La libertad de escuchar

Juraría que fue Robert Nesta Marley Booker –no se alarmen; él mismo dijo que Bob Marley no era su verdadero nombre- quien sentó que “La libertad de expresión lleva consigo cierta libertad para escuchar”. O quizás fue Churchill, cualquiera sabe. Internet -con las redes sociales por bandera- es un patio de colegio lleno de correveidiles. Citas bailando sin compás de un autor a otro (normalmente difuntos), o incluso surgiendo de la nada. La broma da mucho juego, otro día quizás escriba sobre ello. Pero hoy voy a otra cosa.

No había salido aún de la sala 6, y la frase ya se me había venido a la cabeza. Tras un análisis y reflexión sobre –y durante– la película, la cita del jamaicano me sacó una sonrisa, concluyendo en que poco importaba en realidad lo falaz que me estuvieran resultando las comparaciones económico-políticas de ‘Anarquía: la noche de las bestias’ (2014); lo importante era la capacidad de no atender a los falsos y evidentes corolarios que presentaba la cinta –irónico y muy cierto, que estoy comiendo palomitas mientras escribo este artículo–. Si algo he aprendido de los largometrajes con mensaje y trasfondo (las que más me gustan) es que hay dos tipos: las que esconden un argumento interior de manera sutil, liviano a la vista, prácticamente imperceptible para el espectador que no lo busca; obras maestras del género. Y por contraposición, las que te tiran la reflexión a la cara sin invitarte antes a cenar, arrojando una señal tras otra, una idea falsa bien decorada sin dar tiempo a ningún ‘pero’. Restaurante de un solo menú, con un camarero que intenta meterte por la fuerza el único plato que sirven. Se le queda a uno esa extraña sensación de que intentan tratarlo como a un estúpido, con la suerte de que muchas veces no lo consiguen. Porque defiendo la libertad de expresión para rodar películas cualesquiera, tanto o más que mi libertad de no escuchar lo que estas me griten.

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Aceptaría que se me tachara de osado en mi crítica si el director de la película no fuera James (/y/e/i/m/s/, por las posibles dudas. Este no juega en el Madrid que yo sepa) DeMonaco. Ya dirigió ‘Staten Island’ (2009), metiéndonos de lleno en críticas sociales mediante el cruce fortuito de personajes desconocidos entre sí. Esta misma idea es la que ha utilizado en ‘Anarquía’. Abandona el reparto de conocidos actores con el que contó en ‘Purga: la noche de las bestias’ (2013) –destaca Ethan Hawke, por ejemplo–, para centrarse en lo que quiere transmitir, con actores menos reconocibles. Es un mismo proyecto llevado a cabo en distintas partes. En la primera obra nos muestra la idea llamativa, novedosa, con un elenco a la altura de un estreno que intenta llamar la atención. En la continuación -y no sabemos si última cinta de la saga-, se apoya en procesos argumentales más complejos, en el cruce de historias, con actores menos ‘Jet-set’. Montándolo con tantísimo esmero, no entiendo cómo luego tira por la borda la oportunidad de transmitir con delicadeza y verdad.

Todo gira en torno a un día del año decretado por el gobierno estadounidense –repito: decretado por el gobierno estadounidense- en el que todos los delitos, incluso el asesinato, son legales durante 12 horas en la noche. Se suspenden los servicios de emergencia y se permite el uso de todo tipo de armas salvo explosivos. Todo esto avisado a los ciudadanos por una voz femenina a través de altavoces, que acaba con un ‘el gobierno le agradece su participación’. Se pueden deducir los motivos: la limpieza de las calles de aquellos más indefensos, más ancianos, y con menos recursos. Selección natural forzosa (entiéndase el oxímoron).

Se nos presentan cuatro colectivos de personajes claramente diferenciados: el gobierno, los ricos, los revolucionarios, y los protagonistas. Estos últimos: una mujer negra y su hija de clase media-baja, que tienen que huir de su casa cuando intentan allanarla; una pareja joven en proceso de separarse a los que el coche deja tirados a poco de empezar la purga y tienen que huir a pie; y un justiciero bien armado en su coche, que busca venganza por la muerte de su hijo. Revolucionarios que pelean contra ‘el sistema capitalista’ y la ‘ideología de mercado’ que ‘les ha llevado a esta situación’; ricos que contratan a bandas callejeras para que rapten a ciudadanos y asesinarlos cómodamente en sus casas; y el gobierno, que participa en la purga de manera secreta, eliminando a los ciudadanos que ‘suponen un lastre para el sistema y el progreso de la sociedad’.

A todo este esperpento de recaditos y críticas ideológicas absurdamente mezcladas y equívocas, sólo le falta Pablo Iglesias diciendo que ‘esto es lo que habría querido Hayek’. Confundir libertad con anarquía e impunidad ante la ley, es un error que jamás le habría atribuido a un director como DeMonaco con sus cerca de 45 años; y menos como para hacer una película en torno a semejante embuste. Pero así ha sido.

Se da al colectivo revolucionario el papel de personas contrarias a la purga, siendo esta ‘producto del sistema capitalista y la libertad de mercado’. Los ricos son presentados de manera inesperadamente esperpéntica, rifándose entre ellos en galas de etiqueta a los ciudadanos que son apresados por otros para su disfrute. Sonríen con una mueca que huele a Botox, empuñando sus armas personalizadas, y los tratan como a basura. Todo ello con el motivo de ‘desahogar’ a los ciudadanos, y reducir el paro y la delincuencia durante el resto del año. Un día al margen de toda ley, donde la sociedad más oprimida por las diferencias, intenta saciar su sed de sangre y justicia. No es casualidad que las clases más marginadas y las personas más repudiadas, sean las que con más ansia esperan ese día para salir a la calle a delinquir. Una sátira llevada al extremo.

Porque que el estado elimine la ley y deje indefensos a los más débiles no es libertad, no es ideología de mercado, y no es ni muchísimo menos nada que quisiera Hayek o cualquiera de sus contemporáneos. Es puro intervencionismo estatal (indudablemente incompatible con un sistema de verdadero libre-mercado) llevado a su máxima expresión. El fomento de las desigualdades mediante el corporativismo; el amiguismo con los más poderosos para después soltarlos a pelear en el mismo ring -y con las mismas reglas- con lo más desfavorecido y desamparado de la sociedad. Esas consecuencias son las que entiendo pretende reflejar la obra, iluminando con el foco principal del teatro a la causa equivocada.

Dicho esto, y dejando un hueco al beneficio de la duda, quizás la película pretenda reflejar a la sociedad tal y como la ve la mayoría: creyendo a pie juntillas todas las críticas equivocadas que se nombran, peleando contra el enemigo equivocado. Porque, ¿hasta qué punto se puede criticar al sistema “capitalista” desde una película con un presupuesto de 8 millones de dólares, que recauda 29 ídems en su primer día de estreno? Sería cuanto menos curioso. Vedla –o no-, ejerciendo vuestra libertad de escuchar al séptimo arte.

Mario Hidalgo | @SherlockBond_

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