Desvirtualizar

«Mis mejores textos, de existir, han sido escritos de resaca unos y después de la resaca otros.»

Siempre que llego de fiesta con una idea en la cabeza se me viene a la cabeza este texto de Manuel Jabois«Los pajarillos cantan, las nubes se levantan», que diría el refranero, y a las seis y veintitrés, hipnótico, veo amanecer mientras escribo estas líneas.

Esta noche me he sentido poderoso. No es que haya ejercido de Don Juan, uno para esas cosas es más bien un Don Nadie, si no que he desvirtualizado por cuarta vez a una persona.

Desvirtualizar es esa cosa que hacemos los tuiteros cuando conocemos a otro de los nuestros en la vida real. Algo que por otra parte tiene que terminar sucediendo más pronto que tarde pues le dedicamos muchas horas a esta red social. Llegan a ser tantas que en ocasiones se habla más con los pajarillos azules que decoran los TLs que con nuestros familiares y amigos.

Twitter empezó siendo esa red social en la que uno seguía a famosos y deportistas, veía sus selfies cortándose el pelo, sus reflexiones tras un partido y sus metidas de pata. Entraba en escena el derecho a réplica –reply, para los puristas– y ya podía uno acercarse más a ellos, insultarlos y tenerles envidia. Y odiarlos, porque ellos tenían aquello que era fruto de tu anhelo. El hate nació ahí.

Cuán lejanos son los tiempos de 2008. Por aquella época a La Roja todavía se le llamaba La Selección, al Clásico se le decía Madrí-Barsa y lo más parecido a este dolor de cabeza era Tokio Hotel y los Jonas Brothers juntos. Paralelamente a la decadencia tuiteril, ‘la’ red social, fue derivando en conversaciones personalizadas, en expertos, en cuentatodo, en monologuistas anónimos, en Zhirkovses y Wikipeixses.

Ahora bien, hemos llegado al punto en el que necesitamos compartir nuestra vida al instante. El microblogging es una herramienta más para conocer, compartir y aprender. Y eso también le hace a uno preocuparse por aquellos que lo leen al otro lado de la pantalla. Un examen, una cita, un partido, Twitter es para uno como un pequeño pueblecito comunista en el que todos se conocen y son autosuficientes ante la sociedad; si no te cruzas en la plaza mayor, será en el campo de fútbol, y si no, en la rúa Nova. Twitter es ese sitio en el que uno puede evadir sus penas ante un mal día y chillar el gol de la Décima al día siguiente. Se llora juntos y se ríe juntos, ¿por qué no hacerlo también físicamente?

Desvirtualizar es recordar que te deben un Italia-Brasil del ’82, subir a tu coche a una persona antes de saludarla, fundar una revista, besar a una chica a la que habías visto por primera vez hacía tan sólo cuatro horas. Desvirtualizar es que te llamen elitista, que te regalen entradas para ver al Celta, fundar el grupo Kanda, que te inviten a cerveza.

Un click furtivo en un comentario de Facebook me hizo con el poder de ver fotos de un tuitero y reconocerlo por la calle un viernes a las cinco de la mañana. Su cara fue la misma que la de mi amigo y el suyo –y la de la preciosa chica que guiaba sus pasos en dirección Retablo–: un asombro total, impactante e irritante, al que siguió a un «¡Hostias, macho, eres tú!» tras confesar mi nick. Fue ahí cuando descubrí que las redes sociales nos otorgan el malvado derecho de espiar sin remordimientos, a guardar con recelo ese «qué dirán» dicharachero oculto tras una sombra de vergüenza alargada. Los que no somos de esa estirpe preferimos pronunciar aquello que El Diego dijo tras clasificar a Argentina para el Mundial de Sudáfrica: «Que la chupen, y que la sigan chupando».

Darío Losada | @SrDourado

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