Retales Tailandeses

Mi escepticismo con respecto al continente asiático era algo que conocían en mi familia y amigos. Cosas del azar, tras la experiencia en Hong Kong y Shanghai, con un trepidante día en Changsha entre medio, Tailandia asomaba en el horizonte. Serían 14 días de gira, casi una semana en Bangkok y otra en Phuket. Es difícil anticipar qué va a ocurrir en tu vida cuando hay tantos elementos en juego y sobre todo, incertidumbre. En solo 2 meses y por motivos de trabajo me empaparía por segunda vez del Sudeste Asiático. Empaparme de humedad, quiero decir.

Bangkok me recibió a primera hora del último domingo de julio con un cielo grisáceo pero mucho calor. La humedad debía rozar límites extremos. Gracias a un señor alemán que tuve al lado en el vuelo desde Amsterdam tomé nota de cómo coger un taxi. Poca broma. Tenía que llegar al hotel y apañármelas para que me entendieran. Mi amigo del vuelo me aconsejó que saliera hacia fuera “por esa salida” hasta llegar a unos mostradores donde me preguntarían mi destino. En función de la distancia pagas. Fijando el precio antes de partir. Mi conductor no sabía inglés pero eso ya no me sorprendía demasiado tras lo vivido en China semanas antes. Lo más llamativo y que me despertó de golpe fue su taxi rosa brillante. Una persona bastante mayor y casi sin dientes, que cuando hablaba recogía una mueca que bailaba entre graciosa y forzada. Mientras me intentaba explicar que yo tenía que pagar los peajes –un total de 3 hasta llegar a Muang Thong- me fijé en el interior del vehículo. Estaba decorado con multitud de objetos fálicos. Freud hubiera encontrado alguna explicación curiosa a todo aquello seguro. Desde un pene de madera tallado con mimo y al máximo detalle a pegatinas de ambiente nocturno y naftalina. No sé si fue una suerte que el conductor no supiera inglés ya que en mi cabeza danzaban multitud de pensamientos y preguntas que no pude hacer. Tuve que conformarme con que me llevase al hotel, algo alejado del centro de la capital. Que no es poco.

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Como durante las dos semanas en Tailandia, el contraste entre los espacios interiores y la calle era algo brutal. De la humedad y calor sofocante desde buena primera hora del día al aire acondicionado, siempre altísimo. Exageradamente elevado. Mi compañero de trabajo y aventuras en el terreno, Alfonso,  me esperaba allí. Él siempre dormía con el aire encendido, cosa que nunca llegué a comprender. Quizás el mío no funcionaba bien porque yo me congelaba. Literalmente. En el hotel, donde hicimos mucha vida –eso denota que era un viaje de trabajo- lo más destacado fue la cordialidad y buenas maneras del personal y servicio así como la comida, un capítulo aparte. Viajar y convivir con equipos de fútbol profesional siempre ayuda a recibir un trato casi exclusivo y preferencial. Incluso había alguna chica de la recepción que se animaba con el castellano y cada día decía algo nuevo. Chicas que como en gran parte de la región suelen idealizar y casi idolatrar los rasgos occidentales. En China lo había comprobado pero en menor grado si cabe. En Tailandia una trabajadora del Aeropuerto de Suvarnabhumi me llegó a decir “I love you” en el control de seguridad y que se quería casar conmigo. En el Aeropuerto de Phuket un grupo de operarias se ruborizó cuando pasé delante de ellas y se reían hablando en su idioma mientras no me apartaban los ojos. Hablando con las chicas del hotel notabas que te miraban de una forma diferente y que querían gustar. A veces también se sentían como cortadas.

Decía que la comida se merecía un capítulo aparte. Llegué por todo lo alto probando un lomo con especias y, evidentemente, luego me arrepentí un poco. Desde ese momento decidí racionalizar la cantidad de picante que ingeriría durante la estancia en el país asiático. Total, que al final y muy a pesar de la insistencia de Alfonso, comí bastante italiano. Que dices, ir a Tailandia para comer algo que puedes comer en otros muchos sitios… Pues sí. Pero es curioso que una de las mejores pizzas y platos de pasta los probara en Phuket. Me gusta mucho la pasta pero es que allí probé platos fantásticos. Esto es verídico. Y también comida local, ciertamente muy rica. La gastronomía tailandesa es especial y muy diferente a la nuestra, con gran cantidad de salsas y mezclas desde la base. Una amalgama de sabores y texturas que hace las delicias de los paladares.

De la semana que pasamos en Bangkok tuvimos un día libre. Aprovechamos para ir a ver la ciudad en sí. Lo que conocía hasta ese quinto día en Tailandia no iba más allá de un par de hoteles, campo de entrenamiento y estadio del Muangthong United y un pabellón de bádminton a las afueras de la ciudad –donde se entrenó la selección española con, entre otros deportistas, la futura campeona del mundo de la especialidad Carolina Marín-. El núcleo urbano nos recibió con mucho calor. Exagerado. Caminabas un poquito y necesitabas avituallamiento. Quedamos con una chica que trabajaba para el Muangthong para que nos enseñara parte de la ciudad. La sorpresa fue que nos llevó a 3 centros comerciales, entre ellos el famoso MBK donde mi compañero y yo ya habíamos comprado algunos detalles y recuerdos mientras la esperábamos. En Hong Kong y China ya había observado cierta tendencia y obsesión de la población autóctona por las compras y los centros comerciales. No quisimos parecer muy bordes pero tras el tercer centro comercial y aprovechando que ella se tenía que ir decidimos ir a empaparnos verdaderamente de Bangkok. Nos acercamos hasta el recinto exterior del Grand Palace y justo ahí nos recibió amablemente un policía que finalizaba su servicio y que nos acercó hasta el khlong más cercano en el río Chao Phraya. Alfonso dudaba de si nos pediría dinero una vez se despidiera de nosotros. Cosa que al final no sucedió. Debe recibir su comisión por otro lado. Entonces sí pagamos por subirnos a una barca los 2 y navegar por los canales de la ciudad durante hora y media. Tiempo suficiente para ver algún templo como el Wat Arun y respirar mucho más de la ciudad. La embarcación era muy estable a pesar de ser algo vetusta y el capitán del navío –es un decir-, llevaba la camiseta del Chelsea. Ese pequeño pero no tan trivial detalle me inspiró confianza. Al final, un paseo muy agradable por el agua en el que quizás solo faltaron un par de cervezas y unas bravas. Estábamos a media tarde, con el viento acariciando nuestras pieles. Realmente a gusto, el primer gran momento de tranquilidad en todo el viaje. Tanto que improvisamos un video casero en el que pudimos ver uno de esos reptiles que están a medio camino entre lagartos y dragones. Mientras paseamos por los khlong pudimos comprobar alguno de los mayores contrastes de Bangkok. Hablo de las viviendas. Desde las más sencillas en madera y casi en estado de derribo a casas coquetas y bellas en la misma orilla del río. Un río que tenía las aguas algo sucias –siendo generosos- aunque eso no impedía que más de un jovenzuelo se bañara. Como jóvenes eran algunos de los budistas que vimos, no ajenos a las últimas tecnologías. Budista y smartphone, siglo XXI. Durante el trayecto también pudimos asistir, por si no lo habíamos olvidado, a la “turistada” típica. Había vendedores flotantes con su propio y humilde bote que ofrecían en alguna parte de la ruta cervezas o souvenirs. Desde luego que tenía más morbo y caché poder comprar una birra en pleno Chao Phraya que no en las Ramblas en plena madrugada, por ejemplo. Y sin samosas.

Después de esas horas de descanso en Bangkok llegué a la conclusión de que en apenas 2 días y medio te podías ver toda la ciudad, que me costaría vivir allí, que no me gustó en líneas generales pero que tenía sus rincones especiales, sobre todo desde el punto de vista del patrimonio cultural y artístico. Bangkok es la capital típica del sudeste asiático con una brutal densidad de población. Allí llueve muchísimo, especialmente a partir de mediados de verano. Esa lluvia intensa y tropical que empapa rapidísimo y que tras 1 hora puede dejar paso a un sol raso. Casualidades de la vida, siempre que había partido llovió. Pero de lo lindo. Ni en Riviera Maya el día que visitamos el Chichén Itzá y Valladolid había visto llover así. Una auténtica locura que impidió que más gente acudiera a los estadios a ver los amistosos que organizamos.

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Tras Bangkok esperaría Phuket, al sur del país. Contraste más marcado en la personalidad y el hacer, la manera de trabajar. De la seriedad y eficacia de la capital, algo más occidentalizada, a la parsimonia y el “don’tworrybehappysmo” de la isla. De un hotel más bien funcional pasamos a un resort enfrente de la playa. Estábamos alojados en Kata Beach, una zona muy similar en cuanto a estética a Lloret, Salou o similares. La comida del resort bajó de nivel porque el listón estaba muy alto pero aprovechamos para comer o cenar más veces fuera, destacando un plato picante de ternera acompañada de curry verde. Delicioso. Cerca del hotel había un surfhouse donde se podía aprender a surfear en una piscina artificial de olas. Muy curioso. En toda la zona era habitual ver a surfistas. No es casualidad que muchos días se prohibiera el baño en casi toda la playa. Una playa y un sol que acaba contagiándote y sobre todo te hace coger cariño a la gente local, por muy vagos que fueran a la hora de emprender cualquier actividad. El clima, como cualquier otro factor vital, determina gran parte del carácter de las poblaciones. Es tan fascinante como a veces desesperante. Sin apenas tiempo libre para gozar del surf, paisajes ni visitar las islas cercanas como Phi Phi -donde se rodó la película de La Isla-, vivimos una semana intensa y de mucho trabajo. Phuket es un rincón turístico, algo masificado en algunas zonas y con presencia de muchos extranjeros. En Patong Beach por ejemplo, nos contaron que los extranjeros eran mayoría. Además de ser el paraíso de los travestis. Allí está todo muy normalizado, especialmente en temas de sexo. Si bien me contaron que el país pretende que se le deje de ser considerado un destino de turismo sexual, lo cierto es que hay mucha prostitución. En Kata Beach, por ejemplo, cada noche había un grupo de prostitutas que ofrecía sexo a cambio de 1.000 baht (unos 25€).

En Phuket, debido a la proximidad con algunos locales nocturnos sí pudimos ir a tomar alguna copa o cerveza. Descubrimos un sitio muy interesante con música en directo a tan solo 2’ de donde dormíamos. Los cócteles no eran gran cosa, muy aguados, pero siempre entraba una fresca Chang o Singha, las dos cervezas más famosas y auténticos iconos globales. Según Alfonso, mejor la Singha –es algo más suave y fácil para el paladar-, aunque la Chang tiene algo más de tralla y según el contexto se puede hacer más necesaria.

Multitud de mochileros se congregan cada año por toda Tailandia dibujando rutas de todos los colores y sabores. De norte a sur, de costa a costa. Aficionados al submarinismo, surf, gente con inquietudes religiosas, o simplemente turistas en plena efervescencia de la globalización, encuentran ahí su destino. No es una hipérbole decir que este verano la mitad de mi Facebook estaba en Tailandia y sí, la otra mitad entre Menorca, Mallorca e Ibiza. Tailandia es un destino que merece y mucho la pena y que no pude disfrutar tanto como me hubiera gustado en otras circunstancias. Quizás algún año vuelva tranquilamente en busca simplemente de desconexión. O quién sabe, quizás el azar sigue llevándome más pronto que tarde y, de nuevo, al continente asiático.

Jordi Iglesias | @chopi_8

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