Reformas

Hace unos días tuve que cumplir con un compromiso que se antojaba ya inaplazable después de largo tiempo procrastinando (retrasando la procrastinación, incluso: metaprocrastinando). Mi habitación ha sufrido una revolución que, no obstante, mi carácter (¡mi corazoncito!) centrista obliga a llamar reforma.

Con la retirada de trastos viejos se marchan varios juguetes de la infancia que ahora mismo están en un lugar mejor (o eso quiero creer: placebo, autoengaño homeopático). Mientras hacía la criba (esto se queda, esto se va) me sentía como Andy preparándose para empezar la universidad: qué cruel indiferencia la suya metiendo a Mr. Potato en una bolsa destinada a perecer en un ático. Con una cosa no transigí: los cuadernos del colegio seguirán en un altillo acumulando polvo, recuerdo de un tiempo en el que supe colorear  una célula: aquí mi mayor logro artístico en veintiún años de vida. Como Walking on Sunshine para Katrina & The Waves, fui un dibujante one-hit wonder. Descartada mi faceta pictórica me dediqué, a la edad en la que Rimbaud huyó a París, a escribir unos textos para clase de literatura. Los estuve repasando el otro día y me lamenté de no tener chimenea.

Total, que se me ha quedado la habitación vacía. Si algún lector conoce mis peripecias en el váter (relatadas en un artículo anterior) sabrá que ahí encontré inspiración para escribir. Como me ha quedado sitio suficiente se me pasó por la cabeza instalar uno ahí para ahorrar desplazamientos. Luego recordé que a Ned Flanders se lo pusieron en la cocina y terminó ingresado en un psiquiátrico, así que he terminado por desechar la idea. Para decorarla me he procurado dos fotos, una de Raymond Carver y otra de Tom Wolfe: de Oregon a Virginia, de costa a costa. A veces es bueno sacar a pasear al mitómano que uno lleva dentro. El fundador del nuevo periodismo (que me perdonen) lleva en la instantánea un traje blanco-pero-no-del-todo-blanco que sólo se puede llevar si eres Tom Wolfe. Luce gesto histriónico y altivo del snob que se sabe superior y hace tiempo que vive de rentas. Me mira diciéndome que no lo intente, que no voy a ser como él ni viviendo tres veces. Raymond también me mira, pero no dice nada. Está pensando en su próxima historia sobre un camionero ludópata de Salem al que ha abandonado su mujer.

Cambia la habitación pero no lo hacen las vistas. Otro motivo para no poder inspirarme en Tom Wolfe es que desde mi ventana no se ven prostitutas apostadas en Biscayne Boulevard ni a balseros en búsqueda del sueño americano. Tampoco la granja Andalusia de Flannery O’Connor, sino esos edificios horrorosos producto del urbanismo español en los años sesenta y setenta, el que acabó con el hotel Florida de la plaza de Callao. Con este panorama tan poco iluminador tendré que seguir yendo al baño para inventar.

Al final tocaba hacer revisión de desperfectos. Vino aquí la congoja al no hallar en la estantería una biografía de Gorbachov, de esas que editó y distribuyó el ABC hace unos años, comprada en una librería de viejo por sólo dos euros (y eso que no había deflación). Temí que hubiese terminado perdida en una bolsa de basura, oculta entre cajas de rotuladores que ya no pintaban. Habría resultado curioso que después de haber hecho mi pequeña perestroika (¡mi aperturismo habitacional!), esta terminase con el bueno de Mijail purgado: por fin comprendería eso de que la revolución (no, perdón, la reforma) devora a sus hijos.

Carlos Hortelano | @CarlosHortelano

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