Rey de reyes

Apenas acababa de empezar junio y él ya merecía su segundo Balón de Oro –que no era el tercero por caprichos normativos de France Football–. Su temporada ya lo consagraba como uno de los mejores jugadores de todos los tiempos. Era día 3, y el Madrid se paseaba por el campo del Stuttgart con toda su artillería. Dispuesto a seguir dominando Europa igual que lo habían intentado años atrás,  con balas y cañones, los anfitriones de aquella cuarta Copa de Europa; sin piedad. No eran alemanes los que sufrían las embestidas de Gento y Rial entre otros, sino franceses. El Stade Reims perdía uno a cero desde el minuto dos, y Di Stéfano se preparaba para lanzar un penalti cometido sobre Mateos, autor del gol. Se le acercó este último y le soltó: “Déjamelo a mí que tengo que renovar contrato, y si no marco no van a tener mucho interés”. Mateos lanzó (bastante bien) pero el portero, Colonna, despejó a córner. Alfredo acabó inventando un derechazo raso a 25 metros de la portería que daba al Madrid el definitivo dos a cero. Cuarta Copa de Europa, cuarta final consecutiva en la que marcaba. Y aún le faltaba una.

Alfredo Di Stéfano poseía una técnica impropia de su tiempo. (Foto: marca.com)
Alfredo Di Stéfano poseía una técnica impropia de su tiempo. (Foto: marca.com)

Di Stéfano era en sí mismo y en resumen, ese partido. Lo mejor del equipo, y lo mejor para el equipo. Miraba por él tanto como por sus compañeros, y pobre desgraciado el que no se desviviera tanto como él en cada partido. Hacía honor a esa frase que dijo alguna vez un genio del fútbol de que “Ningún jugador es tan bueno como todos juntos”, pese a saber que él era tan bueno como todos los jugadores juntos. Sentó junto con Bernabéu, las bases y valores del Real Madrid que disfrutamos hoy. Sangre, sudor y barro en la camiseta; el señorío de no dar patadas pero devolver dos por cada una recibida; desvivirse con lo que quede en el cuerpo hasta que pite el árbitro; hacer que las estrellas de cada año jueguen en el Real Madrid. Eso que tantas veces nos ha hecho campeones, y que él enseñó como enseñan los buenos maestros: predicando con el ejemplo. Fue la primera piedra de un equipo de leyenda que muchos atribuyen al franquismo, y que no fueron más que los galones de un argentino que jamás daba un balón por perdido.

Que él era el equipo entero no era simplemente una manera de hablar, por su infinita polivalencia. Siendo jugador era central, presidente, extremo, delantero, y hasta portero mientras era entrenador. Por aquella vez en la que le soltó al guardameta del Valencia: “No te pido que atajes las que vayan dentro, pero por lo menos no te metas las que vayan fuera”. Era el que abroncaba a los que no corrían, como un entrenador. El que ojeaba a jugadores para fichar, como hacía el presidente. Y en el campo era los once a la vez. Se desmarcaba, bajaba, recibía, daba, robaba, pedía, y por supuesto marcaba. Marcaba muchos, llegando a cifras con las que no voy a rellenar este homenaje, pero que ahí están para siempre. De todos los colores y con todas las partes. Sin florituras ni gambeteos. La carrera, el pase, el disparo y el gol. Quizás tosco, sencillo, pero que bueno era. A su manera, como rezaba el vídeo homenaje que ayer le dedicaba el club. El Todocampista. La Saeta.

Quizás fue ese carácter que lo abarcaba todo lo que le hizo marcharse del club. Era el hombre con más cojones dentro del terreno de juego, pero fuera de él era Don Santiago Bernabéu. Tras once años habiéndolo ganado todo y más, habiendo llevado al Real Madrid a la cima de Europa muy por delante de su máximo rival, y habiendo dejado instrucciones claras y concisas de lo que había que hacer para destrozar rivales sin piedad (desvivirse en el campo), Di Stéfano decae físicamente. El entrenador Miguel Muñoz deja de contar con él en el año ‘64, y Alfredo se presenta con su carácter en ristre a decirle a Bernabéu que o se va el entrenador, o se va él. “Ahí tiene la puerta, Don Alfredo”. Al día siguiente era jugador del Espanyol. Si fue un desastre para el Madrid, que dos años más tarde ganó su sexta Copa de Europa, que lo juzgue cada uno. Pero no lo parece. Echo de menos hoy en día esa mentalidad de que no hay jugadores intocables, por mucho que nos hayan dado. Y no quiero mirar a nadie.

Él fue el compromiso y el sacrificio de Raúl, antes de que naciera Raúl. La entrega y la constancia de Cristiano, antes de que naciera la madre de Cristiano. La clase de Zidane, mucho antes de que Zidane hiciera su primera ruleta. La meritocracia de Mourinho que el club había perdido, antes de que llegara el portugués. El interés por los grandes jugadores, antes de que Florentino jugara a soltar millones por grandes astros. Fue todo el Real Madrid que hemos vivido en las 5 Copas de Europa que ganamos sin él, comprimido en un tiempo admirablemente ridículo. Reunido todo en él. Si nacerá otro igual no lo sé, pero todo madridista debe agradecer que, de entre todos los futbolistas que podían acabar en un club aún por triunfar como era el Real Madrid, tuvimos la suerte de que fue él y no otro.

Disfrutó con nosotros de la primera a la décima. Como jugador, como entrenador, y como presidente de honor. Ya débil como estaba, consiguió forzar la prórroga de su vida para quedarse a cerrar el círculo de la decena con nosotros. Diez Copas de Europa que llevan grabado el nombre de un futbolista tanto como el de un club. Porque decir Real Madrid, es decir Alfredo Di Stéfano.

Mario Hidalgo | @SherlockBond_

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s