Una casa del amor

En Salamanca, otra cosa no, pero monumentos no faltan. Y eso que durante la guerra de Independencia los franceses y los accidentes (si en una guerra puede haber accidentes) se llevaron por delante un tercio o así de edificios que hoy consideraríamos más turísticos que el tour del Bernabéu. De los que todavía quedan en pie, la Plaza Mayor, la Universidad y la catedral (o las catedrales) suelen llevarse la mayoría de las fotos; pero la ciudad guarda muchos más tesoros, como, por ejemplo, la Casa de las Conchas.

Para desánimo de los argentinos, que esperan encontrarse otra cosa, la Casa de las Conchas recibe su nombre (como es obvio) de las conchas que adornan la fachada (o, más bien, las fachadas). Unas 300 conchas, originalmente dispuestas en rombo, llenan toda la pared, creando juegos de sombra al paso de la luz del sol.

Lo de decorar fachadas repitiendo cosicas a cascoporro no es, en realidad, algo exclusivo de este palacio que se construyó a fines del siglo XV, sino que se pueden encontrar soluciones semejantes en muchos otros edificios de la época, como la Casa de los Picos (¿a qué no sabéis con qué está decorada?) o el Palacio del Infantado de Guadalajara, pero es la única (o casi) con esas conchas tan cuquis.

El problema es que hay consenso en que son supermonas, pero no tanto en cuál era su significado. A ver, eso pasa hoy en día también: una amiga llamó a su perro Franco, no por cierto personaje de la historia de España, sino por el nombre del prota de Pasión de Gavilanes. La serie lo petó muy fuerte allá por 2005 (hace relativamente poco), pero ponte ahora a explicar quién es Franco Reyes. Así que, si nos liamos con el significado de cosas recientes, imaginemos lo que supone a veces averiguar lo que nos querían decir gente de hace más de 500 años, con sus rollos y sus chistes internos de la época.

Para algunos, las conchas simbolizan a la Orden de Santiago, un santo polifacético, que lo mismo era colega de Jesús, que te mataba moros, que se ponía a caminar por ahí vestido de peregrino y con veneras. Tendría sentido, porque el señor que mandó construir la Casa era Rodrigo Maldonado, canciller de la Orden. Y nada mejor para aparentar y presumir que llenar tu casa con lo que te hace famoso. Como si Sergio Ramos adornara su chalet con copitas de Champions y del Mundial.

Es una suposición coherente, pero parece que el tema va más relacionado con el hijo de Rodrigo, Arias, y su chiquita, Juana de Pimentel. No estamos hablando de una boda normal, porque sus protagonistas no eran unos cualquiera. Rodrigo, el padre y suegro, además de canciller de la Orden de Santiago, era también doctor y rector de la Universidad de Salamanca, además de consejero de los Reyes Católicos (por eso, en la fachada, hay un escudaco enorme de los Reyes, en parte como homenaje, en parte para decir al mundo “ojocuidao, que tengo amigos poderosos”). Su hijo, por tanto, era alguien a quien no le faltaba de , como también le ocurría a su esposa, de la familia del conde de Benavente: y sí, hoy en día Benavente puede parecer poca cosa (más allá de ser un nudo de comunicaciones y carreteras), pero en ese momento era gente poderosa.

A partir de esa unión podemos reinterpretar toda la decoración de la fachada. Porque, en ese sentido, las conchas no serían las veneras de Santiago, sino el símbolo de la esposa, ya que en el escudo de los Pimentel, además de muchas rayitas, aparecen las famosas conchas. Llenar la pared de tu casa repitiendo una y otra vez el símbolo de tu chiquita, para que el mundo vea lo mucho que la quieres: habría que esperar cinco siglos para que se viera algo igual de romántico, con el estreno de Scusa, ma ti chiamo amore. La teoría se sustenta además en que toda esta decoración parece posterior a la construcción de la casa, realizándose en un momento en el que ya la habría heredado Arias o, como mínimo, estaba a punto de hacerlo.

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Pero no son las conchas el único indicio que nos muestra qué parejita vivía en la casa y que éstos, más que amor, tenían frenesí. En el dintel de la puerta principal, por ejemplo, aparecen unos delfines (tan esquemáticos, que pueden parecer cualquier cosa menos delfines) que, para nuestra decepción, no indican que los propietarios eran fans del Aqualand: los delfines eran un símbolo renacentista del amor, porque acompañaban a Afrodita. En el antepecho de una de las ventanas, por dar otra muestra, vemos los escudos de los dos chiquitos (Maldonado a un lado, Pimentel a otro) sujetados por un angelito/amorcillo que parece decir “eh, entre ambas casas hay rollito”: no se ha visto nada tan pasteloso desde la relación del capitán Tommasi y Patrizia en Don Matteo [sí, esta referencia es enrevesada].

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Total, que todo parece indicar que la decoración de la Casa de las Conchas es un monumento al amor. Lo cual es bonito. Aunque si uno quiere algo más pragmático, también puede ser visto como un monumento al “eh, tenemos duros, somos los amos y más que lo vamos a ser después de esta boda”. Por mi parte, en vez de conchas habría utilizado símbolos mucho más reconocibles como los clásicos ❤ o :3 o incluso ^^.

Chimo Baeza | @Chimoeneas

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