Apátrida

Otro fin de semana que el infierno de la línea 6 me escupe al andén de la línea 10. Cambio a Dante por Cortázar con la esperanza de que unas calles más abajo de la boca de metro me espere, como de costumbre, el cielo. Desde hace unas semanas, el cielo no es más que dos manos, dos piernas, una boca que me sonríe y un pecho en el que me refugio por la noches cuando Madrid me cae encima con su vacío. Otro gigante imbatible como lo fueron en su día Sibiu, Toledo, Lille y París. Al parecer, a él le gusta perderse entre la multitud, pasar desapercibido y sentirse insignificante. En cambio, a mí siempre me venció la grandeza. Seguimos paseando y el miedo me retumba en los oídos. Madrid late. El tráfico, las conversaciones que se solapan, los coches, el humo, el ruido. El caos siempre gana terreno cuando me encuentra con tanto silencio por dentro. Él me aprieta la mano y me retrata los últimos meses de su vida. Dice que ha enterrado todo pasado conocido. Asiento y le sonrío porque no sabe que yo aún estoy aprendiendo que el pasado y el futuro no son más que simples conjugaciones del verbo. De vez en cuando se me escapa la mirada hacia sus facciones y he de admitir que la madurez y la rutina le sientan bien.

Todos acabaremos por echar raíces. Me asusta pensar que incluso yo lo consiga. Nunca he sabido ir más allá de enraizarme a las personas. Todos, tarde o temprano, buscamos el equilibrio que nos viene dado como consecuencia de compartir la vida con un rostro desconocido al otro lado de la almohada. Tendremos una hipoteca que nos despedazará la cartera a final de mes pero, al fin y al cabo, que todo sacrificio esté justificado con tal de tener unas paredes a las que llamar hogar, ¿no? He tenido varios hogares y muchas patrias. A decir verdad, nunca llegué a morir por ninguna de ellas. Soy apátrida, de nombre y tierra. Me ha desaparecido de la carne el trazado de las calles que me vieron nacer. No soy de aquí; y mis huesos tampoco. Yo no soy de esta ciudad, ni de ninguna otra, aunque siempre haya querido ser de todas.

apatrida highway

Pagamos la cuenta y, sin cruzar palabra, decidimos cambiar de destino. Y yo, que me aterra no dejar huella, tengo la fea costumbre de enfundar un bolígrafo y escupir mis miserias en las servilletas de cualquier bar. En esta ocasión, no es más que una declaración de intenciones lo que dejo en la mesa: «I am human and I need to be loved».

«Trabajar cansa» decía Pavese, pero qué importa si al domingo aún le quedan algunas horas de vida y mañana será otro día aunque se llame lunes y tengamos que trabajar. Qué importa si no somos más que desconocidos; turistas que se sientan en cualquier terraza a vaciar jarras de cerveza para consumir la tarde. Qué importa si el día se apaga y a nosotros nos enciende el alcohol. Qué importa, si al final del día, las viejas amistades cambian de condición. Qué importa, si este suelo que piso no me pertenece. Ni ahora, ni nunca. No me pertenecen, tampoco, la cama y las piernas que me van a acoger esta noche. Porque, después de todo, nada importa cuando camino al compás de los latidos de un nómada.

Nada importa si, para mí, «casa», «patria» y «hogar» no son más que sinónimos de las personas que albergan mi presencia en su vida.

Cezara L. | @idiosinkrasys

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