Epidemiólogos

Desconozco si los cursos CCC  -y sus anuncios en televisión matinales, esos que aprovechaba la Campos para tomarse el aperitivo antes de enfrentarse al corrillo- existen aún. Si yo hubiera hecho un curso CCC de pandereta quizá un tío mío no me la hubiera arrebatado de las manos para arrojarla por el balcón. Era una tarde de marzo y yo estaba imbuido del espíritu navideño que aún conservo. Quien dice espíritu navideño dice poniendo banda sonora a la hora de la siesta y mostrando a la familia mis arrítmicas habilidades musicales (que también, aún, conservo). El recuerdo de mi simpático instrumento aplastado por un coche –algo parecido le ocurrió al saxofón de Lisa Simpson- es uno de los más antiguos y vívidos que tengo.

Escribo estas líneas mientras en Twitter (universidad de la vida) una facción “rara, siniestra, oscura, extraña” se dedica a realizar un tendencioso curso CCC intensivo en epidemiología, especialidad contagio de ébola. Enfundados en una camiseta sin mangas con lamparones de café y marcados con trozos de patata en la comisura de los labios, arguyen muchos (los que van más allá del temor comprensible) que el misionero español enfermo no tiene (no tendría) que haber sido trasladado a su país por el riesgo (¡seguro!) de contagio. Como si su repatriación fuera medida tomada a las bravas y no estudiada. Como si el gobierno de Rajoy, que arrostra pocos problemas, tuviera algún interés en provocar una crisis de salud pública en España -quizá aquí el problema: a muchos esto no les parece una idea descabellada-. Para saber si queremos que el país sea como el Londres del que Defoe se salvó por poco (hasta aquí llega la locura colectiva) esta decisión hay (había) que someterla a referéndum. Y a uno, que es de natural malpensado, se le ocurre que aquí la cuestión es que se trata de un sacerdote.

No faltan tampoco los que asocian el brote de ébola a maniobras oscuras y soterradas de los sospechosos habituales de siempre: ya están las farmacéuticas actuando para evitar la catástrofe malthusiana. Sería anecdótico y no merecería atención alguna si no se tratase de algo que se ha repetido ya varias veces en las últimas horas, incluso entre personas a las que se les supone cierta formación académica. El cerebro amante de la teoría de la conspiración es impermeable al razonamiento lógico y mesurado y a la antirrevolucionaria verdad, precisamente porque persigue intereses mayores que esta. Abomina de la navaja de Ockham, pero se presta a explicaciones muy simples que, al recurrir a organismos poderosos y blindados (unos días la CIA, otros Bilderberg, ahora Israel –la segunda parte de los Protocolos de los sabios de Sión tiene que estar al caer-), adquieren cierto grado de sofisticación: los complots son para el verano. Llegados a este punto resulta delicioso ver abrazar el magufismo a aquellos que abominan de todo lo que tenga que ver con sotanas, los muy homeópatas.

Al final lo mejor es hacer un curso de guitarra: lo peor que puede surgir en España es un brote de criaturas que aspiran a ser Pablo Alborán, algo preferible a una patulea de concienciados histéricos. Por ahora.

Carlos Hortelano | @CarlosHortelano

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