Retales de Hong Kong

La extrema humedad me desnudó nada más pisar tierra firme en Hong Kong. Una sensación muy parecida a la que me invadió cuando había descubierto Riviera Maya 4 años atrás. Ese primer impacto como un gol en contra en el 90. Había logrado dormir unas 5 o 6 horas en el vuelo, equivalente a un fin de semana cualquiera tras volver de fiesta junto al amanecer. Todavía tenía marcado el acento y amabilidad de las azafatas maduras de British, que me recordaban a las amas de aquellas casas británicas en las que uno convive en verano con la excusa de aprender o mejorar el inglés. Cuando todos sabemos que acabas conectando más con tus paisanos y formando colonia de expatriados. Una costumbre muy española, por otra parte. Y el inglés… No mejoró tanto. Pero ahí se cultivan las semillas de futuras apariciones en Españoles por el Mundo o similares. Esas azafatas que parecen siempre estar ofreciéndote un té o un pudding para llevarte algo al estómago, con esos rasgos muggles que no podían dejar indiferente.

El aire acondicionado aplacó la sensación térmica de camino al hotel, situado en la bahía de Kowloon. Durante el trayecto pude contemplar más calmadamente el paisaje que había intuido y parcialmente imaginado desde el avión. Hong Kong parecía abrirse camino entre el mar con descaro. China no podía tener una puerta de entrada mejor que esa. Ya lo de aterrizar tan cerca del agua me había fascinado y luego me quedaría boquiabierto al observar el vasto conjunto del Puerto Victoria. Durante el traslado comprobé que era cierto aquello de que concentraba uno de los mayores tránsitos de mercancías del mundo. Se desprendía un aire eminentemente occidental, algo que corroboré al ir diseccionando más de cerca el skyline de la ciudad. Quedé maravillado con la altura de los edificios, no ya solo del distrito financiero y el downtown sino de cualquier vivienda. Era increíble que tuvieran tantos pisos, con esos ventanales de forma cuadrada que me recordaban a hospitales más que casas. La altura constituía una auténtica obsesión y la fiebre constructora se hacía notar al penetrar en la densidad de la urbe. Cualquier mínimo resquicio que pudiera aprovecharse ya tenía sus grúas y camiones trabajando a destajo.

Ya en la selva de Hong Kong, conocí el tráfico, algo que me acompañaría durante todo el viaje por tierras asiáticas. No sabía cómo pero aquel caos en las carreteras tenía un orden. Una manera de ser. Todo respiraba sin accidentes a pesar de las imprudencias de unos y otros. Aunque el espectáculo sería mayor en Shanghai y, especialmente, Changsha. Compartían con los ingleses lo de conducir por la derecha, pero poco más. La tarde empezaba a dar sus primeros pasos y las calles estaban repletas de gentes. Entre la multitud se adivinaban algunos rostros occidentales y muestras de mestizaje cultural. Había mucho ruido. Frenesí. Era pura vida. Caótico y ordenado a la vez. Pensé que no podría vivir en una ciudad así. O mejor dicho, que no viviría. Las primeras impresiones no cambiaron al despedirme de Hong Kong pero fue una lástima que al viajar por motivos de trabajo, no tuviera más tiempo para perderme y empaparme de un espacio único el mundo. Y de su noche. Es uno de esos lugares a los que hay que ir.

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El hotel debía adaptarse a los motivos y propósitos del viaje y por eso era uno de los principales en la zona. Acariciaba las aguas de la bahía de Kowloon con sutileza y tenía el front desk más concurrido que he visto en mi vida. Había siempre entre 8 y 10 personas para atenderte. Sin exagerar. La mayoría del personal sí hablaba inglés, algo no tan habitual en Changsha o Shanghai. Las vistas al skyline eran impresionantes, tanto durante el día como especialmente de noche, con ese juego de luces que representa una de las autenticidades de Hong Kong. Me fascina contemplar cualquier conjunto de rascacielos, supongo que por mis sueños de infancia y el recuerdo de un Nueva York al que aún no he podido saludar. Se mezcla la imaginación con la realidad. ¿Son de verdad o son dibujos animados? Como el juego de luces por la noche, reflejado sobre el mar. Una estampa idílica que aplacaba la alta humedad. Así cené la primera noche, penne al pesto, adorando en la distancia ese distrito financiero que podías tocar con la mirada. Parecía sencillo tocar el cielo. Hijo de la globalización.

Las actividades laborales me impidieron los 4 días que estuve perderme por algunos de sus rincones especiales y otros de turísticos. De hecho, solo tuve una mañana libre. En su máxima expresión. Así las cosas, no pude visitar “The Peak”, que es como llaman los autóctonos al Victoria Peak, el más alto de la ciudad. Es una tarea pendiente para cuando vuelva. Dicen que allí residen las vistas más bonitas de Hong Kong. Sin embargo, las obligaciones profesionales me llevaron a poder adentrarme en el corazón de la ciudad. Y coger taxis. Y aquí me detengo. ¡Qué aventuras! Porque los taxistas son el reflejo de cualquier sitio. Parte de su alma. Yo, de fácil conversación y siempre dispuesto a hablar, me sentía algo frustrado no pudiendo conversar con casi ninguno de ellos. Su inglés era insuficiente y rápidamente me hacían señas de que no podían charlar porque no me entendían. Mientras, eso sí, actualizaban el google maps para no perderse y de vez en cuando te volvían a pedir revisar la dirección que muy amablemente te habían escrito en chino en el hotel. En algún caso sí pude entablar diálogos más o menos fluidos e incluso llegué a hablar con uno del tema identitario al enterarse de que yo era catalán. Los catalanes, que dicen que viajamos mucho, tenemos la costumbre de decir que somos de Barcelona.

–          ¿Spain?

–           No. Catalunya. Catalonia.

–          Ahhh, Barça. Catalunya. Ye, ye ye. (Es un “yes” achinado, para entendernos).

Ese taxista en concreto me dijo que la gente en Hong Kong se sentía de Hong Kong. No chinos. Lo cierto es que me parecía un tema muy interesante ya que particularmente nunca me he sentido de una patria u otra y soy muy escéptico con los nacionalismos. Pero al mismo tiempo he echado de menos a veces sentir esa especie de fervor identitario, algo a lo que te gusta recurrir cuando viajas y estás mucho tiempo fuera de casa. Aproveché la ocasión para contextualizarle qué estaba ocurriendo en Catalunya y medio bromear con que quizás la próxima vez que me subiera a su vehículo tendría una nueva nacionalidad en el pasaporte. Hong Kong pertenece a China pero tiene autonomía y moneda o fronteras propias, entre otros rasgos destacados. Me sentí orgulloso de poder hablar por fin con un taxista. Todo lo contrario que la tarde más trascendental a nivel profesional de cuantas estuve. Tras ir a recoger unos trofeos que habíamos pedido allí mismo, y con la urgencia de tener que regresar al hotel a tiempo para poder ir luego al Mong Kok Stadium para la disputa del triangular entre el HK Rangers, Valencia CF y Villarreal CF, estuve más de media hora intentando que un taxi me recogiera. No había manera. Y no entendía por qué. Tras 5 minutos sin coger ninguno, lo achaqué a la mala suerte. “Están todos ocupados, maldito azar”. Pasados 10 y 15 minutos me empecé a preocupar. Pedí colaboración en un hotel pero directamente sudaron de mi cara. La situación empezaba a adquirir tintes surrealistas cuando algunos taxistas se negaban a que me subiera a su coche alegando que solo cogían a personas oriundas. “Only local”. “Only local”. Llegué a plantearme ir andando al hotel pero bien bien no sabía dónde estaba. Empecé a caminar en busca de los cruces donde esperaba algún taxi benevolente. Pero a medida que caminaba, más me alejaba de la zona de control que eran las 4 o 5 calles que me aprendí de memoria al tener que pedir y comprar los trofeos. Me sentí como Scarlett Johansson y Bill Murray en Lost in Translation. Perdido y sin rumbo en una ciudad desconocida y alejada donde nadie parecía comprenderte. La realidad se tornaba confusa. Paranoia. No obstante, no se me veía muy nervioso. La procesión iba por dentro y confiaba en mi intuición. ¡Pero no podía llegar tarde… Justo el día del partido, el evento deportivo principal de la gira! Cumplida la media hora más o menos, un taxista bondadoso se apiadó de mí y me cogió. Me sentí tan aliviado y emocionado que por un momento la tensión desapareció de mi interior. Le expliqué lo que me había ocurrido y entonces me repasó de arriba abajo, reparando en la bolsa de plástico que tenía unas cajitas con los trofeos. Que en realidad eran unas placas conmemorativas. Me pidió que le enseñara el contenido de la bolsa, algo desconfiado. Yo abrí las cajas sintiéndome un poco criminal. No terminaba de entender nada. Le dejé tocar las placas y verlas tranquilamente. No iba armado y no quería detonar su taxi. Al final, me gané su confianza como no podía ser de otra manera y me confesó que iban normalmente con mucho cuidado con la gente y que muchos no se fiaban de recoger a transeúntes con según qué tipo de paquetes o bolsas. Seguía sin entender mucho pero cuando días después me topé con los taxis en Shanghai comprendí mejor la obsesión por la seguridad y el miedo a lo desconocido que existe en algunas zonas. Superado el mal rato de estar literalmente perdido en una ciudad nueva para mí, recobré la conciencia. Una anécdota difícilmente olvidable.

A la mañana siguiente, mi único momento de cierta libertad y con el modo de turista consumista encendido, fui con mi compañero Ignacio a visitar el famoso Ladies Market, un mercadillo al aire libre que se extiende hasta el infinito. A lado y lado del Ladies Market, paraíso de las copias, encuentras la calle de la electrónica y la calle de los deportes. Cuando llegamos al Ladies aún estaban montando las paraditas así que nos distrajimos por los alrededores. El calor era insoportable y en apenas unos minutos uno se encontraba deshidratado. Por eso hacíamos paradas técnicas entrando en cualquier tienda. En busca del aire acondicionado. Yo quería comprarme, como friki futbolero que me considero, una camiseta de algún equipo local, de esas que añado a la colección. Pero no hubo manera. Todos me llevaban a tiendas Nike o Adidas con los mismos productos que puedo comprar en Barcelona. La gente a la que preguntaba, vendedores, no terminaba de asimilar que quisiera la camiseta de un equipo de la liga de Hong Kong o China. Eso si me entendían en inglés. Los precios, debo decir, eran similares a los de Barcelona así que no encontré muchas diferencias en ese sentido. Únicamente mayor variedad de modelos, destacando unas Nike de azul eléctrico que me llamaban poderosamente la atención. Tras pasear sin descanso, volvimos al Ladies Market, donde apuramos el tiempo para comprar algunos detallitos. Imanes, que así siempre quedas bien con tus padres. Luego me quedé prendado de una paradita con camisetas de la NBA y la NFL y dado que la vendedora era muy simpática y dominaba el tema, me compré una camiseta de Stephen Curry y Kevin Durant tras regatear un poco. Regatear. Algo que no me gusta hacer demasiado pero va implícito en ese tipo de lugares. La simpática vendedora me contó que Durant vino a su puestecito en el mercadillo cuando visitó Hong Kong. No supe si creérmela aunque parecía demasiado sincera. Salíamos hacia el aeropuerto a las 3 de la tarde así que había que volver a Kowloon. Compraríamos más cosas en Shanghai desde luego. Y no, mis padres no recibieron solo unos simples y ascéticos imanes.

La última comida en Hong Kong fue la más asiática para mí, comiendo sushi. Los otros días había optado por platos más occidentales aunque me había atrevido con el curry. Y digo atrevido porque en Hong Kong cocinan con muchas especias y les encanta el picante. Algo que va genial para contrarrestar el tremendo calor que les invade. Allí, la salsa menos picante, como la de pimienta que acompañaba la carne a la brasa que me pedí dos días, era más picante que cualquiera en España. Y el curry picaba muchísimo. Muchísimo. Aún lo tengo en el paladar. El sushi, muy rico. Acompañado con algo de soja, claro está.

Tocaba ya marcharse al aeropuerto. Shanghai esperaría impaciente. En el trayecto de vuelta pude contemplar cómo se alejaba la bahía de Kowloon y luego el skyline. Era a primera hora de la tarde, como cuando llegué. Las vistas eran impresionantes, de película. Rodeados por el mar, veías empequeñecerse ese conjunto arquitectónico que me había impresionado con facilidad. Nunca podría olvidar ese primer contacto con Asia y aunque corroboré que no podría vivir en una ciudad así me prometí a mí mismo que intentaría volver algún día. Cada vez que viajas a un mismo lugar experimentas cosas diferentes y nunca, nunca es como la primera vez. Cuando todo huele a recién pintado y sabe a recién cocinado. Como aquel primer beso con una chica que te señala si va a ser especial o no.

Así fue mi viaje a Hong Kong, en medio de contrastes, aventuras con taxistas y mucho trabajo. Dejaría la extrema humedad marítima y la densidad urbana a un lado, los carteles de colorines y ataviadas letras chinas que aparecen en las películas de Hollywood, los rascacielos, los dumplings cocinados a pie de calle, el aire consumista de Occidente y el caótico pero ordenado tráfico. Un lugar donde todo parecía fluir sin pausa alguna. Puro movimiento y frenesí. Ritmo. La vida va más deprisa en ciertos lugares de la Tierra. Lugares como Hong Kong que parecen ideales para acometer un rodaje y filmar a todo trapo. Es sencillo pasar inadvertido entre la multitud y sentirse minúsculo entre los rascacielos. Esa obsesión del hombre por tocar el cielo con las manos lo aleja más de ahí arriba. Nunca es suficiente para saciar la ambición y el ego del hombre. Siempre quiere más. Y así parece querer seguir creciendo Hong Kong. Sin límite alguno, sintiéndose propia y auténtica. No de China. Sí como la gran y majestuosa puerta de entrada a Asia. Faltaría solo el cartel de “Bienvenidos a Occidente por Oriente”.

Jordi Iglesias | @chopi8

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