Dos minutos de indignación

En cierto momento leí a un político miembro del Partido Comunista de España recomendar 1984. A partir de entonces me prometí no hacer referencia, salvo que fuera justo y necesario, a la distopía de Orwell escrita ya en su etapa de desengaño. Su obra, a fuerza de citarse sin criterio alguno y usarse como comodín pierde valor y corre el riesgo de caer en la banalización (algo así como una ley de Godwin revisitada). También me fijé el compromiso de no escribir sobre política en esta revista y ya ven: yo quería papel cuché y terminé en Pablo Iglesias. Entre las cosas que me propuse este verano (las que se pueden contar) no he cumplido ninguna: el gimnasio no lo he pisado. Lo bueno de hacer votos íntimamente, de modo que nadie más los conozca, es que cuando se incumplen no se tiene que rendir cuentas más que ante al propio remordimiento, sentimiento que según recogía Pavese en El oficio de vivir iba ligado al pecado cometido. Yo, para este caso, tengo una moral más laxa que el italiano.

Por qué entonces volver a Orwell si uno había decidido darle justo descanso. Cualquiera que haya leído 1984 (e incluso alguno que no lo haya hecho) conoce la escena recurrente de los dos minutos de odio, tiempo en el que los trabajadores de Eurasia eran conducidos hasta la imagen del contrarrevolucionario Emmanuel Goldstein para así adoctrinarlos en el rencor visceral y homicida hacia el enemigo (visible o no) del que se alimentan todos los totalitarismos que en el mundo han sido.

Foto: nacion.com
Foto: nacion.com

He recordado esta imagen a raíz de las reacciones que se han producido desde Occidente a propósito de cuatro acontecimientos acaecidos durante las últimas semanas: la guerra civil en Ucrania seguida de la anexión de Crimea a territorio ruso, el secuestro de cientos de niñas perpetrado por el grupo terrorista nigeriano Boko Haram, la amenaza que supone ISIS para Irak y Siria y, por último, el recrudecimiento de la situación entre Israel y Palestina. Cuando se producen estas crisis lejanas resulta muy revelador echar un ojo a Twitter (avanzadilla del furor filantrópico) para constatar lo muy selectiva que es la atención prestada a estos hechos (tratémoslos uno por uno para no desbordarnos) y cuán efímera y caprichosa es la indignación, la ira o la solidaridad dirigidas a cualquier bando. Sentimientos que en muchas ocasiones se dan de forma tardía, cuando el espíritu gregario y la presión de Twitter hacen insoportable no tener opinión sobre estos casos. Se trata de enmendar la plana a Chesterton: todos sabemos quién era Mr. Jones. El interés dura el tiempo necesario para colocar cuatro tweets concienciados y acompañados de su hashtag (en inglés, claro: cuantas más personas sepan de tu compunción tanto mejor). Aquí el hashtag como novísimo y brevísimo manifiesto, como certificado de intelectualidad de los abajo firmantes (de aquellos a los que, por su trayectoria, jamás hubiéramos imaginado junto a ese epíteto. Eisenhower consideraba que todo el que se considere a sí mismo intelectual no es más que un charlatán).

Pero volvamos al activismo: dos minutos de apasionamiento tras los cuales uno puede continuar su vida sin esa opresión que le carcome. Remite a lo que contaba Tom Wolfe acerca de las reuniones que organizaba Leonard Bernstein con las Panteras Negras en su apartamento del Upper East Side de Manhattan. Allí estaban el anfitrión y su mujer, acompañados de Otto Preminger, Harry Belafonte, Mike Nichols y otras celebridades de la alta sociedad neoyorquina prorrumpiendo en aplausos ante las consignas de los de Donald Cox. Consignas que encajaban poco con el estilo de vida de lo que Wolfe dio en llamar radical chic, menos aún la aprobación expresa mediante el aplauso. Se trataba de aligerar peso.

El hashtag reivindicativo no deja de ser la reunión de Bernstein por otros medios, e hijo natural de esa concepción infantil de la política y la democracia que antepone lo volitivo al procedimiento: la idea pueril de que si cierras los ojos fuertemente y piensas en un deseo este se hará realidad. ¿No representaba eso, acaso, la famosa foto de Michelle Obama con el folio “reclamando” la liberación de las niñas secuestradas por Boko Haram? Es necesario hacer mucha memoria para recordar un ridículo mayor cometido por cualquier flotus. El gesto contrito, ensayado tras varias tomas de fotos hasta que se encuentra la adecuada: la que se subirá a Twitter. Del mismo modo que en Heartburn (dirigida por Mike Nichols, uno de los asistentes a las reuniones con los Panteras Negras) Jack Nicholson necesitaba una puerta para su cocina sin necesidad de pasar por el jardín, la primera dama precisaba de otra puerta por la que liberar su aflicción. Esta escena fue el epítome de la democracia de hashtag: inservible e ilusoria. Mejor la indiferencia sincera a esa concepción reduccionista, biempensante, roussoniana, del individuo y la sociedad. Una visión capaz de convertir los conflictos más complejos del globo en una novela de Coelho y, al mismo tiempo, en un partido de fútbol. En este país, donde lo raro es no escoger bando férrea e incondicionalmente, consideramos sinónimos mesura y la  cómoda equidistancia. Cualquier pretensión de objetividad es ilusoria.

La guerra civil en Ucrania se olvidó al mismo tiempo que lo hicieron las voces que hablaban de una reedición a no tan pequeña escala de los Balcanes. Boko Haram pasó pese a que sigue sembrando el terror en Nigeria, centrándose en sus generaciones más jóvenes para dejar al país desvalido, pauperizado y fanatizado. Pasaron también ISIS (y su programa basado en la sharia) cuando centramos nuestra atención en Israel y Palestina. A última hora se produjo el derribo del avión de Malaysian Airlines en la frontera entre Rusia y Ucrania. Algunos geostrategas, para evitar la saturación mental, vieron nítidamente la relación entre este atentado y lo que sucede en Oriente Medio. De cualquier modo, todos estos acontecimientos serán también olvidados en el momento que otro hecho foráneo capte nuestra atención. La muy real amenaza de hambruna en Sudán del Sur, por ejemplo. Un suceso que, para la nueva hornada de expertos en política exterior –los que se reciclan rápidamente desde los terrenos sinuosos y ya desiertos de la prima de riesgo-, no precise de más compromiso que expresar la pesadumbre en 140 caracteres biensonantes.

Carlos Hortelano | @CarlosHortelano

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