Sello

Él comprende bien que lo quiero, y no me guarda rencor. Es tan igual a mí, tan diferente a los demás, que he llegado a creer que sueña mis propios sueños.

Platero se me ha rendido como una adolescente apasionada. De nada protesta. Sé que soy su felicidad. Hasta huye de los burros y los hombres…

Al igual que las tajantes palabras de Alonso Quijano citadas por Felipe VI en su coronación no necesitan introducción, no hay nada que añadir cuando se menciona Platero. El rucio plateado de Juan Ramón Jiménez, al que de raza le viene el nombre –burros color de plata, como los negros son mohínos y los canos, blancos-. Que no fue uno, sino varios. Platero, como la Galicia de Manuel María, no es verdad. Es síntesis. Cobra cuerpo en el papel, fuera de él no tiene sentido. Ni Galicia es madre viejecita y soñadora, ni burro soñó los sueños de Juan Ramón.

Ese burro tiene en su mano mi alma
Ese burro tiene en su mano mi alma

La gran creación del de Moguer no fue sino dar armonía a escenas vividas con sus pollinos. Quienes le amenizaron los tiempos mozos, porque no veo al resto de chavales de la villa pasando el día (a veces incluso la madrugada) absorto, en pariendo maravillas como que las amapolas manchan de sangre los campos. Porque inventar no es imaginar imposibles, sino poner música a lo cotidiano. Si bien es cierto que, cuando el material es animal tan poético como el burro, el producto no puede ser malo. Alguno de estos conocí en mi niñez, en la casa barbanzana de mis abuelos. Holgazanes y vinateros, plateros sin saberlo –ni yo ni ellos-. Al último, hará unos veinte años que duerme, lo bautizó Pascual mi abuelo, en dudoso homenaje a su suegro. Ya tenía malicia el Luis Teira original –aquél sin tilde, otros tiempos-.

Hace algunos años menos, casi una década – frase que acojona, más si cabe cuando se lee con ciertas canas que se han sumado recientemente al sitio de mi recreo– disfruté de gran reconocimiento por un sesudo análisis del papel de los caballos en la cumbre de la narrativa cunqueiriana: Un hombre que se parecía a Orestes. No inventé la pólvora, ya inventada aunque algunos se empeñen en ignorarlo, y no entendía entonces los halagos por algo tan simple: sólo se repetía la palabra caballo dos veces, en catorce páginas. Hoy entiendo aquellos aplausos, que conservo con gran cariño, y ya entiendo lo difícil que es buscar lo sencillo. Y no hay modo más rápido de destacar, cuando todos se empeñan en hacer las cosas todavía más difíciles de lo que son.

Luís Teira | @luisteira

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