Yo quería irme a Madrid

Yo quería irme a Madrid a estudiar periodismo, concretamente a hacer un máster de no me acuerdo que, junto con mi compadre Jairo con quien tengo por costumbre malcriar revistas y luego dejarlas por ahí abandonadas en la selva a que las terminen de educar los lobos o Supernanny. Digo quería porque me asusta el quiero, el asumir responsabilidades, me pasa como a Guti que cuando le dijeron que podía ser el mejor del mundo si iba a entrenar, se desfogó en una noche de farra y se pasó tres jornadas seguidas calentando el banquillo.

Lo nuestro era una búsqueda de esas a ninguna parte, en las que no se sabe bien qué se busca, nuestro periodismo era un periodismo romántico, irreal: Nos imaginábamos escribiendo con una petaca de whisky en el cajón del escritorio como último recurso para despejar un párrafo; nuestro San Jack Daniels y cierra la columna. Era un periodismo gamberro, como el Madrid con el que nos habíamos hecho mayores, queríamos ser Dick y vivir para siempre, Live Forever. Queríamos ver nuestro nombre, al lado de una foto con un título de opinión mal buscado, aclaro lo de mal: Buscar nombres es una de las tareas más infructuosas y arduas de todas a las que he tenido que medirme, probablemente os parezcan ridículos nombres de casos de corrupción como Operación Pokemón, pues bien, en ese caso es que no habéis tenido que ponerle un nombre a un blog.

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Ver mi nombre en un papel es una de esas cosas pendientes que van camino de eternizarse, de convertirse en utopías que consigue tu primo o tu vecino pero para las que tú pareces negado por un capricho divino, como tener abdominales o dejar de fumar. Suponiendo que lo consigo, subrayaré el nombre haciendo un recuadro con un bicolor, esos lápices inútiles que te hacen recurrir al lado azul cuando no tienes ganas de sacarle punta al rojo, recortaré el artículo por si al leerlo me arrepiento y lo enmarcaré hasta la próxima limpieza. Las limpiezas que se practican bajo mi techo son auténticas purgas donde mi madre ejerce de Darwin en una encarnizada selección natural donde la nostalgia y un encubierto síndrome de Diógenes, que voy encubando en mi interior como un Alien, son los mejores mecanismos evolutivos de los que disponen los objetos de casa.

En cualquier caso todavía estamos en pañales y sin haber definido todas las pautas de la Operación Pokemón de nuestro periodismo. Respondiendo a las cinco uves dobles, digamos que nos hemos quedado anclados en el cómo; lo difícil no es saber qué se quiere sino qué camino lleva a conseguirlo. De todas formas…Hay que reconocer que, a su manera, Guti fue el mejor.

Pablo Beas Marín | @PablitoBeas

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