Il Maestro

Hace ya bastantes días que terminó el Mundial. Alemania campeonó, Costa Rica y Colombia nos deleitaron al tiempo que España se la pegó. Fue la Copa del Mundo de las promenades de Messi, del 7-1 a la farandulera Brasil, del rodillazo a Neymar, del ojo de halcón, de los porterazos,… Sin embargo, ante esos hits, a servidor sigue latiéndole el nombre de alguien que ni siquiera superó la primera fase pero a quien valió la pena ver en esos tres partidos: Andrea Pirlo.

Así como en los teatros de ópera el director de orquesta tiene un camerino propio, separado de la orquesta, Andrea Pirlo debería tener vestuario para su uso y disfrute. Las luces se han apagado, el hipnótico afinar ha cesado y entonces, de entre la oscuridad aparece el barbado quien con su levita azzurra pisa el verde como el maestro empuñando la batuta en el foso. Con 35 primaveras, el de Brescia consigue reconciliarnos con el fútbol cuando se efunda su chaqué –quizás en Brasil haya sido la postrera vez en un Mundial tras Alemania 2006 y Sudáfrica 2010–. Pertrechado por gladiadores tatuados, con lustrosos mocasines, il signore jugó (juega) a tempo de vals con la clarividencia de aquél que exhala sus últimas triangulaciones en el pasto de la cancha. Pirlo equivocó el laburo, en realidad pertenece a la gran saga de directores de orquesta italianos. El lombardo, lejos de efectismos centelleantes, hereda bajo los focos la autoridad trazada por Arturo Toscanini en el novecento y primera mitad del siglo XX. Respeta el fútbol como el director de Parma respetó la memoria de Giacomo Puccini al parar Turandot en su estreno de 1926 justo en el compás donde murió su creador; a lo que espetó su mítico: Hasta aquí llegó el maestro. Y la Scala de Milán se fundió en una ovación cerrada, como hacen los tifosi en el Stadio della Juventus, donde Pirlo es director titular.

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Arquitecto de sobrio porte como Claudio Abbado, en el sofocante clima del estadio de Manaos –Dilma Rousseff y la FIFA colocando en pleno Amazonas un coliseo a imagen del quimérico teatro de la ópera de Fitzcarraldo (Werner Herzog, 1982)-, dispuso otra pieza sublime marcada con firme pulso del que fue uno de los mejores conciertos del Mundial: Italia, 2 – Inglaterra, 1. Entre las fugas inglesas, la bacchetta bianconera se erguía entre sus músicos expectantes, avizorantes de un levare que diera empaste y color a la orquesta materializado en almibarados pases para antónimos de su balompédico dictado como el díscolo Ballotelli. Dos años antes y también ante los británicos, en la Eurocopa de Polonia y Ucrania de 2012, el futbolista que suena pianissimo entre tanto forte fue capaz de culminar una velada de lujo con un penalty para el recuerdo a lo Panenka. Tensando en el aire como un calderón en la batuta de Riccardo Muti. Recomendación para un mejor disfrute de su fútbol seria abrir cualquier video con sus mejores momentos y, tras muteo del pertinente maquineo del que todo video balompédico “goza”, bañarlo con, por ejemplo, la obertura de I vespri siciliani (G. Verdi, 1855).

En 2012 la Eurocopa se la llevó España en su canto de cisne pero nuestro particular Carlo Maria Giulini resiste con su atemperado fútbol en los pentagramas de la Nazionale. Estilista, el bamboleo de su frac sobresale ante esos olvidados de los que este mismo medio ha dado buena cuenta, en una era donde un nuevo orden de centrocampistas domina las medulares. Fiel a la métrica que sale de su par de extremidades (inferiores), el outsider Pirlo aguanta el tipo entre tanta Guardia Pretoriana y otra generación de directores arrechos, Gustavos Dudamels del cuadrilátero futbolístico. En Brasil, el día 24 de junio, quizás le vimos dirigir su último capo lavoro con Italia.

Miquel E. Ortega / @miqueleduard

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