Pisar la calle

Una de las materias a las que Susan Sontag dedicó más páginas en su prolífica carrera literaria, hasta el punto de sentir obsesión por la cuestión, fue la fotografía. En una conversación que la escritora neoyorquina mantuvo con Arcadi Espada en 2004 firmó lo siguiente: “Las fotos no llegan desnudas ni se muestran desnudas. El pie de foto, el contexto donde la foto aparece, quién la está contemplando y por qué, todo eso es fundamental para configurar el sentido definitivo que la foto acabe adoptando”. Y es que eso de que una imagen vale más que mil palabras es una de las mayores y más consolidadas mentiras de la historia. Es además una perversión del proverbio chino original, que dice que con una instantánea se pueden expresar diez mil palabras. No son lo mismo: el primero supone exclusión, el segundo coexistencia.

En los últimos meses esta falacia se ha instalado en la práctica periodista en forma de comparativa de fotografías. Ha proliferado en los pasados días, sobre todo, a la hora de valorar el seguimiento de las manifestaciones convocadas a propósito de la abdicación de la corona por parte del rey Juan Carlos I y la posterior proclamación de Felipe VI. La tarde del dos de junio vimos las imágenes de la Puerta del Sol abarrotada de personas que reclamaban un referéndum sobre la forma de estado. Donde digo referéndum digo también república: son compatibles. Vimos días después, en el mismo lugar, a un grupo rindiendo homenaje al monarca saliente. El tamaño de este último era tal que si se hubiesen hecho una foto con el Bob Esponja que ronda por ahí habrían cabido todos en la instantánea sin necesidad de usar gran angular. Hubieran tenido sitio también Calamardo e incluso Mickey Mouse: todo en uno y eso que nos ahorramos.

Se capturaron ambas escenas. Teniendo una al lado de otra el nuevo periodista no lo pudo resistir y comparó. Y evidentemente, los partidarios de la república (del referéndum) triunfaron sin paliativos. Sin embargo todo se cimentaba en una manipulación: una manipulación imperceptible, de la que probablemente ni siquiera se percataron los que la perpetraban. Una manipulación inocente que no consistía en tratar la imagen. No hacía falta eliminar a Yezhov del lado de Stalin, ni tampoco ponerle a Lincoln un cuerpo que no era el suyo.

monarquia

Lo que se echaba de menos era el pie de foto que Sontag reivindicaba como imprescindible para entender cualquier imagen. Bastaba un texto sucinto, breve, conciso: “España es una monarquía”. Cuatro palabras y nada más, que diría Jabois. Y es que manifestarse por la monarquía en España tiene el mismo sentido que hacerlo por la legalización del juego en Nevada o por el whisky en Glasgow: es un brindis al sol. Porque el concepto de manifestación es inherente al de protesta, al de reclamación de lo que no se tiene, de lo arrebatado o lo nunca alcanzado. Precisamente por ello los regímenes  autoritarios o totalitarios se han blindado siempre negando el derecho de reunión, salvo si es para brindar homenajes. La idea de manifestación a favor de lo establecido es absurda.

Cayeron en la misma falacia el día de la coronación de Felipe VI. Había poca gente en las calles festejando el histórico hito, decían. Y era verdad. Ahora bien, no entiendo qué se puede concluir de ello. Será que a un servidor le parece agotador mantener el compromiso político veinticuatro horas al día e imbuirse del sentimiento festivo nacional, de cualquier sentimiento festivo nacional.

Se incurrió también en otra trampa: ignorar a todo aquel que no hubiera asistido a ninguna de las dos concentraciones; considerar el debate que se planteaba, el de monarquía o república, como un blanco o negro. Y a pesar de la aparente dicotomía hay grises. Es en este punto donde entra en juego la famosa mayoría silenciosa, tantas veces utilizada para arrimar el ascua a la sardina de cada uno y deslegitimar cualquier manifestación: siempre son más los que no salen a la calle. Cosa bien distinta es deducir que todos estos son de los tuyos: son igual de tramposos que quienes deducen preferencias mayoritarias a partir del número de asistentes a manifestaciones. Rompo aquí una lanza (siempre quise escribir esto) a favor de esos silentes (y no sólo silentes, también pasivos) que no van a la Puerta del Sol a significarse en esta causa por diversas razones: por pereza, fobia a las aglomeraciones o simplemente por no considerar el debate sobre la forma de estado como prioritario. Puede profesarse un compromiso hacia cierta causa y aun así no exhibirlo públicamente. Y es que resulta que hay gente que no tiene costumbre de expresarse en la calle en estas ocasiones, sino que prefiere quedarse leyendo en casa, ir al cine o simplemente tumbarse en la cama, mirar el techo, darse cuenta de que tiene humedades y ver la vida pasar. En cualquiera de estos casos me parece una postura bien respetable. Supone, sin embargo, una rémora para quienes comienzan a basar sus estudios demográficos en kilómetros cuadrados ocupados: a estos no les quedaría otra que rogar por una manifestación de indiferentes. Apréciese el oxímoron.

Por último yerran quienes consideran a la sociedad madrileña como un reflejo de la española. Normalmente son los mismos que creen que su timeline de Twitter es la muestra fidedigna de la realidad que se respira en la calle. Vivir en una burbuja es bonito y sobre todo cómodo, pero a poco que uno indague se percata de que hay personas que desconocen lo que es un hashtag. Y no sólo eso, ¡resulta que encima votan! ¡No tienen Twitter y votan! Del mismo modo, la capital no tiene nada que ver con provincias. Ese aparcamiento gigante y evocador de terrores que era Madrid para Delibes (al que ya Valladolid asustaba por su tamaño), precisamente por su condición de primera ciudad del país, es un microclima donde todo se vive de forma más frenética, territorio en el que las filias y fobias políticas son mayores. Madrid, en definitiva, no es una muestra representativa de los españoles como puede ser Ohio para los estadounidenses: ya saben, desde 1948 el candidato que vence en el estado de los castaños resulta ganador en las elecciones presidenciales. Sólo se ha producido una excepción, cuando en 1960 sus votantes optaron por Nixon y no por Kennedy.

Una de las grandezas de la democracia es la capacidad de expresar la opinión a través de múltiples vías, no únicamente mediante el voto. No obstante, el referente, el patrón de platino e iridio debe seguir siendo este: el sufragio universal, con sus muchas imperfecciones (entre ellas el voto inconsciente, poco maduro y/o cortoplacista que tan a menudo se da) sigue siendo preferible al ojo de halcón, a la martingala que supone el cálculo de cuántas personas caben en un metro cuadrado, cifra que varía en función de si conviene que para una cierta causa los manifestantes presuman o no de figura. La decisión íntima, privada y más o menos reflexionada que lleva a depositar la papeleta en la urna ha demostrado su superioridad a la hora de medir el apoyo popular frente a la tentación de hacerlo basándose en el número de Maracanás llenados: este último un método mucho más efectista y emotivo, pero menos preciso en tanto que uniformador. Mi percepción, sin embargo, parece cada vez menos popular. Cosas de la postmodernidad, que se me está haciendo insoportable. A ver si termina pronto.

Carlos Hortelano | @CarlosHortelano

Anuncios

2 Comments

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s