El gimnasio

Hay lugares que al pisarlos invitan al hombre, por poco perspicaz que este sea, a preguntarse acerca de la existencia de tales paraderos. Sin ánimo, en absoluto, de realizar una apología de historiología, sí cabe a menudo dilucidar cómo ciertos espacios que se transitan han llegado a hacerse un hueco en los suelos de hoy. O lo que es más interesante, cómo muchos lugares se han convertido –innecesaria pasiva- en templos.

Todo lo que necesita un templo es dotarse de un espacio en el que se pueda rendir culto a cualquier cosa, ya sea esta un ideal intangible o una hamburguesa con queso.  La capacidad del ser humano para hacer un rito de todo cuanto conforma la vida en sociedad ha sido y es algo casi entrañable. Eugeni d’Ors, padre del novecentismo y con toda probabilidad albergador del mejor pensamiento escrito en catalán, definía el rito como una forma de “soberana fraternidad”. La combinación es tan contundente como la cicuta, y además conjuga elegantemente dos palabras que en cualquier contexto convidan al pavor. Algo fraternamente soberano no puede sino responder a una acción de solidaridad colectiva para con los miembros de una determinada comunidad, que confabula a menudo en un templo.

Pese a la mención al templo y al ritual no cabe tomar estas palabras como un reproche a la religión, al menos no en exclusiva. Hace unos meses asistí a un acto de un partido político en una especie de teatro en Barcelona; en él hablaron en primer lugar varios intelectuales que apoyaban a la formación y más tarde llegó el turno a los representantes. Momentos antes de que estos ascendieran en grupo al escenario, el público entero se levantó a ovacionar y a aplaudir a los líderes políticos mientras una música horrorosamente parecida a un himno nacional inundaba la sala.

gym

Pero el sagaz lector ya comprende cuán devota es la política y no es voluntad de estas líneas mostrarlo una vez más. Empero, sí me gustaría relatar mis novísimas vivencias en un lugar que a mi antojo no deja de ser un templo, por poco parecido que guarde con todos los que recuerdo como tales. Me apunté a principios de mes a un gimnasio y en unas pocas semanas he comprobado algo que no enseñan en ninguna de esas actividades dirigidas que aprietan y atiborran los horarios del centro al que asisto: la flexibilidad del alma. La mía, por lo menos, se ha inclinado en pose de reverencia ante todas y cada una de las divinidades a las que así considera el gimnasismo.

Admito un abuso de autarquía gramatical en la construcción del tremebundo sustantivo último, pero a fin de cuentas, qué queda en estos lares que no pueda ser catalogado de doctrina. Para más inri, no supone desventura alguna asumir la tradición del gimnasio como algo escolástico. La historia del gimnasio, que no deja de ser extrapolable a otras disciplinas ociosas a día de hoy, se remonta, como casi todo, a la Antigua Grecia. La palabra griega gymnasion, de donde deriva el mote empleado en la actualidad, expresaba desnudez. En efecto, el gimnasio era un lugar al que los hombres acudían sin ropa para practicar ejercicio pero también para el cultivo de la mente.

Más de dos mil años hubieron de transcurrir para que a inicios del siglo XIX el alemán Friedrich Ludwig Jahn acudiera a la llamada de la naturaleza e iniciase de nuevo el desempeño de aquella labor. Fue el gestor de un renovador concepto de gimnasio únicamente a corte de innovación en la maquinaria, pues Jahn construyó todo un movimiento que trascendía los límites del fomento de la actividad física: el Turnverein. Para el alemán, los clubes de gimnasia eran unos lugares dirigidos a educar físicamente a los hombres alemanes con el objetivo de mantener la salud nacional de su país –Alemania no estaba unificada y era esa la voluntad de Jahn-. Se trataba en efecto, de un ferviente nacionalista con vocación de crear escuela, y sus esfuerzos no se circunscribían a la docencia sino que reivindicaban la fortaleza del hombre alemán, que se gestaba en el templo.

Certero es el asombro que despierta el conocimiento de las artes oscuras de la gimnasia, asumida a lo largo de la historia como una doctrina que necesita de una serie de dogmas para justificarse. Claro está, pensé, que antaño las gentes andaban cojas de derechos individuales; ahora es posible, si a uno le viene en gana, sudar sin darle sentido alguno a la actividad física practicada, siguió mi razonamiento. Craso error que achaco a la ceguera. Desde que interné –permítanme decirlo así- en mi gimnasio, luzco con orgullo la pulsera que me acredita a la entrada, he comido en diversas ocasiones las ensaladas Isabel que dispensan gratuitamente a menudo, y hasta me he visto recomendando a mis conocidos el deporte a diario, entre un sinfín de bobadas más.

A las dos semanas de visita diaria al templo, me perdí cuando lo abandonaba tras dos horas de ejercicio y escapé por la puerta trasera, de emergencias. Encontré allí a una empleada del centro –¡incumplidora de la soberana fraternidad!- fumando un cigarrillo. Intuyo que debí lanzarle una religiosa mirada fulminante por la mueca de vergüenza que maquilló su rostro. Tras ello, sólo supe pedirle fuego.

Jamás tenga por seguro, apreciado lector, que no es usted predicador ni devoto aunque así se lo asegure la Real Academia Española. La vida en sociedad no está exenta de ritos en ninguna de sus variables, y el poder de las instituciones de convertir en adeptos a todos quienes libremente allí acuden no puede en modo alguno ser subestimado. Comprendo la dificultad que hay en escuchar una canción a diario y no entonarla cuando así comienza a sonar, pero a menudo es mucho más coherente desertar la coherencia de que se dotan los templos y asistir a ellos expropiándoles su sentido y razón de ser. Pues discúlpeme, mas la vida es rito, y los ritos, ritos son.

Andrea Mármol | @Andreamarmol_

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2 Comments

  1. El rito gimnasta, en efecto, se remonta a la Grecia Clásica. Platón sustenta la base de la educación en la música y la gimnasia en “La República”. Sin embargo, creo que el rito evoluciona con el tiempo, hasta derivar en la heregía actual. ¿Cuántos vamos hoy al gimnasio con la salud como fin último por encima de la estética?
    Un artículo genial 😉

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  2. El rito gimnasta, en efecto, se remonta a la Grecia Clásica. Platón sustenta la base de la educación en la música y la gimnasia en "La República". Sin embargo, creo que el rito evoluciona con el tiempo, hasta derivar en la heregía actual. ¿Cuántos vamos hoy al gimnasio con la salud como fin último por encima de la estética?
    Un artículo genial 😉

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