«Ándense a cagar, nenes»

El día en que vine al mundo no todo fueron alegrías. Cuentan que mi padre, del Manzanares de toda la vida, no dejó esquina libre en la que lamentarse, pues el niño le salió con el blanco puesto. Muchas fueron las distracciones, los intentos de evitar, puesto que jamás sería rojiblanco, que acabara madridista perdido. Unos calcetines del Betis por aquí, otros del Bilbao por allá e historias de Kubala cortitas y al pie. Pero solo una escuadra en el mundo tenía lo que yo demandaba: muchas copas de Europa. La mayoría, además, las reunía en sus dos piernas una sola persona: Alfredo Di Stéfano, que ayer murió a los ochenta y ocho años, cansado de regatear hasta con la silla de ruedas en la que viajó como profesor X del madridismo en los últimos años. Genio que, no solo vino al mundo con La Primera debajo del brazo, sino que se fue con La Décima.

Regalo de una madre, América Latina, que tanto creó y crió, tal fue su importancia que hasta las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional, un grupo subversivo venezolano, le tomaron como rehén en Caracas, en el ya archiconocido secuestro de Don Alfredo. Y ni en esas fue un cualquiera. Contaba que antes de bajar para atender la reclamación de este humilde grupo de liberación nacional venezolano, se peinó y enjuagó la boca, pues uno no podía ser retenido de cualquier manera. En un alarde de esa pillería que tantos goles le dio al Real Madrid, cuenta también que pese a que le pusieron un esparadrapo en los ojos y le hicieron jurar que no veía nada, la venda estaba coja y podía ver todo lo que ocurría por debajo de sus pómulos.

Don alfredo
Don Alfredo celebrando un gol en las semifinales de la Copa de Europa.

Con la misma picardía con la que el Lazarillo se las apañaba para beber el vino del ciego, El Pibe nos brindó goles que quedarán para siempre en el imaginario, como aquel de tacón con el que quiebra hasta la pantalla del ordenador desde el que una generación, ansiosa de ídolos de ese calibre, lo ve ahora.  La íntima relación que guardó con la vieja nos procuró tantos hasta entonces inimaginables. Regates que anticiparían el devenir de este deporte –y resumirían su historia cincuenta años antes de su desarrollo–. La facilidad con que machacaba equipos y desestructuraba líneas enemigas a base de amagos y velocidad la resumiría en una frase: «El balón está hecho de cuero, el cuero viene de la vaca, la vaca come pasto, así que hay que echar el balón al pasto». Siempre lo imaginé como al coronel Dax, un hombre justo, patriota de su vestuario. Grupo con el que consiguió establecer la base y personalidad del equipo más laureado de la historia. Llevando su escudo por cada uno de los rincones del mundo conocido.

Lo imagino hoy durante las largas horas de velatorio –en el que todo son ganas de ser pasto de las llamas o estar bajo tierra, hasta por parte del propio difunto–, rígido como si de defender una falta se tratase, escuchando todos y cada uno de los lamentos, y profiriendo en su interior un: «Ándense a cagar, nenes».

Jairo Pulpillo López | @Jairopl93

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