Elegir el mal menor

Tres años y cuatro meses después del estallido de la guerra civil en Siria, la situación del país es más oscura y trágica.

Para entender el conflicto en Siria es esencial conocer las diferentes corrientes islámicas: el chiísmo y el sunismo. Para los chiítas, solamente los descendientes directos de Mahoma están autorizados para ser líderes de la fe; mientras  que en el caso de los sunitas, no es necesario que los líderes procedan directamente de Mahoma. Para cualquiera que no se identifique con el Islam esta diferencia puede significar poco, pero es un principio fundamental para los musulmanes y causa de muchos conflictos bélicos. Los sunitas están extendidos especialmente en el Magreb (norte de África), la Península Arábiga y parte de Asia Central, mientras que la mayoría de los chiítas vive el antiguo territorio de Persia (Irán y el Irak de hoy). En el Medio Oriente, en particular en Líbano y Siria, se encuentran las diferencias de tensión geoestratégica de la creencia, y sus fronteras nacionales también se caracterizan por la diversidad étnica y religiosa.

Bashar al-Assad, pertenece a la minoría alauí chií, es el presidente de Siria-reelegido recientemente para el cargo por tercera para los próximos siete años- en un país de mayoría sunita. En el caso de una caída, los alauitas probablemente estarían expuestos a la venganza de la insurgencia suní y perderían el poder para siempre. Esta es la razón por la que Assad no puede abandonar el poder. En este sentido, no es la primera vez que Siria vive algo así. En 1982, el padre del actual presidente, Hafez Al Assad, no dudó en reprimir violentamente una revuelta islamista en la ciudad de Homs. Murieron 30.000 personas. Por eso, cuando Bashar Al Assad asumió el poder en julio del 2000, su figura suscitó esperanzas de cambio y democracia, algo que, su discurso ante el Parlamento sirio, cargado de mensajes de aperturismo y modernidad, reforzó. Pero no ha sido así, Siria vuelve a ver cómo se repite la historia.

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El gobierno chií de Assad es apoyado por Irán, un país chií, que ha luchado por la influencia en la región desde hace años. Una toma de control sunita alteraría el delicado equilibrio de fuerzas, y el tríduo chiíta de Irán, Siria y la organización terrorista libanesa Hezbollah perderían su poder. Sin embargo, los jugadores principales en este conflicto son Rusia y los EE.UU. Rusia desde el comienzo del conflicto ha apoyado a Assad, ya que tiene su único puerto en el Mar Mediterráneo en la ciudad siria de Tartus –el único puerto marítimo de Rusia, que no se encuentra en un antiguo territorio de la URSS– y por lo tanto de importancia estratégica vital.

En este sentido, la postura de Rusia es clara: frenar el avance del islamismo radical. Las principales razones de la insistencia conciliadora rusa hay que buscarlas en la experiencia de los últimos años: en todos los países árabes en los que han habido cambios de régimen se ha instaurado el caos y la inestabilidad. Y precisamente eso, es lo que Moscú no desea. Rusia ya permitió hace dos años que se atacara a un régimen con el que tenía buenas relaciones: el de Gadafi en Libia. Aquella vez no utilizó su derecho de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU y el excéntrico dictador cayó. El resultado fue el caos: grupos armados continúan actuando por su cuenta, el Gobierno central no controla el país y lo más preocupante, el islamismo político se ha reforzado. Este es el principal temor del Kremlin: la divulgación del Islam fundamentalista. El problema para la Federación rusa es que forman parte del país varias repúblicas en las que la mayoría de la población es musulmana. En todas ellas, pero principalmente en las caucásicas, ha surgido el problema del terrorismo radical suní. Es por ello, por lo que Rusia no quiere que El Asad caiga y que en su lugar lleguen al poder suníes radicales o un gobierno débil que sea incapaz de controlar a éstos. De ahí que repita que la alternativa a una salida diplomático-política es una guerra civil sin fin.

Al mismo tiempo, los EE.UU. apoyan a los insurgentes sunitas para derribar al gobierno chíita de Asaad y así debilitar a la alianza Irán-Siria-Hezbollah, principal enemigo de Israel -aliado número uno de EE.UU. en Medio Oriente-. De igual forma, EE.UU. teme que la caída de Assad y las armas químicas que se encuentran en el país caigan en manos de los islamistas -sunitas- insurgentes y Siria no se estabilice después de la caída de Assad, sino se convierte en otro estado fallido, como Somalia.

Por otro lado, una intervención internacional para solucionar el conflicto parece poco probable debido a que tanto Rusia y China vienen ejerciendo su derecho de veto ante las decisiones del Consejo de Seguridad de la Naciones Unidas desde 2011, por lo que el Consejo de Seguridad de la ONU tiene las manos atadas para aprobar una resolución para una posible intervención. Sin embargo, el rol crucial de Siria en el corazón de Medio Oriente implica que también habrá consecuencias políticas a largo plazo. Es importante tener en cuenta que el conflicto sirio, al mismo tiempo es una guerra entre Irán y sus rivales árabes sunitas en la región, entre Irán y EE.UU. e incluso entre EE.UU. y Rusia; este último enfrentamiento gira alrededor sobre quién tendrá mayor influencia en el futuro de la región -aparte de eso vemos como Vladimir Putin intenta poner en evidencia a Barack Obama, provocando a EE.UU. a través de acciones como las restricciones a los derechos de los homosexuales en Rusia, el rechazo de adopción de niños rusos en EE.UU., el caso Snowden, así como las violaciones de Derechos humanos que está cometiendo en Ucrania- de y en qué términos intervendrá la comunidad internacional en conflictos similares.

Por muy malo que sea un régimen, es infinitamente peor la ausencia de Estado y que el caos y la ausencia de leyes campen a sus anchas. En este conflicto como hemos visto hay muchos intereses en juego, por lo que la solución más acertada sería para muchos la más práctica, así Bashar El Asad sería el mal menor frente al islamismo fundamentalista.

Ana Alba Segura | @misschejov

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