La desgracia feliz

 “It’s like Tolstoy said. Happiness is an allegory, unhappiness a story.” 
― Haruki MurakamiKafka on the Shore

Ah, la felicidad. Remolona y asustadiza, se enrola en el juego del horizonte cuando, al verse por fin alcanzada, se escabulle una y otra vez entre las puntas de nuestros dedos. La felicidad es esa modelo de curvas endemoniadas a la que los sastres de la Historia han tratado de confeccionarle un traje a medida que pudiera servir tanto para los escuálidos de pensamiento como para los empachados de saber. Valiente paradoja. Tratar de universalizar los límites en los que la trascendencia del tedio vital se desvanece en aras de la imperturbabilidad del espíritu – ese estado autotélico en el que los pesares son sostenidos por el ánimo en una sublime concesión a la ceguera emocional y quizás moral –ha sido una de las tareas más arduas y recurrentes en la historia de nuestra civilización. Ríanse, ríanse ustedes de la persecución, escoba en mano, de las pelusas que conspiran bajo el lecho donde descansan nuestros sueños; incluso la complejidad aeroespacial de los electrodomésticos que parasitan de futurismo los armarios tradicionales de las casas de bien palidece ante la de la búsqueda de la abstracción de lo que significa ser feliz. Por supuesto, detrás de todos esos esfuerzos no solo reluce la incansable necesidad del homo sapiens de conocer, sino también la voluntad inconfesable de dar con el patrón definitivo, con la píldora milagrosa que pueda asegurarnos gozar de una existencia saciada y realizada al margen de la incertidumbre. No hay que olvidar que a nuestro siglo le encantan los milagros, siempre y cuando nos visiten desprovistos de cualquier aura extraterrenal; bien limpios, sin sotana y sin sudario.

El espíritu naíf que se ha apoderado de las cuestiones emocionales en nuestra cultura, parido en parte por la industria que genera el hambre de ser feliz, puede llevarnos a menospreciar tan temeraria indagación, si se entiende en los términos azucarados en los que a día de hoy suele plantearse. En realidad, no es para menos. Algunas de las más recientes teorías sobre la felicidad deben conducir al hombre racional a plantearse si la afrenta lógica que a menudo suponen se debe a la demanda de satisfacción inmediata que erróneamente venimos exigiendo en todo, incluso en las cuestiones que deberían someterse un meticuloso y escrupuloso abordaje filosófico. La última de ellas es la del psicólogo Daniel Gilbert. Ser profesor de Psicología en Harvard y una eminencia en la investigación del prejuicio cognitivo como mecanismo de juicio y decisión certifica, a priori, que las hipótesis de Daniel Gilbert no se fundamentan en una retorcida conspiración ideada para ahogar a la humanidad en la dulzura soluble que él mismo expone en el best seller Stumbling on Hapiness: la ‘synthetic hapiness’. Despojada de los abalorios y afeites con los que Gilbert la viste, esa felicidad sintética no es más que el autoengaño etiquetado por los tentáculos de la ciencia del comportamiento, la reorientación de la tendencia humana a la vacilación, el resentimiento y la duda a través de la siega de lo que la pudo causar: una decisión equivocada. En otras palabras, Gilbert muestra  bajo distintos supuestos experimentales cómo los cerebros de los sujetos objeto de estudio tienden a rectificar su opinión sobre cualquier elección del pasado, convenciéndose de que, en su situación actual, son más felices de lo que lo hubieran sido de haber tomado el camino antaño preferido. La justificación de la consternación que habitualmente conlleva el saberse en el error arranca, precisamente, del llamado prejuicio cognitivo: sostiene Gilbert que, como humanos, sobrevaloramos las consecuencias que acarreará no conseguir lo deseado. Además,  Gilbert lleva su teoría hasta sus últimas consecuencias al afirmar que ningún suceso tiene significación alguna en nuestra felicidad transcurridos tres meses de su acaecimiento. Si no fuera por el hecho de que el profesor ilustra su afirmación con datos empíricos, la mayoría de nosotros tenderíamos a frivolizar sobre tal información. Quién no siente retumbar periódicamente en su sien el sonido de aquel tren que debió tomar y que se escapó para siempre, dejando tan solo polvo y remordimiento  tras de sí. Quién no se ha parado a preguntar, en sus horas bajas, cómo hubiera sido su vida de haber lanzado aquella carta al buzón, haber acudido a aquella cita o haber descolgado el teléfono a tiempo. Quién no ha echado de menos algo que en su día echó de más.

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Sin embargo, justo en el instante en el que la incredulidad florece en nuestras pupilas perplejas y nos inclina a dejar de creer en la casa de muñecas que plantea la felicidad sintética, Gilbert saca a relucir un dato devastador: un año después de que el azar les asignara a un grupo o al otro, el nivel de felicidad de los premiados por la lotería y el de los parapléjicos es – saquen las manos del teclado y agárrense al taburete, butaca o silla que les librará de la caída – exactamente el mismo. Gilbert no da a conocer bajo qué parámetros de medida se ha llevado a cabo la investigación, algo que sería conveniente discutir teniendo en cuenta que la felicidad,  a diferencia del recuento de leucocitos en la sangre o el control de la actividad de la hipófisis, no se puede someter a una medida estandarizada. Aún. Recuerden que, antes, aquel vecino agorero con cierta tendencia a agriar cualquier intercambio cortés de palabras propio de la convivencia en una prepotencia inyectada en altivez era simplemente un imbécil. Ahora es un caso clínico de maniático sociópata con complejo de Edipo, trastorno bipolar y claustrofobia (de ahí que no salude en el ascensor).

La conclusión general de Daniel Gilbert transpira una certeza reconfortante para quienes quieran decidir ser felices prescindiendo de la realidad, ni que el único modo de conseguirlo sea bajo el influjo de los vapores sugestivos de la autoconvicción (así lo resolvía también el genio olvidado Juan Boscán en su soneto ‘Dulce soñar’: “…y es justo en la mentira ser dichoso / quien siempre en la verdad fue desdichado”).   En última instancia, el profesor asevera que el único modo de eliminar por completo la infelicidad que produce la inseguridad acerca del pasado pasa por erradicar  – o desdeñar – la importancia de las determinaciones que tomamos. ¿Por qué preocuparse, si, quod erat demostrandum, pasados tres meses lo elegido dejará de tener efecto sobre nuestra felicidad? Es, sin duda, una opinión respetable, aunque más que reprobable moralmente a los ojos de aquellos quienes seguimos pensando que la resignación no es más que la versión barata, la hermanastra fea de la felicidad. Su aceptación significa desterrar cualquier valor que la libertad pueda tener en la definición de lo que son nuestras vidas. Su aceptación sugiere que un sistema social paternalista, que limitara a las mínimas las decisiones que el ciudadano tuviera que tomar, sería el más adecuado para conciliar su felicidad. Su aceptación supone el menosprecio del individuo que empuña el timón de su destino, cual marinero que, aun a sabiendas de que el temporal va a hacer temblar su barca, decide enfrentar la tormenta de todos modos: para reencontrarse después con la calma, para crecerse en la adversidad, o, sencillamente, para tener algo sobre lo que escribir (“O Captain my Captain! Our fearful trip is done”).

En cierta forma, la célebre novela Un mundo feliz  (1932) ya anticipaba un advenimiento de la conformidad inducida por la ciencia como solución al dilema de la humanidad perdida, rota e infeliz que precede a la instauración del régimen que imagina Huxley en su obra. “¡Por favor!” – llegaron a clamar los hombres, extraviados en sus delirios de prosperidad –“¡Quítenos las libertades y la individualidad en nombre de la estabilidad universal!”. Y así se hizo. En el llamado ‘Estado Mundial’, la sociedad se divide en castas (a la usanza de las del hinduismo) formadas por individuos que desde su cuna están médicamente condicionados para devenir Alfas, Betas, Gammas, Deltas o Épsilon. Dejado a un lado la artificiosidad desnaturalizada en las relaciones humanas implantada por el Estado Mundial, el sistema consigue garantizar la felicidad de todos cuantos de él participan a través de la planificación y del ‘soma lunar’, una droga enajenadora que hará desvanecer cualquier fallo que pudiera ocurrir en el individuo manipulado. Pero, pese a la aparente evolución del sistema, también existen en Un mundo feliz zonas ‘sin civilizar’ como la Reservación, en las que sobreviven los últimos vestigios de la miserable raza humana abandonada al libre albedrío. En el transcurso de la obra, y gracias al cruce de ambos mundos, el lector puede comprobar cómo delante de su mirada se erige una dicotomía de gran trascendencia filosófica en lo relativo a la reflexión sobre la felicidad: ¿es la libertad el precio que hay que pagar para conseguirla? ¿Cuál de ellas debe ponerse al servicio de la otra en relación a lo que concebimos como justo? Huxley, a pesar de la intrínseca crítica que entraña toda novela distópica, no desvela el resultado de la incógnita de la ecuación, aunque sí la despeja: John, el hombre-individuo – el que prefiere el martirio de la infelicidad por saber que es la ofrenda de sus actos libres –, acaba ahorcándose al ver que la vida salvaje que llevaba en la Reservación es incompatible con la que requiere de él ese ‘mundo feliz’ al que se ha visto arrastrado.

Stumbling on Hapiness & A Brave new world

Obviamente, las teorías de Dan Gilbert están muy lejos de sugerir nada semejante a la implantación del Estado Mundial, en tanto que se hallan al servicio de explicar las reacciones psicológicas naturales del ser humano y no de un retorcido estratagema para someternos a todos a la feliz dictadura del soma lunar. Y, pese a las objeciones que puedan hacerse a su pensamiento – siempre desde el debate respetuoso –, cabe decir que no todo lo planteado por el profesor son inconvenientes. Incluso para el más idealista de nosotros resultará evidente que, a veces, es necesario cerrar un poco los ojos y las tripas a la realidad para ser feliz. Siempre habrá un modo mejor de cambiar el mundo, siempre habrá causas más justas por las que luchar. Pero quién sabe si los hombres, por ser libres o por ser felices, somos héroes navegando constantemente a la deriva.

Ni Aristóteles, ni los epicúreos, ni John Stuart Mill (mal que le pese a quien escribe) tienen la receta para ser feliz. Pero tampoco Daniel Gilbert la tiene, pues la psicología no puede pretender dar la solución orgánica al dilema de la felicidad sin que antes la filosofía no haya resuelto qué diferencia a esta del mero bienestar físico y espiritual.  ¿Cómo vivir sin esa receta? Sin duda alguna, disfrutar de un buen vino, contar un secreto de cuando en cuando, cambiar de opinión y despotricar de los clásicos (una vez al año) son prácticas más que recomendables para paliar su inexistencia.

Martina Alcobendas Mauri | @martinaalco

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4 Comments

  1. Qué tal, Martina, princesa.

    Un tema nada fácil el que nos presentas hoy. Y sobre el que parece (solo “parece”) que no es posible llegar a conclusión posible.

    Quizá habría que empezar diciendo que, según la neurobiología evolutiva, la clave estaría en que nuestro cerebro no parece diseñado para la felicidad. Lo está más bien para las durísimas condiciones ambientales que se daban hace ya varios miles de años. Los cambios evolutivos físicos son muy lentos y desde entonces pues así estamos, o así seguimos. Viviendo en un futurista XXI, pero con un cerebro fabricado para las necesidades y el modo de vida de hace decenas de miles de años.

    Así, nuestra tendencia a la duda, la inseguridad, la ansiedad y la urgencia, o la insatisfacción más o menos permanente nos permitirían mejores posibilidades de supervivencia que no un estado de felicidad gozoso, satisfactorio y definitivo. Que nos llevase a cierta inmobilidad vital, que podría ser fatal.

    Si nuestro cerebro estuviese diseñado para alcanzar rápidamente la felicidad, es muy posible que hubiésemos seguido ya el camino de tantísimas otras especies: la extinción. No hemos construido nuestra actual Civilizacion tecnológica a traves de un estado beatífico lindante con el Nirvana. No. Lo hemos construído dudando, ensayando, sufriendo.

    Tengamos también presente que la tendencia a la felicidad (o la satisfacción, el bienestar, llámese como se quiera), la capacidad para alcanzarla, tiene, en mayor o menor medida según los casos, una base orgánica, genética. Es decir: hay personas que simplemente generan más serotonina que otras. Y aquellas que no la generan a niveles suficientes necesitarían…uh…substancias exógenas: fármacos (útiles y seguros como por ejemplo los IRSS de la serie del Prozac) o, en en ciertos casos, lamentablemente, substancias de abuso.

    En la construcción de la felicidad también hay, por supuestísimo, un gran componente “ambiental”. La felicidad puede aprenderse. Es un talento, un “skill” que es posible desarrollar. Pero que, como decimos, no estamos diseñados para alcanzar fácilmente y, por tanto nos lo tenemos que currar. Pensemos también que la complejidad desquiciante de nuestro mundo mental (que tanto sufrimiento psíquico puede causarnos) quizá sea un precio que hay que pagar por tener un cerebro gigantesco. Excesivo para las cosas más bien insignificantes que conforman nuestra cotidianeidad.

    Hay una cantidad increíble de libros sobre el topic de la “felicidad”. Y muchos psicólogos que han hecho su personal (a menudo valiosa) aportación para ayudarnos a mejorar ese difícil “skill”. Desde Maslow hasta Seligman o Csikszentmihalyi (aquel del interesante concepto del “flow” o flujo).

    Y ahora también este Gilbert, cuya obra yo no conocía. Gracias, btw, por presentárnoslo. Las ideas que apunta el tal Gilbert y que mencionas en tu artículo (en espera de profundizar algo más en su obra), parecen como mínimo sugerentes. Que la consecución de un logro (algo que en tanto no obtenemos nos impacienta), no da sino una felicidad o un bienestar que acaba apagándose al cabo de no demasiado tiempo: me parece crucial. Desdramatiza nuestras decisiones pasadas si, al percibirlas como equivocadas, nos torturaban en el presente.

    Creo que eres más bien dura con el tal Gilbert. Pienso que se trata de otro autor que nos aporta su granito de arena en el manejo de este tema tan escurridizo y dificil. Como digo, creo que merecería la pena echar un vistazo a su obra. Siempre en el entendido de que cada nueva obra y cada nuevo autor no tienen porque “clausurar” a los anteriores. Simplemente han de facilitarnos nuevos ángulos y enfoques. O ayudarnos a perfeccionar los que ya utilizamos. En definitiva: darnos un poco más de luz sobre el problema.

    Por lo demás, y al margen de los sucesivos modelos de búsqueda (de felicidad) que se nos propongan, existen unas pocas cosas que, diría, tenemos ya claras o deberíamos. Mientras seguimos con nuestras inacabables “investigaciones”. Y tú misma apuntas algunas en el último párrafo.

    Pensemos también que no existen tanto la “felicidad” como los momentos de bienestar o de plenitud (o de “felicidad”, si hemos de llamarlos así). Podemos entrenarnos emocional y cognitivamente para hacerlos durar. Y que el efecto de cada uno de esos momentos nos alcance hasta que llegue el siguiente. 🙂

    Y nada, todo eso que ya sabemos: aposentarse con pie firme en el presente; disfrutar lo ya conseguido (y no “desecharlo” solo porque ya lo tengamos en el zurrón): esforzarse por seguir deseando (y seguir apreciando) lo ya logrado (ya que el logro suele apagar el deseo previo); disfrutar de los “procesos” que conducen a los objetivos (es decir del “viaje” o trayecto), y no solo del objetivo mismo o de su consecucion.

    Y desde luego, otro elemento fundamental (quizá el que más): la amistad y la relación social de calidad: la conversación y el diálogo, el intercambio, la honestidad, la plena autoaceptación.

    En fin nada nuevo. Pero bienvenido sea tu Gilbert con sus nuevas ideas y aportes.

    Saludos.

    PD. Kafka On The Shore me pareció tan magnífica que no me he atrevido a releerla.

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    1. Hola, Serafín.

      En primer lugar, es mi deber agradecerte que no solo hayas dedicado tiempo a leer el artículo, sino que además te hayas molestado en regalarnos con tan detallada respuesta.
      Creo que proporcionas una perspectiva muy necesaria: la antropológica. La cuestión biológica aunada a la social se ramifica en una inmensidad de posibilidades muy difícil de encorsetar cuando hablamos de algo tan abstracto y a la vez tan personal como lo es la felicidad. Qué complicado es que, tal y como tu dices, casi las mismas estructuras cognitivas de aquellos primates que bajaron de los árboles y se irguieron sobre sus patas traseras sean las que nos tengan que brindar la felicidad en un entorno achacado por los males de la modernidad. El hombre tal y como lo entendemos a lo largo de la historia ha fundamentado su evolución en el progreso social y el esfuerzo (no en la comodidad, el bienestar): en la producción, en la técnica, en el desarrollo de sistemas ideológicos fundamentados en la razón. No en vano, Hanna Arendt divide ‘La condición humana’ en tres partes: Labor, Trabajo y Acción. Y es casi evidente que, tal y como tú mismo afirmas, parecemos más diseñados para ese tipo de evolución para evitar la extinción que para la satisfacción con lo conseguido.

      Hablas también de la felicidad como ‘skill’, quizás como anteojos para ver el mundo más que como posada al final del camino. Es, quizás, un modo muy contemporáneo de considerarlo, algo que casa más con la psicología que no con la filosofía. No me malinterpretes: creo en cualquier ciencia que se fundamente en el método científico, pero justamente por eso no puedo admitir que se resuelvan cuestiones metafísicas con razonamientos empíricos. Para mí la definición de felicidad debe incluir la discusión sobre conceptos como la virtud, la ética o la libertad. Es por esa razón que soy tan crítica con Gilbert, y en general con todos los autores o estudiosos que participen de esa tendencia. Entiendo que es lícita. Pero discrepo totalmente de sus planteamientos de base.

      Muchísimas gracias por mantenerte siempre al acecho. Un placer poder ‘discutir’ contigo.

      Recibe un caluroso saludo de mi parte y mis mejores deseos para lo que queda de verano.

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