El día que Duchamp orinó sobre los estándares del arte

Marcel Duchamp fue un importante artista y ajedrecista francés al que un día se le ocurrió entrar en el 118 de la Quinta Avenida, un almacén especializado en fontanería, para salir de él con un urinario modelo Bedforshire bajo el brazo. Tras la estrafalaria adquisición de dicho artículo, lo transportó hasta su estudio y lo depositó sobre una superficie plana del revés, para acabar firmándolo con el seudónimo de R. Mutt y la fecha de 1917.

El artista creía haber descubierto una nueva forma de arte al tomar un objeto cualquiera producido en serie y dejarlo completamente inútil y descontextualizado. Llevaba trabajando ya algunos años esta nueva técnica en su estudio, colocando la rueda de una bicicleta sobre una silla o colgando del techo una pala de obra, entre otros muchos ejemplos, hasta lograr la culminación a su obra con la finalización de este urinario. Bautizó esta nueva forma de hacer arte como readymade.

La obra iba a ser presentada en la Exposición de los Independientes de 1917, organizada por la Sociedad de Artistas Independientes -en la que Duchamp era uno de los directores, explicándose así el uso del alias de R. Mutt-, un grupo de intelectuales y librepensadores progresistas que querían cargar contra la actitud conservadora y represiva ante el arte moderno de la Academia Nacional de Diseño. La única condición para ser partícipe de dicha exposición era la de convertirse en miembro de la Sociedad –con el coste de un dólar- y abonar una cantidad de cinco dólares por obra expuesta, hasta un máximo de dos piezas.

La Fountain.
La Fountain.

El sobrenombre de Mutt es un juego de palabras que hace referencia a J. L. Mott, el nombre de la tienda de la que procedía el urinario, y a la tira cómica del San Francisco Chronicle “Mutt y Jeff”, en la que el tal Mutt era un personajillo motivado por la avaricia de enriquecerse a toda costa a través del juego y el timo. La R inicial puede ser una abreviatura de Richard, una palabra coloquial que suele utilizarse en francés para hacer llamar a los ricachones.

Duchamp cargaba con este urinario contra académicos y críticos, autoproclamados árbitros del buen gusto, responsables de otorgar el título de obra de arte a unas piezas u otras. El francés defendía que eran los propios artistas los que debían decidir cuando algo era una obra de arte. Su opinión residía en la idea de que si una obra influía en el contexto y significado del arte, entonces era merecedora de ser calificada como tal.

Otro de los puntos que acababan con la paciencia del artista y ajedrecista era que en el mundo del arte el medio se encontraba en un primer plano, y la tarea del artista era proyectar sus ideas sobre este soporte, fuera pintura, escultura o dibujo. Para Duchamp, lo más importante era la tarea de la artista. Lo principal era que el artista tuviera una idea y supiese desarrollar el concepto, sólo entonces podría elegir el soporte sobre el que derramar sus pensamientos. El arte podría ser, en esencia, cualquier cosa. Un urinario, por ejemplo.

La obra fue entregada con todos los requisitos para hacerlo en orden, pero la mayoría de los miembros de la junta directiva de la Sociedad pensaban que el señor Mutt simplemente les estaba tomando el pelo. Duchamp desafiaba a través de esta obra a sus compañeros de la junta, invitándolos a ser fieles a los ideales en torno a los cuales se habían asociado, pero los conservadores acabaron ganando la batalla y la obra fue considerada como demasiado ofensiva y vulgar para ser expuesta.

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Duchamp, y el urinario.

Duchamp dejó la Sociedad y Fuente nunca más volvió a ser vista. Se comenta que incluso llegó a ser destruida por los miembros de la junta con el fin de acabar con el debate de si debería ser expuesta o no. Poco después, Alfred Stieglitz, dueño de la galería 291 de Nueva York, realizó una fotografía de la pieza, pudiendo ser esta una simple copia que, por cierto, también desapareció.

El hecho de que el dueño de una de las galerías de arte más importantes, respetadas y prestigiosas del mundo fuera el encargado de fotografiarla y documentarla, servía casi como respaldo para coronarla con el título de obra de arte, y además, daba testimonio de la existencia de la obra.

A día de hoy existen unas 15 copias de Fuente repartidas por el mundo, y la original puede que fuera destruida o simplemente se halle extraviada, pero eso no importa. Lo que importa es que Marcel Duchamps se salió con la suya al demostrar la importancia y valor de la idea del artista sobre la obra, siendo considerada hoy Fuente como una de las obras más influyentes y relevantes del siglo XX.

Rafael Molero Ramos | @TriPublicista

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