Las muertes de Pedro de Valdivia

¿Qué podía hacer un extremeño que se había ido de su querida Extremadura hacia — literal o metafóricamente — el fin del mundo? Pues fundar el Reino de Nueva Extremadura. Tan fácil como eso. Es lo que hizo Pedro de Valdivia, conocido por ser el fundador — es decir, el conquistador — de lo que hoy conocemos como Chile, en el sigo XVI. Descendiente de la Casa de Valdicia, una familia de nobles hidalgos con tradición militar, antes ya había participado en las campañas de Flandes y en las llamadas Guerras Italianas, en la Batalla de Pavía y en el Sacco di Roma de 1527. Sin embargo, en 1535 recibió una nueva misión, muy lejos del Viejo Continente: embarcarse hacia el Nuevo Mundo.

Hizo las maletas y partió hacia las Américas. El mismo 1535 llegó a la isla venezolana de Cubagua. Participó en el descubrimiento y conquista de Venezuela, y vivió durante algunos meses en la ciudad de Coro. En 1538 llegó al Perú, donde se integró a las fuerzas de Francisco Pizarro, a quien ayudó a vencer a Diego de Almagro y sus hombres en la batalla de Las Salinas. Finalmente, en 1539 Pizarro le nombró su teniente de gobernante, lo que le facultó para emprender la conquista de Chile. Era considerada una de las tierras más miserables, frías y hostiles de América, y para colmo no tenía oro. “No había hombre que quisiera venir a esta tierra, y los que más huían della eran los que trajo el Adelantado don Diego de Almagro, que como la desamparó, quedó tan mal infamada, que como de la pestilencia huían de ella”, escribió Valdivia en una carta dirigida al Emperador Carlos V.

<> (1889), óleo de Pedro Lira. Museo Nacional de Bellas Artes de Chile.
<La fundación de Santiago> (1889), óleo de Pedro Lira. Museo Nacional de Bellas Artes de Chile.

Tras una larga travesía, el 12 de febrero de 1541 fundó la ciudad de Santiago de la Nueva Extremadura y, al mes siguiente, se constituyó el Cabildo de Santiago, una especie de administración municipal que el Imperio Español creó en América y las Filipinas. En junio de ese mismo año, Valdivia fue nombrado gobernador y capitán general de Chile. Con el centro de operaciones en la ciudad recién fundada, Valdivia y sus hombres emprendieron nuevas exploraciones, como las que llevaron a la fundación de las ciudades de Valdivia, Concepción (de María Purísima del Nuevo Extremo) o La Serena (llamada así por el pueblo extremeño de donde venía Pedro de Valdivia: Villanueva de la Serena). También participó en distintas batallas, como la de Penco o la de Andalién, ambas con victoria española sobre los mapuches.

Sin embargo, su última batalla sería la de Tucapel (1553), enmarcada en la Guerra de Arauco. Durante más de dos siglos —casi tres, entre los años 1536 y 1818—, la Guerra de Arauco enfrentó a las fuerzas militares de la Capitanía General de Chile (es decir, el Imperio Español, los españoles) con la ayuda de algunos aliados indígenas, contra el resistente pueblo mapuche, también ayudado por algunos pueblos indígenas, como los cunco, picunche o pehuenche. Fue la última batalla de Pedro de Valdivia porque no logró salir de ella con vida. Falleció allí, en el Fuerte de Tucapel, tras una sonada y contundente derrota ante los belicosos mapuches, de la cual no saldría ningún español vivo. 

Antes de empezar a hablar de lo ocurrido en Tucapel, no obstante, es preciso conocer a un personaje crucial en toda esta historia: Lautaro (halcón o ave veloz en mapudungun, la lengua mapuche). Bueno, en realidad se llamaba Leftaru, pero los españoles no eran capaces de pronunciarlo y lo rebautizaron como Felipe Lautaro. Con tan sólo once años de edad, en 1546, fue capturado por los españoles y convertido en yanacona (aquellos mapuches que realizan acciones contrarias a los intereses del pueblo mapuche, es decir, traidores), y llegó a ser el paje personal de Pedro de Valdivia. Cuidaba sus caballos y lo acompañaba a todas las batallas. Perdió el miedo a este animal y se convirtió en un estupendo jinete. Además, como sirviente al servicio de los españoles, con quienes permaneció seis años, aprendió mucho sobre la cultura española y sobre su táctica y estrategia militar. Uno de los capitanes de Valdivia, Marcos Veas, le enseñó algunas tácticas y a usar determinadas armas. 

Durante todo ese tiempo, Lautaro fue testigo de cómo Valdivia y sus hombres trataban a sus hermanos mapuches derrotados, incluyendo mutilaciones a los prisioneros capturados para evitar de esta forma eventuales rebeliones en el futuro. Esto habría marcado su carácter y su comportamiento posterior. Fue entonces cuando un día cualquiera de 1552 decidió fugarse a caballo con la corneta de Pedro Godinez, maestro de campo de Pedro de Valdivia, y volver con su pueblo. Los españoles no le dieron importancia a lo ocurrido y no lo persiguieron; era bastante habitual que hubiera huidas. Una vez volvió con su pueblo, tuvo que luchar contra los lógicos recelos y logró convertirse en un líder destacado. Les enseñó todo lo que había aprendido con los españoles, incluyendo montar y luchar a caballo, así como también tácticas militares y el uso de armas. Fue elegido toqui, jefe máximo de los mapuches en estado de guerra.

Ahora ya podemos desplazarnos hasta diciembre de 1553. Lautaro se había enterado, a través de sus espías, de que Valdivia marchaba hacia el sur, y que pasaría por el Fuerte de Tucapel. Allí decidió tenderle una emboscada. Según las distintas crónicas, murió toda la expedición española, que estaba formada por entre 37 y 55 españoles y por entre 2.000 y 3.000 yanaconas. Sólo Pedro de Valdivia y el sacerdote Bartolomé del Pozo lograron escapar de la batalla sin ser capturados. Sin embargo, luego sus caballos se empantanaron cuando cruzaban unas ciénagas, y fueron finalmente detenidos. Ambos murieron ese mismo diciembre de 1553 a manos de los mapuches, aunque hay distintas versiones sobre cómo ocurrieron los hechos.

En primer lugar hay el relato de Jerónimo de Vivar, un historiador burgalés contemporáneo de Pedro de Valdivia, autor de Crónica y relación copiosa y verdadera de los reinos de Chile (1558). Formó parte de las tropas de Valdivia en otras batallas, lo que le permitió ser testigo de la conquista del país andino. Según Jerónimo de Vivar, la orden de ejecución habría venido directamente del también toqui Caupolicán. Habría sido matado y su cabeza clavada en una lanza, que habría sido exhibida entre los españoles. Ésta, no obstante, por la ausencia de detalles sobre cómo ocurrió la muerte, es la crónica más digerible. Porque si por algo son conocidos los mapuches es por haber sido uno de los pueblos indígenas que más mantuvo resistencia a los conquistadores españoles. Y con unos métodos bastantes violentos.

<>, tríptico de Pedro Subercaseaux.
<El joven Lautaro>, tríptico de Pedro Subercaseaux.

Un ejemplo del ensañamiento con el que los mapuches habrían tratado a Pedro de Valdivia está en lo que dejó escrito el cronista sevillano Alonso de Góngora Marmolejo, autor de —ni más ni menos que— Historia de todas las cosas que han acaecido en el Reino de Chile y de los que lo han gobernado (1575). Góngora también estuvo bajo las órdenes de Pedro de Valdivia durante la Conquista. Según su crónica, Valdivia, para salvar su propia vida, habría ofrecido a los mapuches evacuar sus tierras de españoles y darles grandes manadas de animales. Sin embargo, éstos — siempre según el cronista— no le habrían creído y, en consecuencia, no habrían aceptado el trato. Entonces, cuenta Góngora Marmolejo, “los mapuches cortaron sus antebrazos, [los] asaron y [se los] comieron delante de él antes [de] asesinarlos a él y al sacerdote”.

Una versión aún más sádica es la que nos llega del poeta madrileño Alonso de Ercilla y Zúñiga, antiguo paje de la corte de Felipe II El Prudente y autor de los tres volúmenes de La Araucana (1569, 1578, 1589), un poema épico que narra la primera fase de la Guerra de Arauco entre españoles y mapuches, en la cual participó. Según Ercilla, Valdivia primero habría sido asesinado a golpes y luego el toqui Caupolicán le habría cortado el pecho, arrancado el corazón aún caliente y succionado la sangre que había en su interior. A continuación los demás guerreros mapuches habrían hecho lo mismo con el órgano. Dicen que del cerdo todo se aprovecha. Los mapuches deberían tener la misma teoría sobre lo españoles, porque también habrían usado su cráneo como si de una copa se tratara. Allí habrían bebido chicha, una bebida alcohólica típica de América del Sur de baja graduación obtenida a partir de la fermentación no destilada del maíz principalmente.

Una versión distinta de los hechos tenía el militar y cronista gallego Pedro Mariño de Lobera, autor de Crónica del Reino de Chile, la cual no llegó directamente de él, sino de su amigo Bartolomé de Escobar, jesuita sevillano que pulió de galleguismos los textos de Mariño de Lobera y les dio un cierto estilo. En la crónica se cuenta el siguiente relato de la muerte del conquistador: “Un cacique llamado Pilmaiquen, a quien él había hecho vasallo de una criada suya, que era Juana Jiménez, y tenía pasión con su encomendero, y aun contra quien le había hecho súbdito suyo, sin aguardar más embites levantó una gran porra que tenía en las manos y la descargó con gran furia sobre el infelice Valdivia haciéndole pedazos la cabeza, a cuya imitación el indio Lautaro atravesó la lanza por el cuerpo de Agustín, el intérprete, con quien andaba a malas, como persona que vivía con él dentro de una casa, según es costumbre entre gente de servicio”.

Finalmente, Bartolomé de Escobar aportó una última explicación, aunque aclaró que no sabía quien era su autor, sino que corría de boca en boca, era una leyenda popular. Según el jesuita, “estando los indios con extraordinario regocijo viendo en sus manos al gran capitán de los españoles”, le habrían obligado a beber una olla de oro fundido, tras pronunciar estas palabras: “Pues tan amigo eres de oro, hártate agora dél, y para que lo tengas más guardado, abre la boca y bebe aqueste que viene fundido”. El oro fundido habría quemado su interior, como es de esperar, y lo habría matado definitivamente. “Desta manera acabó en manos de aquellos a quienes tantas veces habla subyectado el valeroso Valdivia; y desta también acabaron los Césares, Marcos-Antonios, Pompeyos, Atilios y otros famosísimos capitanes, que, habiendo salido con insignes victorias, vinieron finalmente a morir vencidos”.

Como puede observarse, todas estas crónicas fueron escritas por españoles, y ninguno de ellos había sido testigo directo de los hechos, puesto que ningún español sobrevivió en Tucapel. Los cronistas dicen que sus versiones habrían sido confirmadas por los mapuches que participaron en la batalla y que luego fueron capturados por los españoles. También podría ocurrir que ninguna de estas versiones fuera cierta. Sin embargo, bien es conocido que el mapuche fue uno de los más resistentes y guerreros de los pueblos indígenas americanos. Entonces, cualquiera de ellas —o alguna similar en términos de violencia— es al menos creíble. No en vano La Araucanía, donde habitaban y habitan la mayoría de mapuches, jamás fue conquistada por los españoles. Tuvo que hacerlo la República de Chile independiente en la llamada pacificación de la Araucanía, una guerra que duró 22 años, entre 1861 y 1883.

Nicolas Tomás Lanchon | @nicolastomas

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