Nuestro circo

Roma, año 80 dC. Tras diez costosos años de construcción, el gigante de las rocas y el fuego, el fervor y el miedo abre por primera vez sus puertas al pueblo romano. En las gradas, voces nobles y plebeyas se mezclan en una algazara de susurros cuyos hilos se entretejen en un grito unánime cuando los gladiadores, los señores del hierro, saltan al ruedo de la muerte. El ánimo se suspende y centenares de miradas esperan, ágiles, que Victoria corone con laureles al vencedor y que la diosa Tácita silencie para siempre a la víctima de la vileza morbosa del público. Un descuido, sangre negra, bramidos de estridencia visceral. El Coliseo tiembla en indolente desprecio cuando el hedor a carne rasgada engulle el hálito seco y sudoroso de la arena.

El gigante de las rocas y el fuego, el fervor y el miedo abre por primera vez sus puertas al pueblo romano. Foto_Tumblr

Un espectáculo de lo más corriente en la Roma de la dinastía Flavia, contextualizado políticamente dentro de la doctrina del panem et circenses (Juvenal, Sátiras 10.81), que el régimen coordinaba con suma deliberación para mantener al pueblo sumiso y conforme con la jerarquía imperial; su fin no era otro que sofocar cualquier chispa de rebelión que pudiera prender entre los presentes brindándoles las más despiadadas distracciones como alternativa. Pero a pesar de la evidente distancia temporal que separa el mundo del Coliseo, el panteón de Agripa y el Ara Pacis del del Empire State, la Torre Eiffel o los milagros y desastres de Calatrava, podríamos convenir en algo sin demasiadas dificultades: a diferencia del culto olímpico, el humor de Plauto o lo escandaloso en la poesía de Catulo, el panem et circenses no muere con la civilización romana.

También en el siglo XVII, tanto en el teatro isabelino como en su versión más castellana, la Comedia Nacional, la enajenación a través de la risa y el llanto fue siempre una de las armas más poderosas para sosegar al pueblo, acunarle los sesos a lomos de un “hipogrifo violento” o ablandarle con una belleza tan lívida, lírica y áurea como su himno lopeveguiano: “Con viento mi esperanza navegaba; perdonóla la mar, matóla el puerto” (El premio del bien hablar).  No en vano, los dramaturgos del segundo Siglo de Oro de las letras castellanas disponían estratégicamente a lo largo de sus argumentos los diez mandamientos esenciales que debían asegurar la pervivencia del status quo y, por una cuestión de lujuriosa supervivencia, de su puesto en él. La sumisión a la autoridad aristocrática, la importancia de la honra y la limpieza de sangre o la prevalencia de lo divino sobre lo mundano eran algunas de las temáticas más recurrentes por su utilidad. Utilidad es sin duda la palabra que justifica en términos de ingeniería social toda la infraestructura dirigida por un tándem de intereses económicos y oligárquicos en torno al adoctrinamiento hecho ocio. He aquí un paso más allá del panem et circenses: las plumas doradas bendecidas con la aquiescencia de Talía y Melpómene, musas del teatro, no solo amansaban a las fieras, sino que las adiestraban para que fueran obedientes.

Dando por terminada la revisión histórica y volviendo al presente, quien escribe  (inspirada por una brisa estival empirista que cesará con el punto y final de este artículo, dada su declarada admiración por Descartes) se resiste a creer en las tan dispares como rocambolescas confabulaciones que proclaman la existencia de una organización superior directora de los pasos de la raza humana. Los Ilumitani, los reptilianos (sic) o incluso los descendientes de Chuck Norris, – según una servidora ha visto proponer en Yahoo Respuestas y, puestos a añadir, se ha preguntado por qué no constará en tan insigne fuente El Club de la Serpiente -. De este modo, y con la venia de lo sobrenatural, lo no probado y lo inverosímil, quizás habría que centrarse en aquellos espectáculos que verdaderamente distraen al vulgo de sus quehaceres domésticos, de sus reivindicaciones a golpe de pareado en los domingos de activismo y de sus preocupaciones metafísicas entendidas desde el fondo del pozo de pesimismo al que nos arrojaron los existencialistas. Así pues, ¿cuál es nuestro circo? El fútbol o la parrilla televisiva que a menudo suprime cualquier posibilidad de entablar una sana dialéctica con uno mismo acerca del valor del tiempo por su complaciente bastedad (recordando a Camus desde el pozo, el “¿Debería suicidarme o prepararme otra taza de café?” de nuestro tiempo sustituye la por antonomasia bebida de escritores por cualquier programa emitido en prime time) serían sin duda dos de los adalides de la tríada circense de las democracias contemporáneas. Más funesto y desolador es el tercero en discordia: la política.

foto_Pinterest

Pese a no pertenecer por naturaleza al círculo de lo lúdico, la intromisión subliminal de la política en los ámbitos pródigos en escenas dicharacheras, actuaciones histriónicas y confrontaciones ad hominem es una realidad que algunos festejan con orgullo, jactándose de haberla sacado – cual moza en apuros secuestrada por dragones encorbatados – de las reuniones a puerta cerrada en el Hotel Palace. Sin embargo, existe una gran diferencia entre la loable intención de querer hacer de la política un concepto reflejo de su origen etimológico (del latín  politĭcus, y este del griego πολιτικός, ‘de los ciudadanos’) y creer que dicho objetivo pasa por vulgarizar su atractivo, haciéndolo, por ende, más sencillo. El ciudadano no puede ni debe tolerar que el Congreso de los Diputados o cualquier otra cámara representativa de la voluntad del pueblo soberano se conviertan en un plató de Mediaset o Atresmedia, como tampoco debe permanecer impasible cuando en uno de esos mismos se trata de banalizar el debate político hasta el punto de convertirlo en una mera pelea de gallos. Cada sábado por la noche – por poner el ejemplo paradigmático de ring televisivo hecho a semejanza del gráfico de Nolan –, desfilan en la pantalla carcajadas, rostros ojipláticos y cejas alzadas, ora sorprendidas por los límites insospechados a los que aún sigue llegando la demagogia en pleno siglo XXI, ora chapoteando exultantes en su ciénaga cercada de mantras repetidos hasta la saciedad. También ahí «El ánimo se suspende y centenares de miradas esperan, ágiles, que Victoria corone con laureles al vencedor y que la diosa Tácita silencie para siempre a la víctima de la vileza morbosa del público».

Y pobres, pobres de nosotros, porque la adicción a lo circense que tan bien supieron manejar los prohombres del primer gran imperio occidental se vuelve hoy más cruel que nunca al arrastrarnos a traición hacia la ignorancia de las marionetas que se ríen de su titiritero. Esa ignorancia conducida desde nuestra mera condición de espectadores, deseosos de hallar en las faenas de los directores de la sociedad esa pizca de interés lúdico que compense los pesares que sus decisiones tienden a acarrear, puede acabar volviéndose contra nosotros en un devastador efecto bumerán: unas venationes modernas en las que los leones rujan, devoren y desmiembren por las gradas a sus anchas. Por la memoria de Adolfo Suárez y por la de los miles de manifestantes que a finales del siglo pasado salieron a las calles a reclamar la libertad, ¡sagrada libertad!, arrebatada tantas décadas antes, es nuestro deber velar por que esa segunda Transición que con tanta insistencia se está demandando no nos siente, de nuevo, en el Coliseo.

Martina Alcobendas Mauri | @martinaalco

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