Never let me down again

Madrugada del seis de agosto del catorze. Me hallo aquí viviendo la resaca de mi trigésimo aniversario, que no es poca cosa. Sentado al lado de una ventana abierta, bebiéndome un dedito de un Balvenie de 12 años —sí, después de tanta celebración todavía hay sitio para más—, escuchando el Music for the masses e intentando escribir un par más de líneas de un artículo para esta casa. Una de esas piezas tan largas, con tantos nombres, con tanta cursiva y con una bibliografía que no se va a leer nadie. Pero no hay manera. Después de unas meses intensos y agotadores mi interés por los muertos es mínimo, además, dentro de una semana continuarán igual de muertos, no hay prisa. Aparco el escrito y me pongo a reflexionar, cosa muy usual cuando se cumplen años. Una reflexión sobre el último año, sobre lo vivido hasta ahora y, sobre todo, el futuro. Y abro una nueva página de word y me pongo a escribir esto que están leyendo ahora mismo.

Pienso en la gente que me quiere, en como se preocupan por mí, en lo que les debo y nunca podré devolverles. En los que me quieren mal y en cómo apartarlos de mi vida. En los errores, éxitos, fracasos, logros, disgustos, desviaciones de caminos que no se tomaron, sueños, pesadillas. En mi próximo cambio de ciudad. En el odio que me guardan los dioses —los dioses no existen, pero haberlos haylos, y me tienen una tirria terrible—. En la promesa de un café en Verona. En definitiva: En lo rara que es mi vida y especialmente en lo raros que son mis veranos —el próximo verano me encerraré en una cabaña de Maine y no saldré hasta las primeras nieves—. En el futuro. Y mientras pienso en estas cosas una pregunta relacionada con todo esto sobrevuela mi mente: ¿Qué quedaría de mi si ayer hubiera muerto? O ahora. O mañana.

PENSAMIENTOS DE MINOTAURO

Otros a mi edad ya habían conquistado imperios, escrito obras maestras, logrado hechos asombrosos. Yo nada, por ahora, y dudo mucho que en el futuro haga nada de renombre. Pero sé del cierto que este tipo de recuerdos no son en realidad un recuerdo auténtico de esas personas. Pongamos un ejemplo famoso al azar: Alejandro Magno conquistó Persia, y su recuerdo será eterno, pero no es un recuerdo del verdadero Alejandro, solamente un acto de su vida, muy crucial para la humanidad y tal, eso sí. El verdadero Alejandro, su verdadero recuerdo, murió el día en que murió la última persona que le conoció, que le amó, que le odió. Y eso nos ocurrirá a todos, hagamos lo que hagamos, consigamos lo que consigamos. Después de que nuestros corazones —y/o páncreas— hayan reventado solamente continuaremos vivos hasta que el último amigo caiga, hasta que la última persona que nos amó se desvanezca.

Y pienso en el recuerdo que dejaré, y me viene a la memoria la frase del gran Joan Laporta: «¡Al loro! ¡Que no estamos tan mal!» Pese a todo. Que hay mucho que mejorar, arreglar, recomponer, limar. Pero que al fin y al cabo esto solamente va a ser una consecuencia de mis actos, que mi enemigo soy yo, que todo va a depender de mí, y que seré el único que de verdad me pueda defraudar. Y a todo esto llegan las cuatro y treinta y cinco de esta calurosa madrugada. Apuro el vaso, termino de escribir, y una leve sonrisa optimista asoma a mis labios mientras suenan en mis oídos las voces de Gahan y Gore, como si fueran las voces de mi conciencia, diciéndome:

Never let me down, never let me down.

Never let me down, never let me down.

See the stars they’re shining bright

everything’s alright tonight.

Biel Figueras | @rincewindcat

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5 Comments

  1. Estoy de acuerdo, Biel, con esa idea de que, de algún modo, cuando realmente morimos es en el momento en que desaparece la última persona que nos recuerda. El último ser que “gozó de nuestra imagen”, por decirlo a la manera de Montaigne.

    Diría que existe la posibilidad de empujar hacia el futuro ese segundo momento de desaparición definitiva: Escribiendo. Poniendo nuestro “yo” por escrito. No hablo de ensayitos autobiográficos, simplemente de escritura, y sobre el tema que sea. Porque, hablemos de lo que hablemos, en el fondo, es siempre de nosotros de lo que hablamos. Incluso en un artículo técnico es posible rastrear nuestro yo.

    Escribir y escribir. Aprovechar la tecnología como instrumento. Dejar tras nosotros una profunda huella digital. Y desde luego, colocar en la red, además de palabras, también voz e imágenes. Multiplicar ahí, hasta el vértigo, nuestra presencia. Visual, textual, sonora.

    Crear un gran monto de textos. Tan grande que, en el momento de desaparecer, sea posible “dialogar con nosotros”. Simplemente recorriendo esos textos. Reflexionando sobre ellos.

    Que queden, ahí en la red, nuestra psicología y palabras. Nuestra identidad única.

    Me gusta

  2. Otra cosa, Figueras. No me creo lo del Balvenie de 12 años.

    Creo más probable que se tratase de un whisky peleón. Quizá medio litro de Vat 69. Pero lo aceptamos como recurso para el dibujo de una escena literaria de melancolía e introspección.

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  3. Estoy de acuerdo, Biel, con esa idea de que, de algún modo, cuando realmente morimos es en el momento en que desaparece la última persona que nos recuerda. El último ser que "gozó de nuestra imagen", por decirlo a la manera de Montaigne.

    Diría que existe la posibilidad de empujar hacia el futuro ese segundo momento de desaparición definitiva: Escribiendo. Poniendo nuestro "yo" por escrito. No hablo de ensayitos autobiográficos, simplemente de escritura, y sobre el tema que sea. Porque, hablemos de lo que hablemos, en el fondo, es siempre de nosotros de lo que hablamos. Incluso en un artículo técnico es posible rastrear nuestro yo.

    Escribir y escribir. Aprovechar la tecnología como instrumento. Dejar tras nosotros una profunda huella digital. Y desde luego, colocar en la red, además de palabras, también voz e imágenes. Multiplicar ahí, hasta el vértigo, nuestra presencia. Visual, textual, sonora.

    Crear un gran monto de textos. Tan grande que, en el momento de desaparecer, sea posible "dialogar con nosotros". Simplemente recorriendo esos textos. Reflexionando sobre ellos.

    Que queden, ahí en la red, nuestra psicología y palabras. Nuestra identidad única.

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  4. Otra cosa, Figueras. No me creo lo del Balvenie de 12 años.

    Creo más probable que se tratase de un whisky peleón. Quizá medio litro de Vat 69. Pero lo aceptamos como recurso para el dibujo de una escena literaria de melancolía e introspección.

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