Un siglo en contra de todo

“Durante medio siglo

la poesía fue

el paraíso del tonto solemne.

Hasta que vine yo

y me instalé con mi montaña rusa.

Suban, si les parece.

Claro que yo no respondo si bajan

echando sangre por boca y narices”

Nicanor Parra en Versos de salón (1962)

***

Una simple taza de té, compartida con la persona equivocada, puede joderte la vida. Es lo que le ocurrió al poeta chileno Nicanor Parra en 1970. Tenía 55 años y estaba en Washington. En tiempos de la guerra de Vietnam, en plena guerra fría. Había sido invitado a un encuentro de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, junto a otros escritores, y no tenía razón objetiva para rechazar la invitación. De allí fueron dirigidos a la Casa Blanca, donde, para sorpresa de los invitados, fueron recibidos por Pat, la esposa del presidente Nixon —considerado padre intelectual del golpe de Estado en Chile tres años más tarde—, que les invitó a tomar un té. En aquella sala, junto a la primera dama de los Estados Unidos, su vida se jodió. Trataron de jodérsela, más bien. Su inclinación hacia la Unidad Popular y su admiración por la revolución cubana no sirvieron de nada. La foto en la que aparecía sonriente junto a la señora Nixon ayudó aún menos, fue la gota que colmó el vaso. Él solo había sido fiel a uno de sus antipoemas: “Cuba sí, yanquis también”. Al menos acompañarían el té con unas pastitas.

La prensa de izquierdas chilena se encarnizó con Parra. La de derechas le trató interesadamente como uno de los suyos. Y, sobre todo, el aluvión de críticas no cesó. La Casa de las Américas lo inhabilitó para participar en el jurado del concurso literario que celebraba en La Habana. El presidente de la Sociedad de Escritores lo llamó “hippie sexagenario” y “ególatra”. De nada sirvieron las justificaciones, sobre que había sido un encuentro casual o que él seguía siendo fiel a la revolución cubana. Tampoco su breve y desesperado comunicado: “Apelo a la justicia revolucionaria. Solicito la rehabilitación urgente. Viva la lucha antiimperialista de los pueblos oprimidos, viva la revolución cubana”. Sus alumnos en la universidad boicotearon sus clases. Él, que estaba dispuesto a aclarar lo ocurrido, se plantó en el patio de la facultad con un cartel donde se podía leer “Doy explicaciones”. Nunca se las pidieron. Porque no las quisieron saber. La polémica la cerró el mismo Parra en la revista Paula: “Hasta cuándo van a seguir fregando la cachimba / yo no soy derechista ni izquierdista / yo simplemente rompo con todo”.

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Lo que para otros pudiera parecer contradictorio, para él no lo es: “No se extrañen / si me ven simultáneamente / en dos ciudades distintas / oyendo misa en una capilla del Kremlin / o comiéndome un hot-dog / en un aeropuerto de Nueva York / en ambos casos soy exactamente el mismo / aunque no lo parezca soy el mismo” (Hojas de Parra, 1985). El poeta chileno vivía y vive en realidad en una negación constante de la autoridad, como escribiría Niall Binns en las Obras completas de Parra: “En términos políticos, Parra fue siempre un díscolo: en contra de la derecha durante el gobierno de Jorge Alessandri (1958-1964); contra la Democracia Cristiana de Eduardo Frei Montalva (1964-1970); a favor pero muy pronto crítico de la Unidad Popular de Salvador Allende (1970-1973) y uno de los opositores más destacados —desde dentro de Chile— a la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990)”. A pesar de esto, se le acusó de avalar el régimen pinochetista por no oponerse a él con la intensidad que ellos querían. Para los intelectuales del momento, una intelectualidad muy polarizada por la guerra fría, quedarse en Chile era legitimar de alguna forma el régimen. Pero él luchó contra la dictadura desde dentro. Y contra todos los gobiernos chilenos en general.

Así lo demostró en su obra (anti)poética en ese momento, con su más que cuestionable sutileza a la hora de decir las cosas. Lo hizo, por ejemplo, en Sermones y prédicas del Cristo del Elqui, publicado en 1977, sobre el gobierno del militar Carlos Ibáñez del Campo: “el general Ibáñez me perdone / en Chile no se respetan los derechos humanos / aquí no existe libertad de prensa / aquí mandan los multimillonarios/ el gallinero está a cargo del zorro”. O en Chistes parra desorientar a la policía poesía, de 1983, sobre los detenidos desaparecidos durante la dictadura militar de Augusto Pinochet: “De aparecer apareció / pero en una lista de desaparecidos”. O en su Canción protesta (Cachureos, ecopoemas, guatapiques, últimas prédicas, 1983): “Poema / problema / Ciento 4 civiles en un cajón / cuántas orejas y patas son”.

Y no cabe ninguna duda de que representaba una molestia para los militarzuelos que se apoderaron del poder en Chile. No fue propiamente torturado ni obligado a exiliarse. Pero que le preferían callado es algo evidente. No en vano, en 1973, tras el golpe de Estado, el militar y rector de facto de la Universidad Católica, Jorge Swett, mandó a quemar cajas llenas de sus famosos Artefactos. Y en 1977, los amigotes matones de la dictadura prendieron fuego a la carpa donde se representaba Hojas de Parra, una representació basada en su poesía donde el protagonista, de nombre Nadie, se preocupaba por los derechos humanos y por la inflación. Ese mismo tipo de gentuza que trataron de incendiar hasta en tres ocasiones la casa que el poeta tenía en Isla Negra y que “se cagaban en la puerta todas las noches”. En 1985 lograron quemarle El Castillo, una casa que acababa de comprar en Las Cruces. “Vuelta a la democracia ¿Para qué? ¿Para que se repita la película? No, para ver si podemos salvar el planeta. Sin democracia no se salva nada”.

Sobre su relación con la política, el también escritor chileno Roberto Bolaño, desgraciadamente fallecido hace once años en Barcelona como consecuencia de una insuficiencia hepática mientras esperaba un trasplante de hígado, apuntó lo siguiente en el artículo Ocho segundos de Nicanor Parra (2001): “Un apunte político: Parra ha conseguido sobrevivir. No es gran cosa, pero algo es. No han podido con él ni la izquierda chilena de convicciones profundamente derechistas ni la derecha chilena neonazi y ahora desmemoriada. No han podido con él la izquierda latinoamericana neostalinista ni la derecha latinoamericana ahora globalizada y hasta hace poco cómplice de la represión y el genocidio. No han podido con él ni los mediocres profesores latinoamericanos que pululan por los campus de las universidades latinoamericanas ni los zombis que pasean por la aldea de Santiago. Ni siquiera los seguidores de Parra han podido con Parra”.

Más allá del Nicanor Parra político, que para nada hay que desvincular de su obra, hay el Nicanor Parra poeta, creador de todo un género. En una tierra como Chile de grandes poetas, como los Nobel de Literatura Gabriela Mistral (1945, la primera mujer iberoamericana en lograr este galardón) y Pablo Neruda, u otras grandes plumas en verso como Vicente Huidobro y Pablo de Rokha, Parra ha conseguido hacerse un lugar. Y así lo atestiguan las distintas distinciones que ha ido recibiendo durante su larga trayectoria, alzando merecidamente el Premio Nacional de Literatura (1969), el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2001), el Premio Miguel de Cervantes (2011) o el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda (2012). Cuando le comunicaron que había ganado este último, aseguró que se querellaría “contra quienes resulten responsables”.

Parra es el responsable de un género literario, la antipoesía, desenfadado, inquietante, singular. “Tengo el orden de liquidar la poesía”, diría él mismo. La firma de Nicanor Parra era y sigue siendo garantía de versos ásperos, críticos y, sobre todo, surrealistas, aunque a menudo lo son mucho menos que la sociedad que intenta retratar. Cuando no hay arma más eficaz que un puñado de palabras, es ahí cuando aparece Nicanor. “Parra escribe como si al día siguiente fuera a ser electrocutado”, describió Bolaño. Sus referentes e influencias son muchos, desde Vicente Huidobro —aseguran que desde la casa de Parra en Las Cruces, con prismáticos, puede verse su tumba— hasta Walt Whitman, pasando por Miguel de Cervantes. Y especialmente Federico García Lorca, a quien le dedicaría un poema: “Sólo quiero que me entierren / con una guitarra al lado / igual como se la ponen / cuando entierran un gitano / que así lo dejó entendido / un cantor que fusilaron”.

Su peculiar estilo desató en su momento la irritación de la ortodoxia poética, de los más puristas, como en cierto modo representaba uno de los muchos grandes poetas que ha dado Chile, Pablo de Rokha. “Los antipoemas inspiran lástima y asco”, criticó. Y también el odio de una parte del clero, con quien a menudo se metía en sus versos. Es así como el padre capuchino y también poeta Prudencio de Salvatierra cargó duramente contra él: “¿Puede admitirse que se lance al público una obra como ésa, sin pies ni cabeza, que destila veneno y podredumbre, demencia y satanismo? (…) Me han preguntado si este librito [Poemas y Antipoemas, 1954] es inmoral. Yo diría que no; es demasiado sucio para ser inmoral. Un tarro de basura no es inmoral por muchas vueltas que les demos para examinar su contenido”.

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Pero también recibió elogios, muchos elogios. Y algunos de ellos de forma inesperada, como los de Pablo Neruda. Fueron inesperados porque en cierto modo Pablo Neruda representaba el tipo de poeta por el que Nicanor Parra era y es antipoeta: una respuesta a la poesía pomposa, exagerada. En la solapa de Poemas y antipoemas (1954), Neruda escribió: “Entre todos los poetas del sur de América, poetas extremadamente terrestres, la poesía de Nicanor Parra se destaca por su follaje singular y sus fuertes raíces. Este gran trovador puede de un solo vuelo cruzar los más sombríos misterios o redondear como una vasija el canto con las sutiles líneas de la gracia (…) Esta poesía es una delicia de oro matutino o un fruto consumado en las tinieblas. Como lo mande el poeta Nicanor nos dejará impregnados de frescura o de estrellas”.

Quizás lo de Parra es la provocación por la provocación. Pero detrás siempre hay un trasfondo, una razón o simplemente una excusa. Todo tiene su justificación. La periodista argentina Leila Guerriero, una de las mejores representantes del nuevo periodismo latinoamericano, entrevistó al poeta. La entrevista, que se publicó en el diario El País y en la revista Gatopardo, aparece recogida en su libro Plano americano (Ediciones Universidad Diego Portales, 2013). En ella cuenta una anécdota muy ilustrativa, que explicada por Guerriero tiene sello de veracidad. Fueron los dos a almorzar y sobre las cinco y medio de la tarde, cuando acabaron, se levantaron de la mesa. Antes de salir, Parra buscó con la mirada a la camarera que les había atendido, que estaba comiendo juntos a sus compañeros. Entonces, “con el tono de quien dice adiós y buenas tardes, con voz educadísima”, exclamó: “Heil Hitler”; a lo que los trabajadores respondieron “Heil Hitler”, sin pensárselo lo más mínimo. Salieron del restaurante y el poeta le preguntó a la periodista:

—¿Contestaron?

—Sí.

—¿Ve? Lo importante es el tono en que usted lo dice.

***

Hijo mayor de profesor y costurera, nacido recién estallada la primera guerra mundial, se crió en el seno de una familia de artistas. Tanto sus hermanas Hilda (1916-1975) y Violeta (1917-1967) como sus hermanos Eduardo Emeterio “Lalo” (1918-2009), Roberto (1921-1995) y Lautaro (1928-2013) dedicaron su vida al mundo de la creación artística, coincidiendo todos ellos en el de la música, pero haciendo también incursiones en la literatura y el teatro. El más pequeño de los varones, Óscar Parra (1931-), ha desempeñado toda su carrera en el circo –con el seudónimo de Tony Canarito–, por lo que ha sido descrito como “el Parra menos Parra”. Entre la segunda, la tercera y la cuarta generación suman una docena de artistas más, como es el caso de las hijos de Nicanor, Catalina, Juan de Dios y Colombina, los dos primeros músicos y la última artista visual.

Su infancia y la de sus hermanos estuvo marcada de una forma muy especial por la escasez de dinero, las riñas entre sus padres y los constantes traslados (primero vivieron en San Fabián, después en Lautaro, luego en Chillán, a continuación en Santiago y finalmente en Chillán otra vez). A los 16 años hizo las maletas y regresó solo a la capital, para terminar sus estudios secundarios en el Internado Barros Arana, gracias a una beca otorgada que le dio la Liga de Estudiantes Pobres. Pese a que las buenas notas las sacaba en las materias más de letras, y no en las de números, se decidió a estudiar Matemáticas y Física en la Universidad de Chile. Lo hizo “para demostrarles a todos esos desgraciados que no sabían nada de matemáticas”. No sólo terminó esos estudios sino que en 1951 entró como profesor de Matemáticas y Física en la Universidad de Chile. También estudió Mecánica Avanzada en Estados Unidos y Cosmología en el Reino Unido.

Su vida amorosa, como si se tratara de las mudanzas de ciudad en ciudad de su austera infancia, no fue menos ajetreada. Se casó dos veces, primero con Anita Troncoso en 1940 y después con una sueca llamada Inga Palmen en 1951. Tuvo una tormentosa historia con otra sueca, Sun Axelsson, periodista, poeta, novelista y traductora al sueco de autores como Pablo Neruda, Federico García Lorca, Jorge Luis Borges o Octavio Paz. Él tenía 45 años; ella, tan sólo 24. Años más tarde aseguraría que él la maltrató, algo que nunca se ha probado. También tuvo un hijo con una señora, Rosita Muñoz, que había trabajado para él. A mediados de los noventa conoció a otra mujer, la última con la que estaría, a quien le sacaba cincuenta o sesenta años. Y, como todo buen artista, tuvo su musa: Ana María Molinare.

“Era lo que yo soñaba y que a los 64 años creía haber encontrado”, le dijo Nicanor a Leónidas Morales, profesor de literatura chilena y autor del libro Conversaciones con Nicanor Parra (Tajamar, 2006). Cuando se conocieron, efectivamente él tenía 64 años. Ella, exactamente la mitad: 32. La relación duró poco pero fue intensa, muy intensa. Cuando ella lo dejó, él escribió uno de sus poemas más conocidos: El hombre imaginario (“El hombre imaginario / vive en una mansión imaginaria / rodeada de árboles imaginarios / a la orilla de un río imaginario (…) Y en las noches de luna imaginaria / sueña con la mujer imaginaria / que le brindó su amor imaginario / vuelve a sentir ese mismo dolor / ese mismo placer imaginario / y vuelve a palpitar / el corazón del hombre imaginario”). En 1981, tres años después de conocerse, ella se suicidó lanzándose al vacío desde un octavo piso. “Era yo quien debió haber hecho lo que ella hizo”, le confesó a Leónidas Morales.

El de Ana María Molinare no fue el único suicidio que marcó su vida. Su hermana Violeta, la folclorista, una de las referentes de la canción protesta chilena, una de las grandes cantautoras que ha conocido América Latina, hizo lo mismo en 1967, a ocho meses de cumplir los 50. Una mala racha de asistencia de público y desencuentros amorosos (el suizo Gilbert Favre la dejó, ella fue a verlo a Bolivia y lo encontró casado con otra) conformaron un cóctel letal para la artista. Entró en un cuadro depresivo y, tras varios intentos fallidos, se suicidó. Un año antes de quitarse la vida, Violeta había compuesto la canción Gracias a la vida. Su hermano mayor le dedicaría unos versos en 1969, bajo el título Defensa de Violeta Parra (Obra gruesa): “Y recuerda que eres / un corderillo disfrazado de lobo”.

Este viernes hace cien años que nació –hace un siglo que vive– Nicanor Parra, de quien Jorge Luis Borges, cuando le preguntaron por él, dijo que “no puede haber un poeta con un nombre tan horrible”. Él no ha sido nunca tentado por la muerte. Aunque el presidente Piñera lo mató al incluirlo en una lista de “autores que nos dejaron” durante la inauguración de la Feria del Libro en 2010 —investiguen sobre las piñericosas—, sigue vivito y coleando un siglo después. ¿La receta para vivir tantos años? El mismo Parra trató de explicarlo en la entrevista con Leila Guerriero: “La mamá de Violeta Parra tuvo diez hijos, y jamás supimos de médicos. Y gracias a eso morimos a los cien años. Claro que la Violeta, a cierta altura, cometió el error de ir al médico”.

Nicolas Tomás | @nicolastomas

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