirse a la concentración y de paso, invitaban a sus lectores a despojarse de 15 euros egoístas y adquirir la camiseta oficial. Al puro estilo de la prensa deportiva dominguera ofreciendo un chubasquero culé.
Con todo y con ello, sin reparos: la constatación de la muchedumbre que logró desbordar la ciudad condal es evidente. Cabe insistir en el desborde porque contiene ese matiz caótico y desagradable que en efecto lleva intrínseco cualquier manifestación: calzadas atestadas, imposibilidad de hacerse hueco, bares aledaños a la concentración con sus terrazas henchidas hasta el punto de contener varias personas en una misma silla, como si fuesen unos acomodaticios castellers. Escenas habituales a lo largo de las calles puntales de la capital catalana que hacían sentir a uno como Príamo cuando le ardió Troya. Una ciudad sentida propia en la que aquella jornada muchos quedaban desbancados es la estampa que puede dar la razón a Manuel Jabois o a Ruiz Capilla, pues sendos olfatos apuntaron al día siguiente al adiós español de Cataluña.
diada
Foto: eleconomista.es
Sonrisas las hubo, también hacia los helicópteros, como bien relató Arcadi Espada. Puede que de ahí surjan las calificaciones oficialistas que tachan la manifestación multitudinaria de “festiva”. En efecto, alcohol y música, ingredientes indispensables en toda fiesta convencional, haberlos los hubo. Si bien la cerveza no era toda Moritz sí eran catalanas las canciones, algunas incluso de altura aunque pervertidas, ¿cuándo cantó Peret ‘Catalunya tiene poder…’? Pese a todo, si hay quien considere que los símiles con las fiestas favorecen a una causa política -muy legítima, claro está- cabe aceptar que aquello era un auténtico festival.
Pero hay otro adjetivo asiduo de los políticos nacionalistas y sus seguidores que resulta aún más molesto a quienes siendo catalanes no participamos de su idea de emancipación. A saber, lo “cívico” de la convocatoria. Que no haya incidentes lamentables (que no los hubo) no convierte a la ocupación de un espacio público en algo cívico. Decibelios elevados, permisión de ingerir alcohol a pie de calle, corte de líneas del transporte público, calzadas repletas de residuos, entrada de gente a borbotones a comprar agua… Difícil lo ponen.
Y sin embargo nadie resalta el carácter cívico de los barceloneses que aguardaron en sus hogares, soportando un acalorado día de descanso laboral. Fueron muchos, seguramente más de los que salieron, quienes buenamente hubieron de obedecer órdenes de los agentes que cortaban el tráfico, mareas de ciudadanos ataviados con banderas ajenas a sus credenciales en los autobuses, metros, etcétera. Pasear por el lateral de una vía escuchando los gritos de los tejedores del evento que -estos sí van contra alguien- lanzaban constantes oprobios a España, maquillada de ‘Estado Español’, ‘Partido Popular’ o ‘Tribunal Constitucional’ y proseguir tranquilamente el camino porque es sabido que la democracia española permite el derecho a manifestación también es un acto de civismo y de respeto a los conciudadanos (algunos más que eso, amigos, y quizás familiares). Pero nadie se acuerda de quienes aceptan la diversidad en Cataluña callando cuando se habla de la unidad y de las virtudes del pueblo.
En fin, se ha dicho mucho que la concentración, que aunó a altos y bajos, a gordos y a flacos, a viejos y a criaturas, a catalanohablantes y a hispanohablantes, malhumorados y pavoneados, era histórica. 300 años después y aquí estamos, que decían. “La historia nos convoca”, repetía un spot que recoge el espíritu de resistencia de 1714 muy habitual en los medios, cortesía de la Generalitat: y les convocó. Hasta qué punto tiene calado entre todos los asistentes la tragedia histórica sobre la que teorizó María Zambrano es difícil de discernir, aunque a la postre resulta de bastante bajo alcance, pues el horizonte que se marca el catalán oficial se remonta a 300 años atrás. Sin embargo, y pese a todo, nadie puede jugar a disfrazar a la millonada de participantes de anhelosos de la recuperación de los privilegios feudales que anuló Felipe V, pues visto lo visto, las gentes a pie de calle eran eso: gente. Ni menos, ni más.
Andrea Martínez | @andreamarmol_
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6 Comments

  1. Tu artículo revela de entrada una cosa: la incuestionable eficacia de este gran espectáculo ilusionista con que el nacionalismo nos “deleita” cada año. Según leemos saliste (de entre los manifestantes) rendida ante lo que viste. Extasiada. Galvanizada.

    SÍ. Anualmente, los nacionalistas nos proyectan sus gigantescas sombras chinescas. Con incuestionable talento, logran que pensemos que su juego de manos es efectivamente un enorme perro o lobo. O mejor: que nosotros (sus contrarios) somos ese perro o ese lobo.

    Los nacionalistas se manejan de fábula en el interior de nuestra postmodernidad fangosa. Esa en que solo cuentan imágenes trucadas y relatos arbitrarios. Caprichosos constructos resultantes, no de la realidad, sino de una determinada correlación de fuerzas. Políticas, económicas, mediáticas.

    Cada año, con la llegada del otoño, los nacionalistas suben el telón de su espeluznante Grand Guignol. Ante su potente contrapicado, retrocedemos maravillados, incluso asustados. Sin reparar en la tramoya. Sin reparar en que sus efectos y figuras (banderas, camisetas, botellines) no son más que un gigantesco trampantojo.

    Y también cada temporada, con la hojarasca, los nacionalistas rehúyen el debate de las cifras. Lo rechazan, incluso lo ridiculizan. Irritándoles hasta lo grotesco (¡Mirad las imágenes!, nos advierten). Pero son las cifras (las cifras auténticas), y el análisis riguroso que de ellas se desprende, lo que ha de permitirnos desmontar su Linterna Mágica, tediosa y ya chirriante. Con la que pretenden (consiguiéndolo no pocas veces) callarnos, anularnos.

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  2. Tranquilos los dos, aunque solo seais un par de tontainas con infulas posmodernas, vosotros tambien podreis disfrutar del nuestro nuevo estado. No vamos a discriminar a nadie, por muy pretencioso y ridiculo que sea.

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