La última canción del cisne

Pocas cosas son más destructivas en este mundo que juntar a dos personas que están intentando recomponer los pedazos de su existencia, la cual estalló después de chocar contra el muro de la realidad, esa que te enseña que el amor es el olor a podredumbre que lleva tanto tiempo haciéndote vomitar cada vez que levantas la cabeza.

Hay un lugar, el Campo de San Francisco. Un pequeño parque situado en el corazón de Oviedo, donde me gusta perderme. A cualquier hora del día. Sola o acompañada. Cada rincón tiene un significado en mi vida, y sigo descubriendo día a día nuevos recuerdos que almacenar en la colección de mi rincón favorito. Entre la arboleda, hay un estanque pequeño donde los peces viven de manera intermitente. Muchos días soleados, me acerco hasta este aguaducho y me acurruco en un rincón para leer. Con el móvil en silencio, espero a que comiencen a caer las primeras gotas que me recuerden que me he vuelto a dejar el paraguas en casa y que ya es hora de volver. Nadia me molesta, porque al estar allí me creo invisible.

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Unos metros más allá, los niños se arremolinan alrededor del gran estanque. No hay niño en Oviedo que no tenga recuerdo de dar de comer a los cisnes y patos que allí habitan, con el permiso de las palomas que acechan para intentar arañar algo de comida. A pesar del revuelo que siempre hay en esta laguna, y más desde que la población de cisnes se ha visto aumentada con un par de bolitas peludas de color gris, me relaja acercarme hasta la orilla, y apoyarme en la valla, viendo a los animales que allí viven. Cuando estoy allí, no suelo hablar con nadie, aunque siempre que me dejo caer por el estanque voy acompañada.

“¿Dónde está el otro cisne?”, me preguntó el chico con el que fui el pasado fin de semana.

“Mamá cisne murió la semana pasada”, le expliqué.

“¿Y no van a traer otra hembra cisne para que cuide de las crías y del cisne macho?”

Los cisnes son animales de una pareja para toda la vida, como los pingüinos, y rara vez escogen a otra pareja para ser su compañero o compañera tras la muerte del anterior. Pocos animales me parecen más nobles y admirables que estas aves, que pasean su elegancia día a día en este pequeños estanque, ajenos de lo que habita más allá.

“¿Crees en el romanticismo?”, quiso saber mi acompañante aquella mañana al estanque, a propósito de la fidelidad de estos animales.

“No”, respondí con certeza. “No creo en la existencia del romanticismo hoy en día”, añadí.

“Yo creo… que nunca ha existido. Ni ahora ni en tiempos pasados”

Tiene razón. Podemos tener nuestros momentos, pero el romanticismo, como sí, solo ha sido una idea en nuestra cabeza. Un ideal. Una meta que siempre queremos alcanzar, y para ello muchas veces hemos recurrido a acciones, pequeños actos para intentar convencernos de que hay algo, y que está más cerca de lo que creemos. Pero en realidad no.

A veces conocemos a alguien, y queremos demostrarle nuestros sentimientos, pero muchas veces desconocemos el pasado de esa persona, y ese es un factor condicionante a la hora de tener una relación con una persona, sea del tipo que sea. Muchas veces queremos demostrarlo todo, y para ello comenzamos a reparar ese juguete roto que nos hemos encontrado, quitando piezas de nuestro propio interior para arreglarlo. Porque sí, porque podemos, o creemos poder. Porque creemos que una vez esté arreglado, la felicidad que sentiremos nos hará olvidar que quienes estamos rotos ahora somos nosotros mismos.

Con lo que no contamos es que a cada pieza que le colocamos, un canto va saliendo de su interior, que nos avisa del final, pero al que hacemos oídos sordos, porque creemos que somos diferentes, y que estamos por encima de todo eso. Existe una leyenda que cuenta que, cuando un cisne ve llegar su final, emite un canto de despedida. El día antes de que mamá cisne muriera, yo estaba apoyada en la valla del estanque de los patos, mirando al infinito, cuando oí a uno de los cisnes emitir sonidos.

Una vez más, no le di importancia.

Miriam Villazón | @miriamvillazon

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