Septiembre, perdona nuestros pecados

Contaba Beatriz en el documental 19 días y 500 noches que en una de aquellas acabó siendo invitada por Joaquín Sabina a la habitación de su hotel, en México. Y que, tras la liturgia propia de esas noches sabinescas acabó por compartir algo más que el hielo. Las consecuencias fueron funestas: tras el abandono en plena guerra de su amiga, esta se encontró a los padres de ambas abajo, y la siguieron hasta girar el pomo de la puerta y encontrar a Beatriz y Joaquín en un whisky on the rocks. El último examen me pilló como pilló el padre a aquella muchacha mexicana: en la cama con un desconocido.

Nos saludamos como dos personas civilizadas –al igual que el padre y Sabina— y más que un tequila, nos prometimos un whisky que yo ya había comenzado a beber antes de las diez. El sábado, a la hora del vermú, Andrés Martín y Pablo Beas planeaban por Twitter una noche canalla, de esas que vieron hacer ochos a Javier Egea por las calles de Granada. Gestioné la botella en diez minutos, en un giro de guión en el que me reconocí frente al espejo como el señor lobo, y confié a septiembre mi redención.

Escena de "A sangre fría"
Escena de “A sangre fría”

Los que crecimos con la España de Camacho, Iñaki Sáez y los primeros años de Aragonés fuimos influenciados por una conducta de la que ahora, en la humareda de polvo que ha provocado la caída del gigante, nos sentimos responsables. Herederos en la tierra de hacer que no caiga en el olvido.  Hablo de la repesca, claro. Ese hecho insólito y precioso que a los que solemos dejar todo al buen hacer de la última hora nos pone tanto. Clasificarse entonces por lo civil era demasiado fácil. Sabíamos en aquellos momentos que la gloria pasaba por enfrentarse a Noruega, con el riesgo que eso incluía.

Desarrollamos nuestra infancia y pubertad con fantasmas de cuartos, historias de codazos, goles cantados que nunca llegaron a ser y repescas que nos hicieron desarrollar la épica del último momento. La épica de pedir la última copa cuando oímos que están cerrando el bar. La épica que materializamos en septiembre, cuando todo invita –más aun— a pensar en cualquier otra cosa menos estudiar.

Hace poco le comentaba por Twitter a Juan Tallón que por culpa de su Manual de fútbol suspendería alguna que otra asignatura. Su consejo fue firme: “Olvídate de todo, ¿o es que ya no hay septiembre?”. Los mejores crímenes son los que dejan huellas, y para eso nos matriculamos en la universidad.

El cuatrimestre me recordó a esa obra de Dostoievski que preferí no acabar jamás. También necesitaba una excusa.

Jairo Pulpillo | @Jairopl93

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