Prejuzgando el orgullo

A propósito de estos días en los que ondean al céfiro segmentos textiles de la ofrenda divina que debía librar a la humanidad, según la Biblia, de un segundo Diluvio Universal (Génesis 9:13-15), muchos nos preguntamos en qué consiste realmente eso a lo que llamamos orgullo. Por supuesto, la duda ontológica que mariposea en los párpados de aquellos que humildemente nos asombramos ante los fenómenos que ocurren en las esferas de los universales del sentimiento no gira en torno al Orgullo LGBT – ese que se festeja mediante la exhibición de la liberación moral de la contemporaneidad encarnada en cuerpos esculturales y atuendos de lo más carnavalescos – sino en torno al Orgullo, en abstracción. Al orgullo como unidad emocional, como causa o como efecto, y, en especial, como parásito de la complejidad del ser.

Fuente_tumblr.es

Ante todo, y sin afán de querer emprender la desquiciada causa, y de antemano perdida, de encauzar lo cotidiano (la intrahistoria, que nos diría Unamuno) en los artificiales pero necesarios ritos de los academicismos (descuiden, dicha batalla la perdió la RAE al aceptar asín como vocablo válido para la lengua de Cervantes), debemos revisar cuáles son las acepciones que se atribuyen a la palabra orgullo y de qué modo estas distan de algunas de sus aplicaciones más usuales. Del catalán orgull Cristóbal Colón no será o será de la tierra de prohombres del desparpajo de la talla de Dalí o Eugenio, pero los catalanes podemos emprender la redundante tarea de enorgullecernos de ser los padres lingüísticos de esta palabreja que hoy nos trae aquí tan de cabeza –,orgullo tan solo tiene un significado reconocido por esa institución tan nuestra que supuestamente “limpia, fija y da esplendor”: <<Arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas>>.

No obstante, la definición citada se halla a millas del sentido que le otorgan centenares de padres estos últimos días de junio, una vez  las llamas han lamido en las hogueras de San Juan meses de trabajo cuantificables en caligrafía escolar, llantos y alguna que otra riña doméstica acerca de la utilidad, interés o dificultad del contenido almacenado en el aleteo cenizo de los cuadernos ENRI u Oxford que la lumbre carcome. “¡Y qué orgullosa estoy de ti, hija mía!” canta el amor materno, en abrazos de honda embriaguez folclórica; “Jovencito, estoy tremendamente orgulloso de tu trabajo”, en la versión más solemnemente paternal, esa que se acompaña  de una mano ceremoniosa posada en el hombro del retoño cumplidor. Este, que experimenta sin saberlo una sartriana condena a la libertad del ocio estival, ojea de vez en cuando el rincón en el que se agazapan los libros, chancletas y mejunjes solares en compañía de los cuales se dispone a pasar las vacaciones. Y aunque probablemente no podamos culpar al calor de ello – volviendo a Noé, el verano convierte al habitante de este país en hereje al hacerle desear que llueva un poco de ira divina al cabo de interminables días de sol–, las expresiones paradigmáticas de los progenitores exaltados ante el triunfo de su prole no responden en absoluto a la soberbia que se desprende de la definición oficial, por así llamarla, de orgullo. Sí, podríamos recurrir al desalentador argumento de que el amor que se extiende de padres a hijos se debe a la transustanciación de su ‘yo’ genético en un sujeto neonato que les ofrece la oportunidad de vivir de nuevo una juventud sustancialmente ajena a la suya, pero tal vez también propia; una juventud virgen que podrán volver a recorrer viéndose en los errores y en los éxitos de sus cachorros. Divina arrogancia, y, ahora sí, divino orgullo. Pero dejemos el refrendo o disputa de tal supuesto a los filósofos, que después de más de veinte siglos de historia andan algo escasos de temas sobre los que construir castillos de naipes, que decía Ludwig Wittgenstein.

Otro de los que más se cotiza en la galería social de lo políticamente correcto es ese orgullo romanticón del ‘nosotros’ como casa de espejos del ego. En efecto, el patriotismo (“Amor a la patria”, en DRAE) no es más que otra curiosa escisión del orgullo en una proyección de la “propia estima” hacia un colectivo que, por cuestiones de pragmatismo, tiende a inferirse homogéneo. No nos equivoquemos, el patriotismo es tan útil – que lo es – como racionalmente absurdo (puestos a amar, amemos a lo concreto: puede que dé más quebraderos de cabeza, pero al menos es susceptible de reciprocidad; si dudan ustedes del dolor del amor no correspondido, ahí tienen casi treinta siglos de literatura para llevarles la contraria). A Espronceda el patriotismo le hacía componer canciones y elegías: “Yo desterrado de la patria mía / de una patria que adoro, / perdida miro su primer valía, / y sus desgracias lloro”. A algunos les hace más llevadero el tener que pagar impuestos, y a otros les sirve para encontrar una fuente de felicidad relativamente asequible – ardua tarea en estos días –  en un proceso independiente a su persona, quien permanece al margen de los beneficios que desde luego sí que consigue el sujeto agente, el emprendedor real; o Real, sin ir más lejos. Recuerden cómo el día de la proclamación de Felipe VI un par de ceutíes afirmaban haber llegado a Madrid (minuto 0:20) a las seis de la mañana, tras una noche completa de viaje en barco, para poder presenciar en directo el paseo del heredero al trono a bordo de un flamante Rolls-Royce Phantom IV. La síntesis perfecta de la utilidad del patriotismo: contribuir felizmente a Hacienda para mantener festejos y alegrías nacionales y luego nutrir de ahí las propias. ¡Savia es la naturaleza, que pone en nuestras manos un fusil para matar dos pájaros de un tiro! No se disgusten: a los que no tenemos puntería, siempre nos quedará el consuelo de que al menos tiempo atrás conseguimos cargarnos al aguilucho de San Juan todos juntos.

Fotografía - William  Eugene Smith

Sensu stricto, el trofeo a la mejor adecuación teórico-práctica a la definición académica es para los escarceos amorosos. Sin duda es ahí donde la vanidad, soberana seductora de la riña, se abanica a sus anchas para espantar a los Calixtos y a las Melibas presos del “loco amor”. De los aforismos que encuentran su traslación más inmediata en los pies de foto de Facebook o Instagram (“Dile a tu orgullo que el mío le manda saludos” o  “Ojalá tu orgullo te abrace mejor que yo”, así se los transcribe una ojeadora del apocalíptico páramo sentimental que tanto parecen padecer los púberes en las redes sociales)  a la más alta literatura, la altanería da muestras de ser una de las mayores enemigas de la harmonía sentimental en términos amorosos. Probablemente Orgullo y prejuicio, una de las novelas más célebres de Jane Austen, sea la mejor muestra de cómo algo tan aparentemente banal como la explosión hormonal propia de la adolescencia puede convertirse en una apasionada y rica exploración de los mecanismos que construyen y cortan los puentes del entendimiento. ¿Quién no recuerda esa escena en la que, ante la súbita y desde luego inapropiada proposición de matrimonio de Mr. Darcy, Elizabeth Bennet afirma que el hombre del que anda prendada desde aquel primer baile en Meryton sería el último caballero en el mundo con el que podrían convencerla para que se casara”? La enmienda al apuro no se hace esperar demasiado. Algunas páginas después, el lector ávido de reconciliación deus ex machina comprueba con cierto desasosiego cómo el orgullo y los prejuicios se acaban consumiendo entre los cirios del altar y las laberínticas entrañas de los incensarios eclesiásticos. Ya saben qué cantaba Tracy Chapman: “Matters of the heart”.

Hablar de orgullo, como hemos visto, es hablar de condiciones tan dispares como lo son las causas que originan su extensión más allá de lo puramente personal e intransferible que sugiere su definición recta en lengua castellana. Como siempre, acaba siendo la dialéctica entre uso y norma lo que hilvana el idioma, esa herramienta tan versátil y caprichosa con la que tramamos redes de malentendidos y sortilegios febriles con los que atrapar el momento, la circunstancia, el nombre del error. Al fin y al cabo, quizás el orgullo no sea más que un correlato verbal, una ficción hecha cabeza de turco en la que respaldarnos cuando la adversidad azota más fuerte que el valor para domar las consecuencias de los actos que la vanidad aborta. Podríamos meditar más sobre ello. Desde aquí, solo queda recomendar que se haga al ritmo de Pride & Joy: la de Stevie Ray Vaughan para los amantes del blues;  la de Marvin Gaye para quienes se sientan más próximos al rock & roll y al jazz.

Martina Alcobendas Mauri | @martinaalco

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