La vergüenza ajena

Me quedé el sábado por la noche en casa, acontecimiento que no sería demasiado novedoso si no fuera porque volvía al ente público Ana Obregón de la mano de José Luis Moreno. Lo de la mano es literal: a veces pienso que la primera es uno de los muñecos del segundo (eso explicaría que los años nunca pasen por Ana, hecha de la misma pasta –recauchutada- que Rockefeller). Se trataba de un viaje al pasado en la Tardis del Doctor Who. El televisor, que en cualquier momento iba a involucionar a Telefunken (¡a transistor!) desprendía aromas de bonanza económica, rotonda en construcción, centro comercial decorado al estilo de la Atenas de Pericles, verano en Oropesa del Mar (el veranito de Hughes) y viaje a Eurodisney porque el niño ha hecho la comunión: aquellos maravillosos años de pladur, el material con el que se construyen los sueños.

José Luis Moreno, con Rockefeller.
José Luis Moreno, con Rockefeller.

Uno tiene ya una posición contraria a la existencia de medios de comunicación públicos, al menos como se entienden en España. Por tanto, la gala de variedades que montó Moreno a costa del contribuyente no hizo más que confirmarme en mis postulados, de los pocos que tengo seguros. En unos tiempos donde el acceso a la información y la cultura es el mayor que ha habido nunca no debe estar entre las competencias de lo público proporcionar esos servicios. Y sin embargo el espectáculo fue tan horrendo, con ínfulas de serie B, que si los más acérrimos defensores del estado de bienestar fueran conscientes de que le estaban pagando el caché a Paquirrín (Kiko Rivera desde que pincha y hace que canta, igual que Frederick Austerlitz se convirtió en Fred Astaire) pedirían la reconversión de los estudios de Prado del Rey en viviendas de protección oficial. Y si ya se tragasen el programa completo (algo difícil, pues tenía la consistencia de los polvorones) harían lo propio con la más acicalada BBC.

Y sale ahora Moreno, el padre de la criatura sorprendentemente reconocida, para decir que su programa es una alternativa frente a la bazofia (el término es textual). Recuerda a lo del nacionalismo y las flatulencias de las que hablaba Josep Pla: no molestan si son propias. La bazofia siempre es ajena. Ciertamente tenía algo de esencia puramente española el programa, de nacionalhumorismo, de chascarrillos de baja estofa: sketches que conducirían a Les Luthiers a la clínica de un terapeuta bonaerense, chistes de sordomudos y comentarios dizque ingeniosos sobre la edad de Marujita Díaz (“¿qué acontecimiento histórico ocurrió en 1492?”. Esto último también es textual). Algo que nunca se ha probado. Si la televisión no tiene por qué culturizar sino, para desgracia del intensito, entretener y alienar, tampoco es cuestión de hacer pasar vergüenza ajena. En muchos momentos tuve que cambiar de canal. Era como ver Siete semanas y media con la abuela pero con el hándicap de no contar con estímulo visual alguno. Afortunadamente, y pese a esta regresión temporal, contaba con el mando a distancia para efectuar la operación. Me acordaba de lo de Séneca: si no lo prohíbe la ley que lo haga el pudor.

Por si el ambiente no oliese lo suficiente a naftalina llega Juan Carlos Monedero, el enragé que nunca sonríe –un enragé comme il faut, vaya-, y suelta que Hola, Salsa Rosa (no sólo está desfasado políticamente el tipo, también en lo catódico) y demás productos del colorín han hecho más daño a la sociedad que Mein Kampf. Cuando gobiernen y la alternativa a esta perversión inaceptable (esta desviación conductual: en Monedero está envuelto de un aura, quién lo iba a decir, santurrona) sea documentales de Oliver Stone 24/7 echaremos de menos el barroquismo televisivo de José Luis. Mientras no se produzca el vuelco electoral Televisión Española podría reventar el mercado y fichar a Letterman, que después de treinta y dos años con su late night se jubila en unos meses. El espectáculo sin caspa es posible, aunque en España los esfuerzos para negarlo sean ímprobos.

Carlos Hortelano | @CarlosHortelano

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