¡Paren las rotativas!

Todo es mentira. Al entrar en aquella inmensa sala no fue el olor a tinta y papel de periódico lo que me dio la bienvenida, si no el aire acondicionado a su máxima potencia y el olor a “hay demasiada gente aquí dentro desde hace demasiado tiempo”. No soy Lois Lane, ni Clark Kent. Tampoco cuento con una figura detrás de mí como Zoe Barnes. Se trabaja mucho, se descansa poco.

Pero no seré yo quien me queje de ello. Este artículo va dedicado a los soñadores, a los románticos de otra época. O, mejor dicho, de otro universo. Porque dudo que la profesión haya gozado de un descanso durante algún momento desde su existencia. Si sueñan con convertir su vida en un capítulo de “El Ala Oeste de la Casa Blanca”, dejen de leer, sírvanse una copa, y replantéense su futuro.

Ahora pueden continuar leyendo. Me gustaría hacer referencia a las brillantes mentes que reflejaron en televisión o en una novela lo que era ser “periodista”. ¿Por qué quiere ser uno periodista? Yo, la verdad, es que no tengo ni idea, pues no recuerdo haber querido ser otra cosa de pequeña. Puede sonar triste, que una niña de tres años no quiera ser princesa, veterinaria o cuidadora de delfines, pero es cierto. Luego están los que se enamoran por lo visto o lo leído. Es normal que se enamoren de la profesión, yo también lo haría. Pero, ¿hasta qué punto es cierto?

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Olvídense de salir temprano de trabajar, de tomarse unas copas de “after-work” a una hora más o menos decente. Olvídense de tener una vida normal. Ahora son periodistas. Las cenas constan de lo que haya ese día en la máquina de la redacción, o si tienen un McDonald’s o derivados en las inmediaciones. Su horario cambia por completo. Tiene dos vidas: la laboral y la personal, y la segunda la empieza a hacer a partir de medianoche. Su mujer o su marido pueden pensar que les está engañando. Y no se equivocarán. Windows le ofrece un abanico infinito de posibilidades para estar sentado frente a él durante horas y horas. Habrá días que lo lleve mejor que otros, pero hoy no será uno de esos días.

Conocerá a gente interesante, reirá, se desesperará; pero sobre todo, vivirá. Y, al final, esto último es lo que cuenta. Como ya he dicho, no he venido aquí a criticar la profesión. He venido a dejar las cosas claras, que luego no quiero confusiones. Para mí, uno no es miembro de la profesión si no ha pasado antes por un teclado. Papel o digital, pero que esté curtido en la escritura. Con referencia a esto, leí ayer un artículo sobre lo desastroso de poner caras bonitas que no habían pegado un palo al agua en su vida para la prensa de papel, y ese es uno de los tantos problemas de la profesión. Y empezar por el teclado implica que las cosas no van a ser fáciles, pero cuándo lo fueron los inicios…

Esta profesión está hecha única y exclusivamente para los amantes de la misma, bájense del carro si están dubitativos, porque solo les llevará a ganarse más de un quebradero de cabeza. Por su salud y por el bien de todos, no lo intenten.

Porque es cierto, no soy Clark Kent, pero quién dice que no me siento como él cuando salgo cada día sabiendo que mi trabajo está bien hecho.

Miriam Villazón | @miriamvillazon

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