Vagabundo

Dejé que la comida se enfriara un poco para disfrutar un poco más del vino y de mis pensamientos. Me senté con las piernas cruzadas sobre la arena e hice balance de mi vida. Bueno, allí estaba, ¿y qué?

Terminada la crisálida, las mariposas se presentan al sol. Secan sus alas, plantadas cual madrileña en Silgar, y a volar. Será aprendizaje instantáneo, o conocimiento innato, Kafka sabe, pero mosquea esa alevedad, esa ausencia de un instante de duda. Siquiera uno. Y decía Juan Ramón Jiménez, siempre intricado, que a él le gustaba el segundo Valle-Inclán. No el primero. Porque en esta etapa hablaba de Castilla -¿qué es Madrid, sino Castilla?- y en aquélla se dedicó a hablar de lo suyo. De Bradomines y mujeres. De gallegadas. Será que, más ávido que el narrador del “Los vagabundos del Dharma” de Kerouac que ilumina hoy el frontal, Valle entendió su qué. Su sentido.

Jack Kerouac, corredor y escritor de ritmo innominable. Como un servidor.
Jack Kerouac, corredor y escritor de ritmo innominable. Como un servidor.

No pasa así a según qué bichos. Los pinos de Guadarrama, por ejemplo, llevando cuatro días dan un hermoso paisaje que se dijera lleva allí el siempre. No sólo ocupan un lugar, las naturales cosas, lo hacen suyo. Y tan corta como es nuestra memoria, no pasa mucho hasta que las creemos autóctonas, características, olvidando qué quiera que hubiese habido en su lugar.

No rigen esas reglas para el hombre. Ni su cariño por cierto Madrid, ni el paso por cierto Nueva York, ni su predicar puertorriqueño. Nada alejó a JRJ de Moguer, de donde es más de lo que lo fue aquella carabela La Niña, cuyo casco no tenía madera que no fuese del lugar -monocasco, como el Prestige, sorprende la inapetencia de la justicia universal garzonita sobre la cuestión-. Nadie más gallego que Cela, sangre británica y –outro…– morador de Castilla. El uno, con un ego a la altura de su escribir, a sí mismo bautizado “El andaluz universal”, el otro enarbolando, con su último aliento, un sonoro “¡Viva Iria Flavia!”. Para salir en estos textos míos hay que ser auténtico. Y además ayuda a conseguir el Nobel de la rama.

Tan poéticamente humano, vivir de exilio en exilio, para reafirmar las propias raíces. Alimentándonos de ellas, escuchando su melodía tan lejana como suene. Así, lo natural se asienta y realiza en un lugar. El hombre idea, mientras vaga, un universo. Disfruta un poco más del vino, disfruta un poco de sus pensamientos, entiende su qué. Tan poéticamente humano.

Luís Teira | @luisteira

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