Firmar los papeles del divorcio

Ayer empecé a escribir este artículo en el teléfono, pero al final terminé perdiéndolo en una orgía de notificaciones y avisos del mismo, por lo que me he propuesto retomarlo otra vez. Reescribir artículos está bien, porque te permite darle más vueltas al asunto, quizá no sobreabundar tanto y en cierto sentido, repasar lo que dijiste anteriormente para después, darte cuenta de que solo dices estupideces. Qué le vamos hacer, a mi supina estupidez se le une el hecho de mi corta edad para escribir algo decente, y a mi inconstancia se le suma también mi vagancia en cierto sentido. Pero mi artículo no trata de defenestrarme –lo hablaremos en otro momento- sino de cómo España, la España que creía conocer, influido por ese espíritu orteguiano de lo que anteriormente escribí, decide firmar los papeles del divorcio. Este país está de divorcio.

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Años de no aguantarse mutuamente, de meterse en la cama mirando cada uno al otro lado, de no darse besos por las mañanas, de no hacerse el desayuno. Viene de largo. No es que Ortega se cayese de un guindo, es que había un componente maldito en la historia de este país para terminar reconociendo esa realidad, precisamente, la realidad de que los españoles no nos aguantamos ni entre nosotros. En España se están llevando a cabo varios divorcios, que como todo divorcio de una pareja que otrora se amó a rabiar, hoy están a hostia limpia. El primer divorcio es el de la política con la ciudadanía. Se promete en el año 1978 dar una oportunidad a la democracia en este país. Las élites del franquismo, conscientes de que si esto continúa siendo una dictadura infecta, España no va a pintar nada en el mundo global que comenzaba ya a alcanzar su madurez. Pero lo cierto es que las viejas prácticas tan españolas del latrocinio, el dedismo y el nepotismo no fallaron. Práctica que lleva a que los dos grandes partidos que firman el sistema hoy estén envueltos en casos de corrupción flagrante y poco fragante. Bárcenas en Soto, el tesorero de un partido condenado por robar dinero de lo que le donaban al partido. De este divorcio será el que menos hablemos, puesto que al fin y al cabo es de sobra por todos conocido. El segundo divorcio es el que se deriva de los españoles y sus instituciones. La Corona. La Constitución de 1978. Señala Pablo Iglesias que la gran mecha para que todo estalle es la crisis económica, y que de aquellos polvos, estos lodos. No seré yo quien le quite la razón al Tuerka. Pero el descosío ahí estaba, ahí se encontraba, y en definitiva en España se intentó hacer una suerte de sistema de 1876, solo que sin caciques –en apariencia- con una democracia imperfecta, pero democracia al fin y al cabo. La desafección ciudadana de sus instituciones se palpa a diario. En qué conversación no se tratará esto. Y aunque mi inducción pueda ser errónea, es un buen termómetro saber de qué se habla por ahí. Ahora, el español medio tiende a hacerse un montón de pajas mentales sobre el modelo de estado, sin ser este el quid de la cuestión. No, república, que es mejor. No, la monarquía es garante de la unidad de este país. No, este país no es único, que lo dice hasta el Rey. El otro día vi a un rey Borbón hablar en catalán. La trascendencia de este hecho va más lejos de lo imaginable, de una dinastía que si por algo se caracteriza, es por haber convertido Francia en un país totalmente uniforme. Y el tercer divorcio es el orteguiano, es el de siempre, el territorial.

Hay españoles que no se sienten españoles, y tienen motivos para no hacerlo. Tienen motivos para que no les represente lo que se hace en el Congreso de los Diputados, y no seré yo el que lo vuelva a negar tres veces. La solución a los divorcios nunca suele ser buena, volver a picotear después de separados no lo es, y segundas partes se dice que no suelen ser buenas. La refundación de este país debería comenzar por reconocer lo que no somos ya. No somos un país único. Tenemos una lengua común, sí, pero no somos un país único. La Monarquía no vertebra la unidad de este país. Las instituciones no nos representan en absoluto. La política nos produce ardor de estómago. La historia de los países es dinámica, y no se suele elegir, y si bien en la época moderna los constructos nacionales nos resultan extraños, imagínese en 1778 cuando los colonos británicos dijeron ser americanos. Imagínense las risotadas allende el Atlántico, cuando llegaron a Londres las informaciones sobre el Motín del Té y demás revueltas que prosiguieron a la Revolución Americana –tan injustamente tratada por la historia y posiblemente la única revolución que de verdad empoderó al pueblo, pero en Europa preferimos contar la elitista revolución francesa-. Aunque el caso no es comparable, el dinamismo de la historia tiene esta clase de paradojas. En resumen, un país podrido, cuyas costuras post-78 han saltado ante el esfuerzo de la crisis económica, puesto que no hay nada como ver el pan cuestionado para que las cosas pasen, y ahora están pasando. Lo que ocurrirá dentro de unos años es algo que no puedo ni quiero ver, ya llegará y ya lo presenciaremos en directo. Qué más decir.

Guillermo Gómez de Salazar | @rickwwayne

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