La conjura de los medios

“So will der Spitz aus unserm Stall
Uns immerfort begleiten,
Und seines Bellens lauter Schall
Beweist nur, daß wir”

La célebre frase “ladran, luego cabalgamos“ es, contra la creencia generalizada que la atribuye a la pluma de Miguel de Cervantes, una adaptación de los versos del poema “Kläffer” de Goethe. Y también, descendiendo a ámbitos más prosaicos, la cita con la que se presenta Podemos para demostrar su indudable triunfo mediático y calificar a todo aquel que refuta sus postulados como, ay, la famosa (dichosa) casta (“the caste” en versión europarlamentaria, para estupefacción de algún diputado de Northamptonshire). Y es que, habiéndose vestido con los ropajes de la nueva política, han adaptado rápidamente vicios de la vieja: el conmigo o contra mí, la idea de la vida pública como una guerra de trincheras, subyace en ese afán de colocar esa etiqueta peyorativa a quien cuestione su programa. Casta es, como fascismo, término que terminará corrompido y desposeído de su significado: donde antes todo era fascismo, ahora es casta. Y así, frivolizando con la tragedia, moviéndonos sin ambages en el ámbito del mal gusto y la inconsciencia, nos las arreglamos en este país.

La prosa meliflua de Pablo Iglesias, su irresistible dialéctica los de arriba-los de abajo (¿quién osa no comprarla si es presentada de esta forma?), su motto “yo no te he interrumpido” (el “yo no he sido” de Bart Simpson) ha demostrado, qué duda cabe, un éxito rotundo. Podemos logra una presencia nada despreciable en los medios de comunicación gracias a intervenciones públicas preparadas exhaustivamente al modo churchilliano (si se dice que las comparaciones son odiosas esta es prueba de ello): dos horas para elaborar un discurso de diez minutos, decía el primer ministro. El profesor Iglesias tiene, como la Pantoja, los focos sobre su persona.

Woodward y Bernstein

Precisamente sobre los medios de comunicación va la cuestión. Uno tiene la sensación de que cuando al diputado Iglesias le sacan de su esquema meticulosamente preparado o se encuentra en un ambiente relajado olvida su guion y muestra pulsiones despóticas que muchos sospechamos tiempo ha. Porque de cualquiera que desee establecer mecanismos de control público sobre los medios de comunicación, incluso si se llama Pablo Iglesias, no se puede concluir otra cosa. Porque de cualquiera que vea con buenos ojos la ley de prensa del presidente ecuatoriano Correa, incluso si se llama Pablo Iglesias, no se puede concluir otra cosa. Su segundo de a bordo, Monedero, un hombre con muchos menos remilgos y más franco que su compañero, ya había adelantado la intención de elaborar una ley de prensa antes de que salieran a la luz estas opiniones del líder de Podemos: los que se escandalizaron por ello cabían en un autobús de línea.

Se hace con las mejores intenciones, dicen como si fuera este un argumento válido: cuántas tropelías (cuántas infamias) se han perpetrado en nombre de estas. “La sociedad civil tiene que verse reflejada con independencia y veracidad en los medios de comunicación”. ¿Independiente y veraz según quién? El hecho de crear un organismo para, supuestamente, salvaguardar la pureza del periodismo (un observatorio de esos que crecieron como setas en otro tiempo) plantea más preguntas: ¿quién nombraría a los prebostes de este organismo y conforme a qué criterios?, ¿qué prácticas se considerarían reprochables y reprobables para estos Joseph McCarthy de nuevo y, sin embargo, tan viejo cuño?, ¿por qué habla Iglesias de controlar, si no es posible a todos, a “una parte” de los medios?, ¿cuál es el origen de ese criterio selectivo? Continuando, ¿a quiénes marca el diputado Iglesias cuando habla de periodistas “convencionales”? Y, sobre todo, ¿de qué pata del Cid ha salido el profesor universitario para dictar cuáles son las buenas prácticas a cumplir en el ejercicio de la profesión? Es esta una soberbia muy característica de los que se proclaman filántropos.

No soporto esa concepción romántica del periodismo que profesa una parte significativa de quienes lo ejercen. El periodista, al contrario de lo que ha propuesto Iglesias, no debe ser protagonista de la noticia. Tampoco es un héroe: no está entre sus competencias salvar la sociedad. Estoy convencido de que quienes se arrogan ese poder providencial y sanatorio no otorgan tanta importancia a la noticia como al rédito que puedan obtener de la misma: aquí la figura del periodista estrella, tan común en España, como dramático paradigma. En cierta ocasión leí a David Gistau el relato de una de sus primeras experiencias en la redacción de un periódico como miembro de la sección de cultura y espectáculos; se había alistado en ella buscando fiestas y la vida nocturna madrileña. Esto que contaba lo considerarían hoy una frivolidad muchos jóvenes que salen de las facultades de comunicación con el idealismo intacto y Aaron Sorkin inyectado en vena. Quien escribe cree, sin embargo, que es preferible la ausencia de propósito salvífico a la pretensión de aquellos que quieren llevar en la redacción el traje de Superman y no el de Clark Kent.

Esta visión realista de los medios de comunicación es perfectamente compatible con un periodismo aguerrido y combativo frente el poder. Decía Umbral -un hombre al que costaba imaginar arredrado ante la prepotencia de gente como el profesor- que el papel del periodismo era inquietar a los gobiernos. Con el turbador plan de Podemos esa mosca cojonera que tiene que ser el periodista quedaría reducida a una simpática hormiga vulnerable frente a la suela implacable del poder público. Parafraseando a Jefferson, una vez que el periodismo baje los brazos, se entregue a una corte de burócratas y renuncie a escrutar al poder por ser prisionero de él habrá perdido la libertad. A partir de ese momento resultará una quimera vigilar al vigilante: es imposible lograr la independencia periodística mediante un organismo dependiente de la administración. ¿Habrían logrado Woodward y Bernstein destapar el espionaje en Watergate y forzar la dimisión de Nixon de haber sufrido a un apparatchik periodístico? Permítanme que lo dude.

¿Cómo garantizar la no injerencia mediante la injerencia? ¿Por qué la intervención del estado –con su carga ideológica en función del partido que gobierne- es más bondadosa que la intervención de entidades privadas y sus muy variadas -y plurales- pretensiones? ¿No es precisamente el poder público, a través de publicidad institucional, subvenciones y el compadreo con grandes empresas –puro crony capitalism: el BOE como piedra de Rosetta para comprender la idea española de lo público como cortijo- el que supone una amenaza para la práctica periodística? ¿Cómo destejer una red de intereses creados enmarañándola más, haciéndola aún más dependiente del poder?

Se trata, en definitiva, de echar el lazo y acrecentar la influencia política en el llamado cuarto poder. Todo envuelto, claro, en buenas palabras y, lo que es peor, en nobles intenciones: el propósito de proporcionar información dizque independiente y veraz previo paso por el filtro administrativo. Un filtro aséptico, es decir, un imposible para cualquiera que tenga una visión mínimamente realista sobre el poder y, en definitiva, sobre la condición humana. Tanto tiempo creyendo que la grandeza del periodismo (con sus borrones y miserias en tanto que actividad realizada por personas) consistía en mantenerse fuera del control de aquellos a los que mete el dedo en el ojo, para que lleguen los autoproclamados adalides de la democracia demostrando que es este el que se debe dejar introducir el dedo para terminar, por su bien, tuerto. No eran necesarias alforjas para este viaje.

Carlos Hortelano | @CarlosHortelano

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2 Comments

  1. Muy buen artículo. Totalmente de acuerdo. Si se impone un control estatal los medios serán esclavos de ese control estatal “en favor de la libertad de información” (irónico). Qué paradójico, para lograr mayor libertad de información (la ausencia de controles) algunos proponen controles y regulación, ¿no? Y muchos todavía creen que “papá Estado” o Pablemos regularía los medios de comunicación para mayor libertad de información, no, lo regularía para sujetarlos a su régimen y crear propaganda y no información, como se hace siempre que se regulan por los estados y políticos a los medios de comunicación.

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  2. Muy buen artículo. Totalmente de acuerdo. Si se impone un control estatal los medios serán esclavos de ese control estatal “en favor de la libertad de información” (irónico). Qué paradójico, para lograr mayor libertad de información (la ausencia de controles) algunos proponen controles y regulación, ¿no? Y muchos todavía creen que “papá Estado” o Pablemos regularía los medios de comunicación para mayor libertad de información, no, lo regularía para sujetarlos a su régimen y crear propaganda y no información, como se hace siempre que se regulan por los estados y políticos a los medios de comunicación.

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